Noche 7: El tiempo vuela

23:17 a 23:34. Lo de un cuento cada noche ya se ve que no es factible, pero haremos lo que podamos. 

Tenía kilómetros y kilómetros de pradera antes de llegar al acantilado. Todos esos kilómetros relativamente lisos, un terreno bastante asequible. Tom miraba fijamente su reloj de pulsera. Cuando la aguja secundera llegó al 12, marcando así que eran las 5 en punto de la tarde, arrancó a correr como si no tuviera que haber un mañana.

A los pocos segundos ya alcanzó una velocidad cercana a los 23 kilómetros por hora. La velocidad le hacía sentir un ligero cosquilleo cada vez que su piel rozaba alguna de las finas espigas. Cuando veía venir unos cuantos metros que no albergaran peligro alguno, dirigía otra rápida mirada a su reloj. las 5:00:15, las 5:00:23… Se dio cuenta de que no iba tan sobrado como pensaba, así que empezó a acelerar. Sus piernas empezaron a tomar impulso con una velocidad difícil de controlar para su mente; mejor sería olvidarse de cualquier tipo de control y dejar que fueran solas. Empezaba a darle cierta angustia ver acercarse el acantilado a tanta velocidad. Apretando los puños, aceleró un poco más. Miró el reloj. Las 5:00:27, las 5:00:25. Aunque pareciera imposible, intento aumentar todavía más su velocidad.

Volvió a mirar el reloj. Las 5:00:21. Se le antojó que empezaba a ir bien de tiempo, de modo que se esforzó por mantener el ritmo, mientras el acantilado estaba cada vez más al acecho. Ahora sí, estaba a punto. Disponía de, aproximadamente, diecisiete segundos. ‘Más que suficiente’, se dijo.

Al llegar al borde del acantilado, miró por última vez el reloj y, al mismo tiempo, tomó impulso. Desde el momento en el que se despegó del suelo, la aguja secundera volvía a funcionar -nunca mejor dicho- en el sentido de las agujas del reloj. Y el cuerpo de Sam se alejaba metros y metros, siguiendo un movimiento parabólico que quedaba lejos del alcance humano. No podéis imaginaros la sensación que vivía Sam sabiendo que le quedaban algunos segundos de ilusión, de vuelo, de libertad.

Es mejor morir de pie que vivir de rodillas.

E. Zapata

Las 1001 noches

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