Noche 5: El aguafiestas

Noche del 6 de diciembre, de 0:05 a 0:29. Escuchando Redemption song. Sé que me he saltado un día, pero no es fácil aguantar el ritmo, y menos estando de exámenes finales.

– ¿Me acompañáis a la biblioteca? Tengo que ir a devolver los libros…

Mis dos compañeros me miraron un momento antes de seguir con sus respectivos trabajos en el ordenador.

– ¿No? Va, ¡que así os despejáis un poco!

– Tío, hace mucho frío, se está muy bien aquí.

– Va chavales…

– Dile a Álex, quizás él quiere.

Levanté una ceja. Mi colega me sonrió y gritó:

– Álex! Ven, corre!

Esbocé cara de amargura mientras mi colega me guiñaba el ojo. Entonces apareció Álex por la puerta. Él siempre estaba en su habitación; consideraba que acabaría perdiendo el tiempo si intentaba estudiar en el salón con nosotros.

– Oye, Alberto tiene que ir a la biblioteca, ¿quieres acompañarle y así tomas el aire?

Álex sonrió y me miró, animado.

– Venga!

Le devolví la sonrisa mientras mis otros compañeros reían por lo bajo. Nos pusimos el abrigo, cogí la mochila con los libros y salimos. En el ascensor me di cuenta de que el silencio era terriblemente incómodo: mi relación con Álex era de pura cordialidad, y antes que hablar del clima prefería callar. Pero fue él quien sacó conversación.

– ¿Qué tal llevas el examen, tú?

– Pues regular… No me concentro mucho, la verdad.

– Por eso quieres ir a la biblio, ¿no? Para airearte un poco y tal.

Asentí con la cabeza. Álex sonrió. Vi que me observaba, y deducí que esperaba que le devolviera la pregunta. Se abrió la puerta del ascensor y nos dirigimos hacia la calle.

Me seguía mirando indiscretamente, sonriente. Se me antojó más cómodo que el silencio, así que me lancé a una de esas conversaciones que sabes que no van a ningún lado. Otra más.

– ¿Tú qué tal? Bien, ¿no?

– Sí, creo que será fácil. En verdad no hay mucha materia, si lo miras bien.

– Ya…

Me miró detenidamente, como si quisiera analizarme.

– No pareces muy convencido. Creo que te convendría más estudiar en tu habitación o en la biblioteca. En el salón os distraéis cada dos por tres y no os ayudáis nada.

Ya estamos otra vez, pensé. Aguando la fiesta. Pero prosiguió.

– Pero por mí haz lo que quieras, ¿eh? Tú verás qué te viene mejor.

Vi que no lo decía con intención de molestarme. Durante todo el camino hacia la biblioteca, fue dándome la brasa. Yo empecé a preguntarte por qué él era tan reservado. Me confesó que era consciente de ello, pero que a veces los “ritos sociales” -así los llamó, y me pareció acertado- le parecen una pérdida de tiempo que no se puede permitir.

A partir de ese día fui a estudiar cada tarde con él a la biblioteca, pues se prestó a ayudarme a resolver todas las dudas que tuviera. Y acabé notando la diferencia.

Los libros son como los amigos, no siempre es el mejor el que más nos gusta.

J. Benavente

Las 1001 noches

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