La tourneé de Dios

En la biblioteca me gusta coger libros un poco al azar, con la esperanza de que su contenido me sorprenda. La tourneé de Dios, la última novela del gran Jardiel Poncela, no se quedó corta en este cometido.

Esta novela, comedia de lectura ágil y muy episódica, fue escrita en 1932, comienzos de la II República, con la agitación política y la clara divergencia entre “negros” (izquierdistas, republicanos, anticlericales) y “blancos” (de derechas, conservadores, católicos), como Jardiel los llama para abreviar. Un buen día, a Perico Espasa, director de La Razón, le llega la noticia de que al Papa se le ha aparecido Dios anunciándole que va a venir a la Tierra en forma humana. Obviamente, es poca la gente que lo toma en serio. Sin embargo, cuando Dios hace algunos milagros antes de su supuesta venida (derribar la Torre de Pisa hacia el lado contrario al de su inclinación y volverla a enderezar), la expectación va creciendo, hasta el punto de concentrar a millones de personas en el Cerro de los Ángeles (cerca de Madrid), donde parece ser que se va a producir el descenso del Señor desde los cielos.

Dios, efectivamente, aparece con aspecto humano. A partir de aquí se desarrollan una serie de acontecimientos totalmente contrarios a lo que cabría esperar de esta situación. Dios parece estar indiferente ante las muertes que algunas cargas policiales provocan entre las multitudes. Dios parece estar indiferente, incluso bostezando, cuando cientos de personas le rezan el Padrenuestro en las narices, o en las procesiones y misas que se van haciendo en su honor. Dios se burla con cierta ironía de todas aquellas cosas que nuestra cultura adora, como los cuadros de Velázquez o de Goya (“¡Qué inútil es todo esto!”), el Metro de Madrid (“¡qué ganas de complicarse la vida!”), la plaza de toros, etc. Incluso en el Jardín Botánico, pregunta: “Y una vez tenéis todas las plantas etiquetadas y clasificadas, ¿qué?”, a lo que nadie sabe qué responder.

Dios concede sólo tres audiencias, elegidas al azar entre todas las peticiones que había:

  1. Comité de Damas Católicas, que huyeron desilusionadas al ver que Dios no es partidario de tanta parafarnalia, cerrando el asunto diciendo que ‘los cirios quedan para los santos!’ y no para Él. 
  2. Representantes del Pueblo Judío: van a pedirle ayuda por ser un Pueblo despreciado y marginado por el resto, y Dios termina sermoneándoles por la cantidad de dinero e influencias que tienen entre manos, diciéndoles que les debería dar vergüenza ir a pedirle nada a Dios, y deseándoles buena suerte en los negocios.
  3. Comisión de Ladrones y Rateros españoles, pidiéndole a Dios que haga otros desfiles, puesto que en el último pudieron robar una gran cantidad de objetos de valor. Dios, obviamente, se niega en redondo.

Estas y otras muchas actividades desconcertantes va protagonizando Dios, hasta que llega un momento en el que la desilusión es tal que ya a nadie le importa lo que haga. Se dan cuenta de esa situación, y le piden a Dios que haga lo que, en verdad, todos querían que hiciera; dirigir unas palabras a la humanidad. Organizan una especie de meeting gigantesco, con Dios ante un micrófono. Y aquí comienza un auténtico sermón, en boca de Dios -ni más ni menos-, de Jardiel Poncela contra la Humanidad. Creo que es un discurso que merecería la pena leer, así que me limito a adjuntar algún trozo suelto:

Digo que nunca, hasta ahora, me he dirigido directamente a vosotros, y agrego que, sin embargo muchas veces, millares de veces, cada año, cada mes, cada semana, cada día, cada hora, cada minuto, habéis tenido ocasión, de escuchar mi Palabra y de oír mi Voz.

Sé cómo sois. Ansiáis una Ley, y no bien la tenéis la despreciáis. Suspiráis por conocerla, y una vez conocida saltáis sobre ella para alucinaros con otras leyes que creéis más justas. Pedís que se os marque un camino, para seguir otro camino cuando ya el primero lo tenéis marcado. Exigís un Dios, y cuando el Dios se os da, inventáis otro.

Vuestro principal defecto ha sido siempre esperar demasiado de mi, como si yo todavía tuviera que daros algo. . . Como si yo no os lo hubiera ya dado todo. Todo, sí, todo os lo di al permitir que fuerais parte del Universo. Yo os di la Vida, y la Muerte antítesis esplendorosa, yo os di la Conciencia, la Inteligencia, la Voluntad, el Entendimiento y la Memoria; yo os di la facultad sexual con su emocionante consecuencia, la Procreación; y os di los Sentidos; y os di el Dolor —bien supremo— y haciendo que el Dolor no fuera continuo, sino intermitente, hice nacer el Placer (cesación del Dolor) y os lo di asimismo.

Tomemos al azar uno de esos elementos que yo os he dado y que encierran la felicidad y examinémoslo. Tomemos el que más interés ha despertado en vosotros: la facultad sexual y su emocionante consecuencia, la Procreación. Yo os lo di para que fuerais felices con él. Yo ideé el separar las almas de los cuerpos, que es dolor, para que vosotros los unierais en el abrazo de los sexos que es placer, placer extraordinario y maravilloso y en el cumplimiento de mi idea hay una felicidad. ¿Pero tengo yo la culpa de que vosotros practiquéis uniones disparatadas o estúpidas o extraviadas? ¿Tengo yo la culpa de que elijáis mal? ¿O de que os hartéis mañana de lo que habéis elegido ayer? ¿O de que os unáis sin previa elección? Yo ideé la Procreación, que es dolor, para lograr el exquisito resultado de que perpetuarais vuestro amor y vuestras vidas en el Hijo: lo cual es placer, placer incomparable y felicidad como no hay otra. Pero ¿qué culpa tengo yo de que os pesen los hijos? ¿Qué culpa tengo yo de que hayáis complicado la vida de manera que los hijos resulten para vosotros una carga? ¿O qué culpa tengo yo de que os unáis sin desear el hijo? ¿Y de que hayáis hecho del amor una frivolidad? ¿Y de que evitéis los hijos con lavados post coiturn, con pastillas ácidas, con abluciones ováricas? ¿Qué culpa tengo yo, en fin, de que de una felicidad purísima hayáis hecho vosotros un amontonamiento asqueroso?

Os di la Inteligencia para que vierais claro que la felicidad está en la sencillez de la vida y vosotros habéis utilizado la Inteligencia para aspirar a más, siempre a más, y con el nombre de Progreso habéis inventado máquinas, doctrinas, costumbres, teorías, sentimientos, ideas, objetos e instituciones que sólo os sirven para envenenaros la existencia y hacerla agria, difícil problemática, indomable.

Y ahora yo os digo: no esperéis de mí la felicidad. No la esperéis de nadie. Para vosotros la felicidad es ya imposible.

La verdad es que el Diablo y yo tenemos un concepto totalmente distinto de la existencia. Para mí, la existencia está basada en el Dolor y su consecuente es el Placer. Para el Diablo, la existencia está basada en el Placer y naturalmente, su consecuente es el Dolor. Esta, y nada más que ésta, es la razón del desacuerdo existente entre él y yo. ¡Pero ya es bastante!

Ahora que sabéis que para mí la vida está basada en el Dolor, comprenderéis por qué nada de aquello me afectó lo más mínimo. A vosotros el Dolor os horroriza. A mí me produce indiferencia. Y ahora os explicaréis, ¡al fin!, mi pasividad cuando os afligen grandes catástrofes. Es decir: os explicaréis por qué cuando rezáis pidiéndome la conclusión de uno de vuestros dolores, yo no os hago “caso…”.

¿Cómo voy a estar con unos y con otros, si en parte todos habéis asimilado la dulzura y el sentimentalismo maravilloso y equivocado de mi Hijo, y yo, según ya he dicho, no he estado nunca de acuerdo con mi Hijo? Pues ¿qué? ¿No sabéis que yo no opinaba como Él? Mi Hijo es el que ama a todo el género humano y yo soy el que mata a todo el género humano, a excepción de Noé, los suyos y una pareja de animales de cada especie. ¿No sabéis que no aprobé la conducta de mi Hijo cuando os ofreció a los hombres el sacrificio de su Vida? ¿No sabéis que lo dejé abandonado a su destino al ver que no podía convencerle? ¡Tampoco eso está escrito! ¿No os acordáis? ¿No os acordáis de que mi hijo confesó lo ocurrido entre nosotros al decir en la Cruz, dirigiéndose a mí: “Señor, ¿por qué me has abandonado?”

Tras estas y otras duras palabras, Dios se queda completamente solo. Triste y melancólico, regresa a los cielos, sin nadie que le vitoree ni acompañe. La auténtica hipótesis de fondo, cargada de ironía aunque con parte de razón, es que Dios es tan grande que nadie es capaz de comprenderle del todo, ni siquiera el Papa.

Es la primera vez que un libro consigue hacerme desternillar de risa y, a la vez, reflexionar sobre tantos asuntos de gran importancia humana. Recomendadísimo.

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