Noche 4: Un pecado y un pecador

Día 4 de diciembre, escrito de 9:30 a 10:10 de la mañana. 

Metro

Es difícil encontrarte con alguien una tarde de invierno en la Plaça Catalunya de Barcelona. El ajetreo general de la gente que te rodea te distrae continuamente, y la confusión crece cuando la persona con la que has quedado llega tarde y no lleva teléfono móvil. Luis nunca lleva su teléfono móvil. Dice que le hace sentirse controlado, localizable, accesible. Y eso, para una persona de su negocio (que poco tiene de legitimidad legal) es un engorro. Él prefiere actuar al modo de la vieja escuela: cara a cara, citándote a un día y hora concretos, obligándote a que no vayas acompañado. Pero aun así, incomprensiblemente, siempre llega tarde. Y si para mí ya es bastante amargo tener que venir hasta aquí para esto, más lo es tener que esperar más de la cuenta.

Estaba empezando a impacientarme, cuando vi a un individuo que me llamó la atención. A lo mejor os sorprenderá el motivo por el que su presencia me sugirió curiosidad: ese tipo llevaba un jersey idéntico al mío. Los mismos colores distribuídos en las mismas barras, pintadas con la misma inclinación e incluso el jersey era más o menos de la misma talla. El tipo llevaba gafas de sol -algo extraño, estando en plenas vacaciones de Navidad- y una capucha que le subría toda la cabeza, y estaba sentado sobre el respaldo de un banco, sin nadie a su alrededor. Giró levemente su cabeza hacia mí: parecía que me estuviera mirando fijamente. O a lo mejor estaba durmiendo. Sea como fuere, llevaba un jersey idéntico al que mi madre me había regalado muchísimos años atrás. Cosido a mano por ella.

No sé por qué, pero tuve la ocurrencia de que a lo mejor era alguien que Luis había enviado en su lugar. Eso no explicaría lo del jersey, pero sí explicaría que me mirara fijamente y pareciera estar esperando a alguien. Así que, caminando despacio, me acerqué. Él no se inmutó, ni siquiera cuando me planté justo enfrente, esperando a que me dijera algo. Se limitó a levantar las cejas.

– Ven, siéntate aquí.

Me hizo un gesto para que me sentara a su lado. Supuse, ahora sí, que era un amigo de Luis. El muy caradura ya no se atrevía ni a venir él en persona. A lo mejor se había metido en algún lío, quién sabe. De modo que me senté también en el respaldo del banco.

– ¿Eres amigo de Luis?

El joven negó con la cabeza. Debo admitir que me quedé un poco pillado por esa reacción. Pensé en levantarme de inmediato, pero había algo que me retuvo: no podía dejar de observar sus facciones. Era tremendamente parecido a mí.

– A lo mejor es la primera vez que me ves en persona, pero tú y yo nos conocemos desde hace bastante tiempo. Y es por eso por lo que he venido a buscarte. Tengo que pedirte que dejes de utilizarme.

Parpadeé un par de veces, observándole fijamente. Él también me miraba.

– ¿Cómo que utilizarte?

– Mira, Dani.

El chico tomó aire y suspiró. Se quitó las gafas de sol. Sus ojos eran del mismo color que los míos. El rabioso parecido me seguía dejando hipnotizado.

– Cada vez que haces lo que has venido a hacer hoy aquí, estás utilizándome. Llevas ya mucho tiempo abusando de mí, aun a pesar de proponerte continuamente que dejarás de hacerlo. Te aprovechas de mí tantas veces al día que no merecería la pena enumerarlas.

– ¿Pero tú…? ¿Cómo has dicho…?

– Muchas veces al día colega, cientos de veces. Desde primera hora de la mañana hasta justo antes de acostarte, creyendo continuamente que tu actitud no hace daño a nadie y que puedes hacer lo que quieras con tu dinero. El dinero es uno de los bienes más inmerecidos que tú y tus amiguetes tenéis, y parece que cuanto más tenéis más estúpidos sois a la hora de utilizarlo.

– ¿Qué tiene que ver mi dinero contigo?

– Más de lo que te crees. Y por ahora sólo te he hablado del dinero. Yo no soy el único al que utilizas despiadadamente; hay otros seis que también sufren constantemente por culpa tuya. Lo paradójico es que si existimos es para que se nos utilice. Sin embargo, preferiríamos no existir. El mundo sería un lugar mejor sin nosotros. Por eso he venido a pedirte que, en definitiva, dejes de abusar de mí. Y esta vez no me basta con que te lo propongas. El dinero siempre va a estar ahí, de eso no te quepa duda. Si crees que su desaparición sería la solución a tu problema conmigo, te equivocas, amigo.

Escuchaba atentamente lo que ese chico me decía. La situación era surrealista, pero creo que empezaba a entender lo que me estaba diciendo. En realidad, yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo con mi dinero, y no era algo de lo que podría presumir en público. Sin embargo, todavía no comprendía lo más inquietante de todo.

– Pero, ¿quién eres tú?

– Eso ya no te importa, porque espero que no volvamos a vernos nunca. De hecho, espero que no vuelvas a pensar nunca en mí. Pero para eso necesitarás ser fuerte.

El joven se levantó de pronto. Sin decirme nada más, se alejó hasta la boca del metro. Ahí se detuvo un instante. Se encogió de hombros. Empezó a bajar los peldaños despacio, uno detrás de otro, hasta que desapareció en el subsuelo.

Yo también me levanté y observé cómo se iba. En cuanto le perdí de vista, comprendí que no tenía tiempo que perder. Y si quería hacer algo antes de que llegara Luis, lo más prudente sería regresar a mi casa de inmediato. Y, puestos a elegir, preferí coger el autobús.

Los placeres son como un círculo en el agua que no cesa de ampliarse hasta que, a fuerza de expandirse, se pierde en la nada.

Shakespeare

Las 1001 noches

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