A cinco días de las elecciones: desinformación e incertidumbre

Por fin he recibido -¡pensaba que no llegaba!- el sobre con las papeletas para votar desde Pamplona a las elecciones del 25N de Catalunya. Dentro de cinco días sabremos si Mas obtiene la mayoría absoluta y emprende el camino hacia el Estado propio o si, por el contrario, sigue mareando la perdiz. Y yo sigo sin saber a quién votar.

Mi descontento político tiene múltiples causas. La peor de ellas tiene que ver con  la precariedad de la presunta Sociedad de la Información en la que vivimos. Lo última ha sido lo de El Mundo y las familias de Mas y Pujol. El diario ha publicado un informe, supuestamente cierto, del que se deduce que los dos presidentes de CDC tienen no-sé-cuántos miles de euros en un banco suizo, todos ellos obtenidos de la lamentable trama del Palau de la Música. Como no podía ser de otro modo, Mas y Pujol se han querellado contra El Mundo, apuntando que esta filtración (falsa, por supuesto) a una semana de las elecciones es otro golpe de ariete contra CiU y la causa soberanista. Y ahora, hace pocos minutos, una nota de prensa de los Mossos d’Esquadra en la que reniegan de todo vínculo que El Mundo les atribuye con este caso. De modo que yo, como ciudadano súper afortunado y libre por poder recibir información actualizada a cada minuto y por diversas fuentes, ¿qué tengo que pensar? Quizás lo que más me interesa por mi ideología: que Mas es un ladrón si soy “españolista”, que el PP y El Mundo siguen odiándome si soy catalanista. Así funcionamos, al final. Basta con leer los comentarios en las respectivas noticias: usuarios que, sin conocerse, ya se odian entre sí.

En campaña electoral se pone mucho más de manifiesto que el cuarto poder es, realmente, el primero de ellos: los medios de comunicación están cargados de propaganda mucho más estos últimos días de lo que suelen estar de por sí. Lo peor es que lo están de forma sutil, y eso, como estudiante de Comunicación, es lo que me da más rabia. Si El Mundo es del PP y La Vanguardia de CiU, ¿qué cojones les cuesta decirlo y dejar de ganarse la fama de serlo por su forma de hacer Periodismo? Quizás, mira por dónde, ganarían credibilidad. Lo digo porque basta con ver las portadas para echarse a reír. Artur Mas lleva un mes y medio saliendo en portada de La Vanguardia, ya sea porque ha dicho algo nuevo en una rueda de prensa o porque ha recibido un ataque de tal partido. El resto de noticias, sin absoluta intención política: que los obispos reiteran la necesidad de una España unida. No se me ocurriría pensar que el motivo de esta primiciosa y relevante noticia es seguir alimentando la patética relación catolicismo-españolismo y, en este caso, anti-catalanismo. ¿Realmente esto es de interés general para los lectores? ¿Realmente ayuda a construir una democracia mejor? Y este es sólo un ejemplo que a mí, como católico, me ha llamado la atención.

Quien tiene los medios, tiene la victoria asegurada. En campaña electoral, nosotros somos rehenes que asisten apáticos a tan lamentable espectáculo. Como si no hubiera bastante con soportar 365 días al año los continuos ataques entre PP y PSOE, que dan ganas de echarse a llorar cuando por fin parece que no están en desacuerdo en algo tan evidente como lo de frenar los desahucios. Lo peor de todo, lo peor de estas elecciones del 25N, es que todos vamos a votar sin tener ni idea de lo que pretende cada partido. Nos lo figuramos por las noticias que salen y por las cosas que dicen por la tele, o por esos asombrosos carteles-cita, en los que una frase pronunciada por Artur Mas parece elevada al nivel de una de Einstein o de Gandhi.

Pero yo hoy he intentado echar un vistazo a los programas electorales de cada partido y no he llegado a nada clarificador. Un programa electoral es un conjunto de discursos buenistas que más o menos define al partido; sobre el papel, todos ellos son fabulosos, de verdad. Recomiendo su lectura cuando estéis socialmente desesperanzados. Pero al final, ¿qué queda de todo eso?

A la hora de cenar, hemos planteado una hipótesis que pone de manifiesto el absurdo de esta democracia: supongamos que, de repente, todos los grandes jefazos del mundo de la comunicación decidieran desvincularse de los grandes partidos. Grupo Godó, Unidad Editorial, los directivos de RTVE, Antena 3, Cuatro, TV3… Todos ellos, porque, al fin y al cabo, ¿quién decide qué es noticia y qué no lo es? Imaginemos, pues, que se reunieran y decidieran centrar toda su información electoral en un partido más bien modesto, como Ciutadans (es sólo un ejemplo). Todo el día estaríamos bombardeados de noticias, de ruedas de prensa, de declaraciones de los dirigentes, de promesas, mítines y, sobre todo, de mucha imagen y aspecto de triunfo. Y así un día tras otro. ¿Ganaría Ciutadans las elecciones entonces? Sin duda. ¿Por qué? ¿Acaso su programa sería más honrado que el de CiU, el PP o el PSC? No necesariamente. ¿Serían más aptos para la política? Casi seguro que no. Pues así funcionamos, ni más ni menos. Pero es un pez que se muerde la cola, un pez envenenado por los ya populares vocablos “voto útil”.

Sé que con esto no digo nada nuevo: todos, en el fondo, sabemos que somos parte de un sistema que nos precede y, seguramente, nos sobrevivirá. Y no creo que la solución sea revolucionarse ni responder violentamente. Lo único que me cabe esperar de esta sociedad es que, a base de tantos palos, los ciudadanos aprendamos a juzgar las cosas con más criterio que ideología, a dejar de repetir eslóganes y a ser humildes para admitir que no tenemos ni idea de cómo funciona este mundo para, así, decidir emprender la aventura de pensar por nosotros mismos. Lo digo porque estoy harto de los niñatos que salen a manifestarse el 11S sin más motivo que el de ser víctimas de la propaganda y de una versión totalmente parcial de la historia, como estoy harto de los madrileños que ya me miran mal de entrada pensando que no quiero vivir bajo su mismo techo por ser independentista y que, encima, les odio. Sinceramente, me parece mil veces más preocupante esta forma de pensar tan a la orden del día que si Catalunya se independiza o deja de hacerlo. Muchísimo más preocupante.

A cinco días de unas elecciones que, dicen, podrían cambiar la historia de Catalunya. Las cosas funcionan como funcionan, y éstas son unas elecciones importantes que no conviene tomarse a la ligera. Yo todavía no sé a quién votaré, pero sí tengo cada día más claro que no voy a dejarlas pasar así porque sí: ya basta de sutil adoctrinamiento político, de reducir la riqueza de nuestra sociedad a meros estereotipos sin más fundamento que el prejuicio, de pensar que unos señores con traje podrían solucionar, si quisieran, los problemas más importantes de mi vida -eso no ocurrirá nunca, por buenos que sean-, de vivir en un mundo partido en dos bandos rociados de soberbia, odio e incomprensión mutua. El problema ya no es sólo a quién votar, sino cómo pensar y qué importancia darle a la política en mi vida. Y no sé qué puedo hacer por este sistema en el que he nacido y vivo, pero se me ocurre algo muy sencillo para empezar: no ser yo quien siga alimentándolo estúpidamente.

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