Noche 1: Los pies en el lago

1 de diciembre de 2012, de 0:00 a 0:33 de la noche. 2 de diciembre para los quisquillosos. Escuchando The water is wide

Sentado en el borde de un lago, con los pies remojándose en las cristalinas y poco templadas aguas del primer día de diciembre, Ignacio dibujaba ese bellísimo paisaje preguntándose por qué no había nadie más, por qué no había otro par de ojos junto a los suyos observando esa belleza.

El dibujo, poco a poco, iba asemejándose a su modelo: las imponentes montañas de levantaban en la otra orilla, con montoncitos de nieve rezagada en sus picos. El agua era ancha y, paradójicamente, carecía de dinamismo; un lago estático, del que apenas se podría decir que tuviera peces. Ignacio suspiraba repleto de nostalgia mientras dibujaba. Por fin dejó el lápiz sobre sus rodillas y extendió los brazos con el bloc de dibujo delante de él. Con esa distancia, ¡qué poco se parecía el dibujo a lo que había inspirado su existencia! El dibujo estaba infestado de abundantes detalles; flores entre los hierbajos, las ondas que se insinuaban sobre la superficie del agua, e incluso alguna hoja cayendo de un árbol había sido inmortalizada en su última peripecia. Pero, aun así -observaba Ignacio-, no tenía el más mínimo parecido.

De mala gana, empezó a girar las láminas del cuaderno hacia atrás, repasando con la mirada los dibujos que había. Todos mucho más bellos que el suyo, concluyó. De repente, reparó en una lámina que acababa de pasar; retrocedió a ella y se quedó absorto, mirándola. Reparó en la fecha que se indicaba abajo: Dublín, 1 de diciembre de 2001. Volvió a mirar el dibujo.

Eran apenas una veintena de trazos que intentaban evocar a una sonriente cara de muchacha morena. Sin embargo, misteriosamente, qué bien lo conseguían, y cómo le recordaban esos trazos a aquella chica que conoció en Irlanda.

Se estiró hacia atrás, sobre el rancio el césped, cerrando los ojos. Irlanda… Algún día regresaría. A menudo el recuerdo de aquellos paisajes volvía a su memoria y, instantes después, los de aquella chica cuyo nombre apenas conocía. Desde que había vuelto a España, había elaborado la teoría de que Irlanda tenía algo mágico que escapaba a cualquier cálculo cultural o turístico. Otros lugares le habían evocado de forma parecida, pero la frescura de los paisajes irlandeses no podía compararse con ninguno. Y aquella chica… Nunca le escuchó decir nada. De hecho, nunca se dijeron nada.

Era un momento como este mismo que estaba viviendo ahora. En un lago del norte de Irlanda, dibujando el paisaje, sin nadie más con él. Sin previo aviso, esa muchacha apareció junto a él. Ignacio estaba tan embobado que apenas la vio llegar, y tardó ciertos segundos en darse cuenta de que, efectivamente, ahí estaba. Ella le miraba fijamente y él, poco acostumbrado a situaciones de este estilo, se quedó sin habla. Intentó seguir dibujando, pero cuanto más consciente era de que ella le miraba, menos sentido tenían los trazos que hacía con el lápiz. ¿Qué pretendía? Lo peor es que, sin decir nada más, ella le arrancó el cuaderno y el lápiz de las manos. Abrió una lámina en blanco y empezó a hacer varios trazos. Ignacio no cabía en sí del asombro. Después de hacer eso, le entregó el cuaderno. Ignacio se asomó ingenuamente a ver el resultado, y ahí estaba, esa sonrisa que le observaba. Ignacio estaba hipnotizado por ella. Cada vez la miraba más de cerca, hasta que perdió toda perspectiva y volvió a alejarse de golpe. Se dio la vuelta, y la chica ya no estaba. Se levantó, asustado, Miró en todas direcciones, pero no había nada. El cuaderno seguía en su mano, el lápiz en el suelo, y nada más.

Un escalofrío le hizo abrir los ojos e incorporarse de nuevo. Había anochecido y el agua del lago estaba ahora helada. Sacó los pies de inmediato; se había quedado dormido. Se levantó, y el lápiz, hasta ahora sobre sus rodillas, cayó al agua. El único lápiz que se había traído.

El cuaderno seguía ahí, junto a su mano. Volvió a echarle un vistazo; ahí seguía el retrato de esa chica. Se acercó un tanto a ella y le pareció advertir un error; le pareció que esa sonrisa ya no era tan alegre, sino que mostraba cierta melancolía. No sabría decir dónde estaba la diferencia, pero se notaba, igual que su madre le decía a veces que, sólo por sus ojos, sabía que lo estaba pasando mal. Ignacio empezó a preocuparse: ¿se lo estaba imaginando? ¿Qué tenía que hacer? Volvió su mirada sobre el lago, ahora tremendamente oscuro en el que a duras penas se reflejaba la luna. Entendió que no podría moverse de ahí hasta que empezara a amanecer, y -lo peor de todo- tampoco podría dibujar. De mala gana, volvió a introducir los pies en el agua, pensando que sería una forma de entretenerse sin aventurarse a entrar en la oscuridad.

Cuando volvió a sumergir los pies, una sensación extraña le recorrió. Ahora tenía más presente que antes aquel día en el lago de Irlanda. ¡A lo mejor -pensó- el agua que se había evaporado de aquel lago irlandés había volado en una nube y había caído en este otro lago del norte de Cataluña! Se quedó observando el dibujo, y empezó a hablar con él. Cualquiera hubiera pensado que estaba chiflado, pero, a su juicio, en ese momento no tenía nada mejor que hacer.

Y amaneció. El tiempo se le había pasado volando contándole a aquel dibujo de carboncillo cosas de su vida que hasta hoy no había contado a nadie. Se alejó de nuevo de él, y le pareció que volvía a sonreír incluso un poco más que la primera vez. Con cierta satisfacción, le dio una caricia, cerró el cuaderno, sacó los pies del lago y se marchó hacia su casa, donde su madre estaría esperándole, seguramente algo preocupada.

Si tu intención es describir la verdad, hazlo con sencillez y la elegancia déjasela al sastre.

A. Einstein

Las 1001 noches

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