Noche 3: Un malentendido cualquiera

Noche del 3 de diciembre, de 21:37 a 22:09. Sin escuchar música.

– Sí señor, una putada.

Julián suspiró, cubriéndose el rostro con una mano. El doctor le miraba algo entristecido. Tomó algunas notas y prosiguió.

– Ya… Y, ¿quién dice que cree que se lo contó?

– Pues no lo sé, alguno de mis antiguos compañeros de clase, supongo…

– ¿Cree que ella sospechaba algo?

Julián alzó la mirada y gritó:

– ¡No, claro que no! ¡Le digo que no tenía por qué sospechar nada, porque no había nada de lo que sospechar!

El doctor se ajustó las gafas, algo perplejo. Julián continuó.

– ¡Yo no hice nada, se lo juro!

El doctor revisó sus apuntes. Se aclaró la voz.

– Bien, entonces recapitulemos: su mujer empezó a comportarse de modo extraño con usted hace dos semanas. Durante este tiempo, no ha mejorado de actitud, sino que más bien se ha ido resintiendo cada vez más, progresivamente. Hasta que ayer…

– Antes de ayer.

– Antes de ayer, le anunció que iba a alejarse de usted por lo menos una temporada, porque necesitaba tiempo. Al día siguiente usted llamó a…

– A mi amigo Iñigo, sí.

– Sí, y se citó con él. Entonces, bebiendo y charlando, Iñigo le reveló que creía conocer el motivo por el que su mujer había actuado de ese modo.

El doctor se calló y observó la reacción de Julián; seguía con la mirada perdida en las baldosas del suelo. El único sonido que se escuchaba era el del ventilador que giraba en una y otra dirección; la primavera empezaba cálida ese año.

– Entonces su mujer… -leyó de sus apuntes- “se marchó de casa gritando que no comprendía porqué usted lo había hecho y esperaba no volver a verle en una buena temporada”, o algo parecido, imagino.

Julián asintió. El doctor releyó todo por encima una vez más. Sin decir nada, se levantó y se dirigió hacia su mesa. cogió el ordenador portátil y regresó a su asiento. Tecleó durante unos instantes y le ofreció el teclado a su cliente.

– Entre en su cuenta, por favor.

Julián parecía no comprender la petición.

– Hágame caso, podría servirnos de ayuda.

Julián tecleó su correo electrónico y su contraseña. Su perfil de Facebook se abrió. El doctor hizo además de volver a coger el ordenador.

– ¿Me permite?

Julián, sabiendo que no había nada que perder, se lo cedió. El doctor abrió la pestaña del perfil de Julián y empezó a deslizarse hacia abajo, leyendo atentamente. Julián empezó a ponerse nervioso, casi temblando. El doctor, de repente, se detuvo. Giró la pantalla hacia su cliente. Julián leyó detenidamente y se fijó en la fotografía; era de hacía varios años, aunque él apenas había cambiado físicamente. Ahogó un grito de rabia.

Si revelas tus secretos al viento, no culpes al viento por revelarlos a los árboles.

Kalil Gibran

Las 1001 noches

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