Noche 2: El Vagabundo que no envejecía

Noche del 2 de diciembre, de las 23:24 a las 0:11. Escuchando una melodía china. Situado en Oriente para hacer mención a la frase con la que me tocaba terminar hoy el post. 

Esta madrugada he estado barriendo la entrada de la tienda. Unos imbéciles habían estado bebiendo ahí sentados, con tan mala suerte que han derramado una botella de litro de cerveza y un montón de trocitos de cristal. Como era de esperar, ninguno de ellos se ha molestado en recogerlos. Y yo, aprovechando que el jaleo que armaban me ha despertado, he decidido bajar y limpiar el estropicio. ¡Qué poco me imaginaba en ese momento lo que me venía encima!

He cogido la escoba y el recoger y he salido, procurando no hacer ruido para no despertar a las niñas. En nuestras calles, la noche poco se distingue del día: tenemos las luces ornamentales encendidas a todas horas, de modo que no tenía ningún problema para ver. Los farolillos siempre, siempre están ahí, inamovibles. En cambio, no había ni un alma en las calles. Y hacía frío, mucho frío.

He empezado a barrer apresuradamente, moviéndome constantemente para entrar en calor. Ya estaba a punto de terminar cuando he escuchado que alguien tosía, a muy pocos metros de mí. He dirigido la mirada hacia el suelo, y ahí estaba el Vagabundo.

El Vagabundo era conocido en toda la barriada. Era la tercera vez que me topaba con él. Por lo visto, cada noche se acostaba en una esquina distinta. Lo miré detenidamente: no parecía que me hubiera visto. De repente, tuve una idea: desde que era pequeño, mi abuela me había hablado de él. Me dijo que el Vagabundo llevaba viviendo de este modo desde que su padre llegó a China, a ese mismo barrio.  Desde entonces, me dijo, no había envejecido. Ni le había crecido el pelo, ni le habían salido arrugas. Por lo visto, no era muy dado a la conversación, pero en el mercado conocí a unas mujeres que consiguieron hablar con él en alguna ocasión. Me confesaron que era un tipo muy interesante, con una inteligencia muy superior a lo que podía parecer. “Parece que sea vagabundo -me dijeron- sólo para guardar las apariencias; un tipo mucho más válido que muchos que están en lo alto”.

Me acerqué lentamente a él. Tenía los ojos cerrados, y resoplaba, sacando humo por el frío que le envolvía. No pude evitar la tentación: tenía la oportunidad de hablar a solas con el Vagabundo, ni más ni menos que el Vagabundo. Me puse en cuclillas junto a él y le golpeé levemente el hombro. Cuando mi dedo entró en contacto con su abrigo, el Vagabundo se sacudió, murmurando palabras en un idioma que me era desconocido. Reparó en mi presencia y abrió los ojos de par en par.

– Hola joven, ¿qué desea?

Me quedé un par de segundos pensando, pero no me dio tiempo a abrir la boca antes de que añadiera, con su hablar grave y pausado:

– Primera vez que va a hablar con el Vagabundo, ¿verdad? ¿Es por eso por lo que tiembla? ¿O acaso tiene frío?

Negué con la cabeza, un poco angustiado por sus palabras.

– Dígame, ¿dónde vive usted?

Le señalé hacia la puerta de mi casa, pocos metros hacia dentro de la calle.

– ¿Vive usted solo?

Volví a mover la cabeza de izquierda a derecha. El Vagabundo levantó las cejas, esperando -o así lo entendí yo- una respuesta más completo.

– No, señor… Vivo con mis dos hijas pequeñas. A lo mejor las ha visto alguna vez.

– ¿Y su mujer?

Suspiré y desvié la mirada.

– ¿Murió?

Negué con la cabeza, por tercera vez.

– Se fue, entonces… Ya lo siento, muchacho.

Me levanté; esa conversación no debía durar ni un minuto más. Pero el Vagabundo volvió a retenerme.

– No crea que me importa, pero si usted es incapaz de hablar de ello es que algo hizo mal. ¿Le hizo usted daño alguna vez?

Sin intención de responderle, empecé a caminar en dirección a casa.

– ¿No? Entonces usted no tiene ninguna culpa. Puede estar tranquilo. Y si es así, hable hombre, hable. ¿Qué pasó?

Me detuve. No quise acercarme más, pero pensé que no tenía nada que perder si le respondía.

– Se fue porque quiso…

– Con otro hombre, ¿no? Se cansó de usted, entonces.

Apreté los puños.

– Usted no estuvo a la altura, pero no se preocupe; ¿sabe por qué tiene que estar tranquilo?

Mi mirada recorría múltiples puntos, pero ninguno de ellos quería ser los ojos del Vagabundo.

– Tiene que estar tranquilo porque ella lo estará pasando peor que usted. Créame hijo, la vida no perdona; usted está donde debería, mientras que ella no. No tiene por qué estar triste.

Cerré los ojos.

– He estado muchos años por este barrio, y creo que llegué a hablar con su mujer en alguna ocasión. Esa mujer europea, de cabello rubio, bastante más hermosa de lo que se suele encontrar uno en esta zona, ¿verdad? Sin embargo, nunca me dio muy buena espina. A veces no es bueno fiarse del aspecto, hijo. Es de las pocas cosas que he sacado en claro después de tantos años. De las pocas cosas, sí señor…

Comencé a andar lentamente hacia la puerta de mi casa, con la cabeza baja y en silencio. El Vagabundo alzó la voz para que escuchara cada una de las palabras que me iba a decir.

– Hay que dejarlo estar, amigo mío. Ella sabrá lo que hace, aunque no sepa lo que se está perdiendo.

Su voz retumbó por toda la calle. Después, se hizo el silencio. Yo, silenciosamente, atravesé el umbral y cerré la puerta detrás de mí.

Entre en la habitación de las niñas. Dormían dulcemente. Le di un beso en la frente a Lucía y después a Blanca. Volví a mi habitación y me senté en el escritorio. Saqué una pluma y una hoja de papel y empecé a escribir.

No podrás evitar que la melancolía sobrevuele tu cabeza, pero sí trata de lograr que no haga su nido en ella.

Poeta chino del siglo XI

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