Noche 8: Subsuelos romanos

Sábado, 19 de enero. Escuchando el disco Joan Dausà i Els Tipus d’Interès. Unos tres cuartos de hora, rememorando las catacumbas que visité en Roma hace dos veranos.

Gustavo, Eduardo y Juan terminaban de decidir qué iba a pedir cada uno, repasando el menú de arriba a abajo mientras un camarero, algo impaciente, presionaba el bolígrafo contra la libreta, listo para tomar nota en cuanto sonara el disparo de salida.

Por fin se decidieron y, uno tras otro, anunciaron su meditada elección. El camarero tomó nota y se alejó a toda prisa. Lo que escogieron cada uno, por cierto, nos trae sin cuidado.

– ¿Os habéis fijado en cómo estaba este tío? Llegamos a tardar un minuto más y le hubiera estallado la cabeza. – apuntó Juan, a lo que Eduardo respondió:

– Bueno, qué le vamos a decir, tendrá mucho trabajo. Podíamos haber ido más rápido.

Juan estaba observando a su alrededor, totalmente ausente de la conversación. De repente se dio la vuelta hacia sus compañeros.

– ¿Os habéis fijado en esas tres? Parece que están solas… ¿Por qué no…?

– Nada, déjalo, en serio. No merecería la pena. -interrumpió Gustavo.

– Ah no? Te tenía por otro tipo de persona, compañero!

– Digamos que no tengo muy buena experiencia de intentar conquistar a mujeres desconocidas.

– ¿De verdad? Ilústrenos, pues.

Eduardo, con su marcada pronunciación madrileña, rió la gracia de su compañero navarro. Gustavo se puso cómodo.

– ¿De verdad queréis conocer los detalles? A lo mejor no miráis a las mujeres del mismo modo en cuanto haya terminado…

– Cuenta anda, pero no te enrolles demasiado -dijo Juan-. A ver si te da tiempo antes de que nos traigan la comida!

Gustavo se aclaró la garganta y se acercó un tanto a sus compañeros, forzando una atmósfera de infantil complicidad.

>> Fue durante uno de mis viajes a Roma, justo al terminar Bellas Artes. Ya sabéis que siempre he sido muy de echarme la mochila a la espalda y emprender la aventura, sin dejar que nadie me acompañe, pues considero que las cosas más increíbles le ocurren a uno cuando viaja solo, mucho más atento a lo que le rodea. Este viaje fue a mitad de un mes de julio. Pese a ser verano, fue una semana muy lluviosa. Roma parecía otra, brillaba con mucho más atractivo que el de cualquier vulgar noche de verano.
>> Estaba en una visita guiada para españoles, dentro de una de las múltiples exposiciones de pintura que hay. La mujer que nos guiaba era una chica joven, italiana y, además, guapísima. Imagino que bastante primeriza, pues había preguntas a las que no sabía responder y se limitaba a excusarse sonriendo. Ya sabéis como soy; fui el turista más entusiasta de todos con diferencia. Podemos decir que ella me guiaba a mí por todo el recinto, mientras que la atención del resto (mucho mayores, todo sea dicho) iba menguando progresivamente. Y yo, como podéis imaginaros, no me abstenía de tontear estúpidamente con la guía (más adelante me enteré de que se llamaba Chiara). Ella me seguía bastante el juego, hasta que al final nos quedamos charlando un rato.
>> Nos sentamos en un banco y me estuvo contando acerca de su vida. Por lo visto perdió a sus padres recientemente y vivía sola en un apartamento de Roma. Como quien no quiere la cosa, me dejó caer indirectamente que no había tenido muy buenas experiencias amorosas. En cuanto tocamos este tema, empezó a preguntarme sobre mí, y en fin, podéis imaginaros que le hice un pequeño esbozo sobre mi vida, coloreando algunas partes de forma exagerada y dejando otras en el tintero. Lo de la música, la poesía, en fin, ya sabéis.

Sus dos compañeros le secundaron con una contenido carcajada.

>> De modo que fuimos conociéndonos y, francamente, pintaba muy bien la cosa, ya nos entendemos. Así que no me lo pensé dos veces y le propuse que cenáramos juntos. Ella se excusó, pues por la tarde tenía que hacer una visita guiada por unas catacumbas de un barrio bastante periférico de Roma. Se ve que terminaría tarde, sobre medianoche, y me dijo que, si no me importaba, podía ir a recogerla después. No me lo hice decir dos veces, y quedamos así. Sin embargo, se le ocurrió una brillante idea: me propuso que me uniera yo a la visita guiada. Estaba convencida de que me encantaría, pues se trataba de unas catacumbas poco turísticas en las que la gente no solía interesarse.
>> De modo qui fuimos para allá. La expedición estaba formada por cuatro personas: una pareja de ancianos, Chiara y yo. Chiara nos dio severas instrucciones: íbamos a adentrarnos en unas catacumbas frías y oscuras, de modo que no debíamos separarnos en ningún momento, pues era como un laberinto subterráneo por el que podía ser difícil localizarnos. Además, como si de una travesura se tratara, nos preguntó si querríamos ver la cuarta planta (lo que sería la -4, para entendernos), a la que no solía haber visitas pero que merecía la pena. Poco convencidos, asentimos, y comenzó la visita.
>> Chiara nos guiaba, hablando en perfecto italiano. Esas catacumbas eran increíbles. Los túneles estaban pensados para personas de siglos atrás, considerablemente más bajitas que nosotros. Parecíamos hormigas en un hormiguero. Casi todas las paredes estaban recubiertas de tumbas de cristianos de cientos de años de antigüedad y, como os digo, se apreciaba el cambio evolutivo de tamaño que hemos sufrido en este tiempo. De vez en cuando nos topábamos con alguna pintura rupestre o escultura un tanto desgastada, representando no-se-qué pasaje del Evangelio de no-se-qué santo.
>> Por fin terminamos la ruta, un tanto exhaustos de tanto andar a empujones y medio agachados. Llegados a este punto, Chiara nos recordó la propuesta de visitar la cuarta planta, unos siete metros por debajo de donde estábamos (que era, a su vez, unos quince metros por debajo del pie de calle). Los dos ancianos decidieron retirarse, siguiendo los carteles luminosos que indicaban la salida. Chiara me animó a seguirla, convenciéndome de que me encantaría. No se me antojó mala idea. Pobre de mí.
>> Chiara sacó una linterna y me explicó que ese túnel no estaba apenas iluminado. Esa idea me asustó un tanto, pero me tranquilizó, asegurándome que llevaba pilas de recambio. Así que descendimos hacia ese frío túnel.
>> Me agarró de la mano para que no me separase de ella. Iba explicándome las cosas que veíamos. Bastante más aterradoras de las que había visto en cualquier otra visita guiada, eso os lo aseguro. Si queréis otro día os cuento lo de los cadáveres, las arañas y los animales disecados. El caso es que íbamos avanzando, hasta que la linterna empezó a parpadear. Finalmente se apagó. Solté un pequeño chillido, y le supliqué a Chiara que nos fuéramos enseguida a casa. Ella me tranquilizó. Me dijo que iba a poner un par de pilas nuevas a la linterna. Es decir, me soltó la mano. Esa fue la última vez que la vi. O que la sentí, para ser más exactos.

– Cómo!? – exclamó Eduardo-. Quieres decir que…?

– No me jodas, ¿en serio? ¿Te dejó plantado?

Gustavo tragó saliva, totalmente inmerso en su propio relato, como rememorando una experiencia traumática.

>> En efecto, fue soltarme la mano y escuchar que sus pasos se alejaban de mí, corriendo como en cuclillas para hacer el mínimo ruido posible. Tardé un poco en reaccionar, y empecé a gritar su nombre, pero decidí no hacerlo más, pues mi eco hacía que se me erizara la piel. Y hacía frío. El caso es que me encontré solo y desamparado, en plena oscuridad, rodeado de cadáveres centenarios y animales en olorosa descomposición. Fue una sensación parecida a la de estar colgando en el vacío, pues mi único contacto sensitivo con la realidad eran mis pies firmes en el suelo de esas oscuras galerías, a tantos metros bajo tierra.

Gustavo se detuvo, como si la historia terminara ahí.

– Y entonces…?

– Bueno, podéis imaginaros cómo terminó todo.

Juan y Eduardo se miraron y negaron con la cabeza. Volvieron a mirar a Gustavo.

– Chicos, creo que ya he hablado suficiente…

Justo en ese momento, apareció el camarero con los tres platos. Con un gesto obligó a los tres amigos a romper la atmósfera de confidencialidad en la que estaban inmersos para dejar paso a los apetitosos entrantes. Apenas les prestaron atención, y en cuanto el camarero se fue, Juan increpó a su compañero.

– Venga hombre, ahora termina, que supongo que viene lo interesante!

– Técnicamente, nuestro colega está aquí, vivo, así que se supone que salió de esa, no? – apuntó Eduardo con su habitual coherencia.

Gustavo asintió y empezó a degustar su plato. Juan siguió insistiendo durante casi un minuto, hasta que Gustavo dejó los cubiertos con un sonoro golpe.

– Está bien, si tanto insistís os contaré cómo terminó. Pero ya que no me gusta hablar del tema, tendréis que darme algo a cambio. Me pagaréis la cena, al menos, ¿no?

Juan estalló a carcajadas y golpeó amistosamente el hombro de su aventurero amigo. Eduardo asintió, resentido.

– Bien, pero ya os he dicho que no queda mucho!

>> El caso es que, con la ayuda del teléfono móvil, conseguí iluminar un poco el camino, aunque de poca ayuda me era, la verdad. Lo primero que se me ocurrió fue retroceder pero, francamente, tardaría horas en encontrar el camino por el que habíamos llegado. Entonces caí en la cuenta de que Chiara había ido hacia adelante, con lo que alguna salida tendría que haber. Fui caminando, y en los momentos en los que el camino se bifurcaba, me detenía unos instantes. Como vi hacer en algunas películas, tiraba algunas piedrecitas con fuerza, e intentaba, por la duración y la fuerza del eco, decidir cuál de los túneles llevaba a la salida. Sinceramente, no sé hasta qué punto fue fruto de buen cálculo, de divina providencia o de auténtica potra. El caso es que, unas tres horas más tardes (agonizantes, aunque para alguien tan aventurero como yo fue, en parte, apasionante) ya estaba en recepción.
>> Me acerqué a la monja que había en el mostrador y, chapurreando en italiano, le conté lo que había ocurrido. Parecía no comprender muy bien, y su cara mostró absoluta confusión en cuanto le pronuncié el nombre de Chiara. Negó enérgicamente la cabeza, admitiendo que no había ninguna guía que respondiera a ese nombre. Había habido una Chiara, pero dejó el trabajo meses atrás, pues le había salido otro en una exposición de arte. Además, ni siquiera había visitas guiadas los jueves por la noche.
>> Me cambió la cara. Empecé a reflexionar sobre lo que había ocurrido en las últimas horas. De repente, caí en la cuenta: Chiara nos había hecho dejar todos los objetos personales en una especie de taquillas (todo menos el móvil, por suerte). Sin mediar otra palabra con la monja, me dirigí a esas taquillas. Tal y como esperaba, estaban todas vacías. Me había quedado sin dinero, sin tarjeta, sin documentos. Yo solo en medio de Roma.

– Así que fue por eso, ¿eh? Ahora lo entiendo.

– Sí, verdad?

– Sí, lo que nos contaste de que te robaron y tuviste que regresar montado en un crucero, escondido entre el equipaje.

Gustavo sonrió, mientras se acercaba una de sus deliciosas albóndigas a la boca. Sus dos amigos se centraron en sus respectivos platos, pensativos.

La mentira es un hecho concreto, pero admite estas variantes:
Los que mienten por divertir a los demás son poetas.
Los que mienten por buena educación son hombres de mundo.
Y los que mienten por el placer de mentir son los auténticos mentirosos.

Francisco de Croisset

Las 1001 noches

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