Black Mirror 01×01: El himno nacional

El Primer Ministro británico, Michael Callow, recibe un vídeo de amenaza: la princesa Susannah dice estar secuestrada y asegura que será asesinada a no ser que, antes de las 16.00, el político, en vivo y en directo por la televisión pública, mantenga relaciones sexuales con un cerdo. Este vídeo-chantaje ha sido subido a Youtube, por lo que ya lo han visto miles de personas, es TT en Twitter y cada vez llega a más gente de la comunidad global.

Se trata de El himno nacional, primer episodio autoconclusivo de la reciente, polémica y brillante miniserie británica Black Mirror, del creador Charlie Brooker. Esta serie ha gozado de una gran acogida, sobre todo, por tratar conflictos en un contexto muy actual (e incluso en posibles tiempos venideros) en el que la tecnología, la comunicación e Internet juegan un papel clave. Voy a comentar algunas ideas que me han parecido llamativas de este primer episodio.


Twitter: la presión del pueblo

El himno nacional no sería lo mismo sin la potentísima red social Twitter en el ojo del huracán. Sería cualquier otro thriller en el que los poderosos tienen que guardar las apariencias mientras intentan ingeniárselas para solventar un secuestro. De hecho, de no ser por Twitter, cabe suponer que el primer ministro no hubiera accedido al chantaje, y no sabemos exactamente qué hubiera ocurrido con la princesa en ese caso.

Efectivamente, cuando el Primer Ministro recibe la noticia, el vídeo ya está circulando por los ordenadores de decenas de miles de personas. Y las personas de confianza de Callow tienen en mucha consideración las estadísticas de lo que dice la gente. Resulta que al principio la mayoría no desea que el Ministro acceda a tener relaciones con un cerdo (habría que ver con qué personaje público de España nos portaríamos así), pero cuando aparece un segundo vídeo de amenaza, la gente va cambiando de opinión: el Primer Ministro debe cumplir con su deber y hacerlo, sabiendo que, en efecto, va a alcanzar niveles históricos de audiencia. Incluso empieza a haber comentarios burlescos de personas que lo esperan con ansia, una denuncia más a gentuza que se sirve del anonimato y de la estupidez para aprovechar días trágicos, como el 11-S que recordamos hoy, para hacer gala de su falta de sensibilidad humana. En la misma serie se ve el dolor que estos comentarios pueden llegar causar a gente cercana al caso, como ocurre con la mujer de Callow. Es un problema generalizado que ya no nos tomemos estas cosas en serio.

Con Twitter, de este modo, el ciudadano vota constantemente qué tiene que hacer el gobernante. En Black Mirror aparece esto como muy determinante. Esta es una de las primeras “exageraciones” de las que se sirve la miniserie para lanzarnos una hipótesis que pretende ser válida: se plantea, gracias a Twitter, la tiranía de la masa. Si todo el mundo quiere esto, debe hacerse, cueste lo que cueste, ya que la reputación del Gobierno está en juego. Y todo lo que ocurre en Twitter es, a su vez, catapultado por su simple mención a través de otros medios, sobre todo la televisión. De forma sutil, ya ha habido ocasiones en las que la Justícia ha cedido a la presión de los medios a la hora de sentenciar un caso. Podemos dirigir la mirada a España, por ejemplo al caso de Dolores Vázquez del que hablamos el otro día en clase de Derecho de la Comunicación y en el que la presión mediática tuvo un valor determinante en la sentencia -errónea, como supimos más tarde- que emitió el juez.

Esto me ha dado que pensar: la idea de que cada vez seamos más una “democracia”, en la que el pueblo prácticamente decide por mayoría, a priori es muy atractiva. Parece el exponente de libertad como pueblo más cercano que tenemos al alcance, y que no podemos tardar en conquistar. Sin embargo, detecto un peligro: acabar llevando la historia por el camino de la reacción inmediata. Es decir, todo el mundo desde su casa puede emitir su juicio y opinión sobre algo importante y de rigurosa actualidad. Sin movernos de la silla de nuestro ordenador, y con mayor o menor conocimiento real de la causa que está en juego, podemos sumar nuestra voz a la voz global. Y es que sobre el papel, por ejemplo, todos sabemos cómo hay que salir de la crisis. O cómo no hay que hacerlo.

La importancia creciente del periodismo honrado

Todo lo dicho pone de manifiesto, una vez más, la importancia de la sinceridad y el trabajo en profundidad de los medios de comunicación: si parece que nos aferramos a una opinión rápida sobre cualquier asunto importante, la televisión (o la prensa, etc.) ya no puede permitirse el lujo de informar “a medias”, de forma vaga. Antes quizás sí, porque las máximas consecuencias que ésto traía eran discusiones absurdas en los bares o publicaciones rabiosas de algún columnista enfadado con el sistema. Pero si hoy nuestra voz forma parte de una voz que puede llegar a cambiar las cosas, es como mínimo exigible que los medios se comporten como auténticos vehículos de comunicación, huyendo del simple sensacionalismo.

En este episodio aparecen varios momentos de tensión entre periodistas para decidir si difundir la noticia o no hacerlo. Al principio se plantean no hacerlo, pero los datos de Twitter y la publicación de la noticia en otros medios influyentes hacen que, razonablemente, acaben sumándose ellos también. Una chica del gabinete alega entonces que “sería como si fuera el 11-S y emitimos recetas de sandwiches”. En efecto, los medios viven en una constante pelea por estar a la cabeza de una noticia, por conseguir la exclusiva aunque sea por unos segundos. Y no sólo eso, sino que generan nuevos eventos alrededor: en la serie, la televisión emite encuestas hechas a pie de calle, mesas redondas con expertos hechas en el plató, y todos ellos opinando sobre si Michael Callow debería ceder al chantaje.

Este episodio también muestra algunas jugarretas que, por lo visto, no son poco habituales dentro de ciertos sectores poderosos. Me refiero al momento en el que una periodista “presiona” a otro enviándole fotos semidesnuda desde el móvil para que le revele dónde sospecha la policía que podría estar situado el secuestrador. Al final consigue lo que quería y se dirige a ese lugar para obtener la exclusiva. Lo que termina obteniendo son un par de balazos en las piernas por parecer sospechosa.

Dilemas de conciencia

Si algo tienen en común los tres episodios de Black Mirror, además de cierta temática futurista, tecnológica y extrema, es plantear dilemas de conciencia que pueden generar interesantes conversaciones y comentarios sobre el visionado. Me voy a limitar a enumerar algunos de los que se plantean en El himno nacional.

  1. ¿Debía el Primer Ministro acceder a un chantaje que, sin una justificación válida, le utiliza a él como víctima?
  2. Si Callow no lo hubiera hecho, ¿debería sentirse responsable de la muerte de la princesa, si se diera el caso? ¿Se le podría acusar de culpable?
  3. ¿Debían los medios de comunicación acrecentar tanto la expectativa mediática, o por el contrario deberían haberse mordido un poco la lengua?
  4. ¿Debía darse tanto bombo de lo que opinaba la gente en Twitter?
  5. ¿Debía Michael Callow coger el teléfono cuando, en el coche camino del plató, le llama su mujer, probablemente para pedirle una vez más que no lo haga?
  6. ¿La mujer del Primer Ministro debería haber perdonado a su marido cuando ya ha pasado un año?
  7. ¿Debía la consejera guardar en secreto la hora en la que la princesa fue liberada?
  8. De ser nosotros ciudadanos en ese momento, ¿qué hubiéramos pedido que hiciera el Primer Ministro? ¿Hubiéramos visto la emisión de su humillación?

Paradójico final

Al final, después de casi una hora de humillante tortura para el Primer Ministro, se descubre que la princesa había sido soltada media hora antes, sobre las 15.30. Lo que ocurrió es que las calles estaban desiertas: todo el mundo estaba en su hogar esperando a presenciar en directo este acontecimiento que haría historia.

En efecto, el final nos muestra el absurdo más lamentable de lo que puede llegar a ser esta sociedad globalizada e hipersaturada de información, en la que vamos “todos a una”: la princesa se encuentra sola, desmayada en un puente por el que nadie circula. Paradójicamente, si este hecho no hubiera absorbido todo el interés y el morbo de la población, se podría haber evitado. Por este motivo la consejera (un personaje un tanto odioso) decide no comunicarle al Ministro que podría haberle ahorrado esa tortura. Una mentira piadosa, a su manera.

Se nos muestra, además, que el secuestrador se ha suicidado. Ni siquiera le había cortado el
dedo a la princesa, como aparecía en el vídeo; había cortado su propio dedo, por lo que parece que ya no tenía en gran estima su vida. Y tampoco tenía ninguna intención de matarla: el montaje del secuestro lo plantea como una especie de gran obra con la que irse del mundo, poniendo en jaque a una persona importante. Al final, incluso se lamenta de haberlo conseguido.

Finalmente, no deja de ser paradójico el pequeño flash-forward de un año más tarde. La princesa está embarazada, con toda la prensa rosa haciendo seguimiento de su vida. La sociedad sigue funcionando, hay nuevos mitos de los que hablar y nuevos personajes mediáticos que acaparan horas y horas de información. Parece que Michael Callow, ante las cámaras, afronta con humor y simpatía todo lo ocurrido, pero cuando está en su casa vemos que su mujer todavía no ha podido perdonarle por lo que hizo. A lo mejor debería haber dejado que fuera ella, que realmente le quería, la que dijera algo al respecto.

@TheYllusionist

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