Noche 9: Todos en casa

Lunes 25 de febrero. de 9:00 a 10:00. Nieva en Pamplona.

– ¿Hay algún plan esta noche?

– Qué va, tío, la gente se ha rajado.

– No fastidies… ¿Todos? ¿Los cuatro?

– Sí, nadie quiere salir hoy…

– Pues vaya… ¿Ha pasado algo?

– Bueno, malos rollos, ya sabes.

Arturo se dio cuenta de que la conversación no daba para más. Lo último que quedaba por hacer era atajar, para gastar el mínimo saldo posible (Arturo tenía un móvil de contrato, pero ya nos entendemos).

– OK, no te preocupes. Ya nos veremos el lunes. Cuídate.

Colgó el teléfono. No era una novedad que pasaran estas cosas en el grupo. Desde el momento en que Alejandra y Miguel lo dejaron, las cosas no habían vuelto a ser como antes. Eso era innegable. Seguían viéndose de vez en cuando en el mismo grupo, más por compromiso social que por comodidad, pero obviamente no era lo mismo.

Arturo vio venir por delante una aburrida noche. Pero se dijo a sí mismo que no pensaba aburrirse. Y ya que por la televisión no echaban más que tonterías, decidió coger el teléfono. Esta vez, el teléfono fijo. Marcó un número.

– ¿Diga?

– Hola, Miriam, ¿cómo estás?

– ¡Ah! Hola Arturo. Bien, pues aquí -dijo con tono alegre-. ¿Tú?

– Aquí, también.

Silencio incómodo. En verdad, no habían dejado de estar en silencio; decirse lo que se dijeron era como no decirse nada.

– Oye, que me ha dicho Manu que al final nada…

– Ah, ya…

– ¿Ha pasado algo?

– Bueno…

Arturo se incorporó en su asiento. Empezaba el espectáculo.

– A ver, cuenta.

– Pues Miguel, que ha vuelto a hacer de las suyas. Hemos ido antes los tres de compras. Alejandra y yo nos hemos puesto a probarnos vestidos.

– ¿Y os ha dicho que no le gustaban o qué?

– No, bueno, la cosa es que no decía nada. Asentía con la cabeza, pero parecía que no le hacía ninguna gracia tener que acompañarnos.

Arturo sonrió.

– Así que nada, cuando hemos salido de la tienda, va encima y nos dice si queremos hacer algo. Alejandra y yo no teníamos ningunas ganas, así que nada. Poco más.

– Pues vaya tontería… ¿Y por qué os ha acompañado él?

– Pues no tendría nada más que hacer, supongo.

– ¿Y os habéis comprado algún vestido al final?

– Qué va.

– Pues vaya, hombre… Bueno, te veo el lunes entonces.

– Perfecto, ya lo siento. A mí también me empieza a cansar este rollo. Esperemos que pase pronto.

A Arturo le sorprendió la facilidad con la que Miriam incluía a terceros en sus propias opiniones. Con razón estudiaba en la facultad de Políticas.

– OK, un beso Miriam!

Arturo colgó el teléfono. Clavó los ojos en la nada mientras meditaba sobre la conversación que acababa de tener. Sacó su móvil y consultó la agenda de contactos. Dudaba entre dos. Se decidió, al fin, por uno de ellos.

– Sí.

– Hola Ale, ¿qué tal?

– Ah, hola Arturo. Pues nada, aquí aburrida.

– ¿Cómo es que no se hace nada al final?

– Pues mi ex, que es un imbécil.

Arturo sonrió para sí. Le encantaba que Ale se desahogara lanzando antes unas migajas de pan, para crear curiosidad. Arturo sabía que lo más anodino era seguirle la corriente.

– ¡Ay, Señor, este Miguel! ¿Qué ha hecho esta vez?

– Pues nada tío, que nos ha querido acompañar hoy a comprar ropa a Miriam y a mí y ha sido una mierda.

– ¿Por qué? ¿No le gustaba lo que os poníais?

– No, no es tanto por eso. Ha sido súper incómodo tío, ¡no paraba de mirarme! Parece que no acabe de entender que lo hemos dejado.

– ¿Y qué os decía de la ropa que os probabais?

– Nada, pues poca cosa. A mí no paraba de guiñarme el ojo y hacerme sonrisitas. Lo de siempre, vaya. Y a Miriam, pues sin más. Ha sido la leche de incómodo.

– ¿Y luego no habéis dicho de quedar esta noche?

– Sí, sí, espera, que esto es lo más gracioso.

Arturo sonrió de nuevo.

– Toda la tarde dando por saco, y justo al salir, ¿sabes qué se le ocurre decir?

– Sorpréndeme.

– ¡Que no quiere salir esta noche! Que con esta nieve prefiere quedarse en casa, ¿tú te crees?

Arturo levantó las cejas.

– ¿No quería salir? ¿En serio?

– No, claro que no. Se vio en un compromiso e hizo como que sí, pero qué va. Miriam por poco le da una bofetada. Ha estado insoportable.

La conversación duró poco más. Arturo se sentía inmerso en una sitcom barata de domingo por la tarde. Sólo quedaba una llamada. Su receptor era obvio.

– Hola tío, qué tal.

Arturo decidió exagerar el tono de colegueo, a ver qué pasaba.

– Qué pasa, Migueeeel!!!

Silencio.

– ¿Cómo estás, tío?

– Pues mal macho, descansando. No me encuentro muy bien.

– ¿Qué te pasa?

– Las mujeres tío, que son lo peor del universo. Sobre todo las nuestras.

– ¿Por qué lo dices?

– Pues que estaba hoy que me encontraba mal, y ellas que venga, que les acompañe de comprar y que después salimos por ahí.

Arturo parpadeó varias veces.

– Y tú… ¿Fuiste?

– Sí joder, ¡qué remedio! He aguantado como he podido. Hasta que han empezado a probarse ropa, y yo ahí aguantando todo lo que no les gustaba para ir a devolverlo. Empezaba a encontrarme cada vez peor.

– Vaya… ¿Y por qué no te has ido?

– A ver, es que me sabía mal, ¿sabes? Cuando me sentía tan mal, iba haciéndole gestos a Ale a ver si pillaba que quería irme, pero la tía nada, ni puto caso. En fin, qué se podía esperar.

– ¿Y qué habéis hecho al salir?

– Pues nada, yo estaba derrotado, imagínate. Aun así, como parecía que tenían ganas de salir, les he dicho a ver si les apetecía. Pero nada, las dos se querían ir a casa. Que si nieva mucho, que si ya hay bastante por hoy… En fin. Por mí mejor, me quedo tranquilito viendo el fútbol.

Cincuenta testigos hacen cincuenta verdades.

Remy de Gourmont

Las 1001 noches

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