Black Mirror 01×02: 15 millones de méritos

Nuestro protagonista despierta en su pequeña habitación: otro día de pedalear en la bicicleta para acumular más méritos (puntos). Vive inmerso en una rutina perfecta, impoluta, pero con “una espina clavada en la mente” que le hunde en la tristeza. Un día conoce a una muchacha que tiene una voz excepcional, y decide ayudarla a llegar al casting del Hot shot, el programa de talentos más prestigioso y seguido. Las cosas se retorcerán y él acabará perdiendo todo lo bello que había encontrado en ese miserable mundo.

El segundo capítulo de Black Mirror, 15 millones de méritos, es el más largo (una hora) y también el más agónico. Después de verlo, uno no puede estremecerse al escuchar de nuevo la canción Anyone who knows what love is, que no ha sido elegida por casualidad. Me dispongo a analizar algunos aspectos que me han parecido importantes, y no podré evitar remitirme constantemente a una de mis trilogías favoritas, porque tiene mucho que ver con este asunto: Matrix. Quizás la comparación pueda ser de ayuda para comprenderlo un poco mejor.

Un mundo feliz

Este episodio puede verse como 1984 (George Orwell) y Un mundo feliz (Aldous Huxley) combinados y llevados al extremo, a un posible futuro en el que la tecnología y el entretenimiento interactivo son el opio del pueblo. Pero tan mediocre que ni siquiera hace falta que haya un “Gran Hermano”, porque realmente nadie tiene ningún sitio al que escapar ni nada peligroso que hacer: todo es hermético, 100% controlado. Me hizo pensar en aquella frase de Shakespeare: “sin corazón, sólo seríamos máquinas”. Si entendemos el corazón como aquel sensor indomable que nos indica cuándo vamos por el buen camino y cuándo no, podemos afirmar que, en este episodio, el poder ha hecho todo lo que ha estado en su mano para adormecer el corazón de los hombres y reducirlos a sus impulsos y aspiraciones más básicas, siempre pasando por el aro del frenético consumo.

Cruel pero realista metáfora del consumismo y del ideal de vida burgués, Black Mirror hace con los humanos algo parecido a lo que hacen las máquinas en Matrix: crear un sistema de diversiones y distracción constante, para que todo el pueblo viva “satisfecho”, sumiso, aspirando solamente a conseguir nuevas y últimas actualizaciones (apps), complementos para su avatar y cibernovedades. Y encuentran la fórmula ideal para que la gente luche por conseguir estos méritos: ponerles a pedalear, de modo que, además, generan la energía que hace que el sistema siga funcionando. No puedo evitar pensar en el fenómeno Facebook (o incluso Habbo y parecidos) con el tema del “otro-yo-online” y, cogiéndolo un poco con pinzas, en los juegos (pasatiempos absurdos) tipo Farmville con los que se consiguen puntos para ir “creciendo”.

Como en la ciudad de Sión de Matrix, humanos y máquinas se necesitan mutuamente: el sistema se alimenta de los humanos, y los humanos se “alimentan” del entretenimiento, alimentación e higiene que les ofrece el sistema. Así, podemos atrevernos a afirmar junto con Morfeo que es “un lugar en el que ya no nacemos; se nos cultiva”. En este caso, los humanos ya no somos humanos, sino usuarios.

¿Desvaríos de la percepción?

Pienso en el diálogo final de Matrix, entre Neo y Smith. El agente, teniendo a Neo herido en el suelo, le pregunta por qué lucha, si el amor, así como cualquier ideal de paz, justicia, libertad o verdad, no es más que una ilusión, un desvarío de la percepción. El racionalismo sofocante llevado a su máximo exponente.

Lo mismo ocurre en 15 millones de méritos; el ideal -o, concretamente, el amor- es lo único que puede romper con el robotismo en favor de lo puramente humano. Eso supone un peligro para el Estado, que necesita tener todo el control posible sobre la conducta de sus esclavos. ¿Cómo se soluciona? Pornografía por un tubo, para aliviar tensiones sexuales y volver a caer en el tibio adormecimiento. También publicidad y promociones de todo tipo, que, irónicamente, no se pueden omitir a no ser que se pague.

Y ahora, ¿a qué aspiramos?

El Estado, tras intentar diseñar un modo de vida ideal, se dio cuenta de que no se aguanta mucho tiempo con una aspiración tan “realizable” como el simple bienestar y la obtención de nuevas comodidades y ciberlujos; han de poner en el punto de mira algo que sea lo más de lo más, una meta ilusoria para los más “ambiciosos”.

Y esto resulta ser, como ha ocurrido tantas veces, convertirse en estrella de la TV. Los usuarios han de acumular 15 millones de créditos para tener la posibilidad de pasar por un casting a lo Factor Xde lo más frívolo que uno se puede imaginar. Estos jueces (terriblemente bien interpretados) aprovechan para llevar a los que “valen” a una especie de segundo nivel, en el que siguen formando parte del sistema pero con muchas más comodidades, y sin tener que pedalear nunca más.  Pero, insisto, están dentro de la misma trampa. Es más, hacen que estas personas aparezcan en entrevistas diciendo lo felices y realizadas que se sienten ahora, con alicientes tan superficiales como poder elegir la propia ropa, para aumentar las ansias del resto de conseguir puntos e ir a demostrar que también valen.

En las escenas del “gimnasio” de bicicletas, se aprecia la diferencia entre gente totalmente absorbida por el sistema e integrada en él y gente que vive triste y resignada, pero no conoce escapatoria real, puesto que prácticamente ha nacido ahí. Observando a nuestro alrededor, a día de hoy, podemos sopesarlo del mismo modo.

Black Mirror

El título de la miniserie bien podría referirse a este capítulo en concreto. Lo digo por las paredes/paneles de las habitaciones, así como los “espejos” de los cuartos de baño, las pantallas para entretenerse durante el pedaleo, etc. Todos ellos son “pantallas táctiles”, de las que tanto se llevan ahora, también cargadas de apps. En ningún momento vemos nada que escape a este límite impuesto por el propio hombre: resulta claustrofóbico que en ningún momento se vea nada fuera de estos muros. Lo más parecido a algo del mundo exterior son simples recreaciones o reproducciones digitales.

Estos espejos, metafóricamente, son el reflejo que aquello que tanto hemos ansiado –poder, control- hace de nosotros mismos: oscuridad, homogeneidad, utilitarismo de primer grado. Los maravillosos espejos pueden “mostrarnos” todo lo que queramos, incluso funcionar como pantallas de divertidos videojuegos, pero no dejan de ser una placa sólida y opaca en la cual no se refleja esperanza alguna.

La dialéctica: el triunfo de la apariencia

Cuando el protagonista suelta su sermón revolucionario ante el jurado del Hot shot, se produce un silencio incómodo, seguramente por ser lo más “antisistema” que ha ocurrido en muchísimo tiempo. Podía tratarse de un hito en la historia de la humanidad, en el que mucha gente entrara en razón y comenzara un movimiento realmente potente contra el poder, en el que el protagonista recuperara a su chica con el apoyo de muchos otros rebeldes.

Pero uno de los jueces, aparentemente sin inmutarse, decide darle la vuelta a la situación: desprecia el contenido –el fondo- de lo que acaba de oír y se centra en el modo –la forma- en que ha sido hecho: con garra, con carisma, con la espectacularización extra del pedazo de cristal pinchando el cuello. Y llega el momento más dramático en el que, en el impecable hilo de esta dialéctica, le propone al protagonista que forme parte del sistema, emitiendo un programa dos veces por semana con sermones de ese estilo. Una tentación que encontramos en grandes películas, normalmente cuando el antagonista le ofrece al protagonista unir sus poderes y “dominar el mundo” o algo por el estilo, como el agente a Cifra, consiguiendo con él lo que no logra consiguir en absoluto con Neo.

Es decir, se convierte un llanto anti-sistema en una parte atractiva y morbosa dentro de ese sistema por el simple hecho de que, en realidad, sí parece ir contra del mismo. Algo así como la anomalía que tiene que existir para dar equilibrio a todo el cosmos. Cuántos políticos y personas influyentes se sirven del falso discurso revolucionario para diferenciarse sin salirse del tablero de juego.

Al final, el problema es la elección

Acerca del modo que toma el protagonista para intentar “agitar el gallinero”, podemos decir que no había más remedio; si quieres lanzar mensajes que van a contracorriente del pensamiento común, tienes que usar herramientas del sistema, como son los medios de comunicación, del mismo modo que para curar una infección hay que utilizar como medio al propio cuerpo infectado.

Sin embargo, lo que el protagonista tenía pensado era suicidarse en público y sembrar el escándalo. Quién sabe qué hubiera ocurrido entonces, si alguna persona más hubiera despertado y se hubiera “desconectado”. Pero no; el protagonista cede al poder y al soborno televisado y se convierte en una persona descafeinada, que tendrá que censurar su memoria y su identidad para no caer en la cuenta de su desalentadora equivocación. Por eso es el capítulo de la miniserie que, a mi modo de ver, termina de una forma más lamentable, revolviéndonos las entrañas sin necesidad de recurrir a acciones especialmente repugnantes como en El himno nacional.

Cito por última vez Matrix: en el diálogo de Morfeo con el programa Merovingio, el programa defiende que todo lo que ocurre responde únicamente al principio infalible de la causalidad: causa-efecto, estímulo-reacción. Morfeo le replica que, antes que eso (que, obviamente, también existe en su medida), el problema es la elección. Y este momento de la elección, nuestro protagonista lo tiene delante de los jueces y de toda la audiencia. Y su “no” al ideal en ese momento, le conduce irremediablemente al final.

Así que al final el protagonista se encuentra en absoluta soledad, tras terminar su emisión semanal a la que la gente cada vez presta menos atención, dándose cuenta de que, en realidad, lo ha perdido todo; ha perdido lo que él mismo dijo que era “lo más real que se ha encontrado aquí”, y sólo le queda arrastrar su propia existencia por esos cubículos hasta morir, intentando consolarse con el hermoso paisaje que le proyecta su espejo negro.

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