Brújulas que buscan sonrisas perdidas

Ya he terminado de leer la cuarta novela de Albert Espinosa, Brújulas que buscan sonrisas perdidas. Intentando no destrozar el argumento, me gustaría comentar algunos aspectos que me han llamado positivamente la atención.

El modo de escribir de Albert Espinosa

Después de haber leído ya tres de sus cuatro novelas y leer a menudo sus comentarios sobre Polseres Vermelles y sus entradas en el blog, uno va “empatizando” con él, comprendiendo mejor, y así se disfruta mucho más de la lectura. Dejando de lado algunos “tics” narrativos y formales como son los puntos suspensivos, Albert se centra mucho en construir protagonistas complejos, con grandes dilemas interiores y que se sienten llamados a cumplir algo de lo que, al principio, se ven incapaces. Las historias son, pues, narradas en primera persona, e intuyo que por lo menos una cuarta parte de esta persona es él mismo, pues uno acaba encontrando coincidencias. En este caso, por ejemplo, incorpora tal cual una anécdota que contó hace casi un año en su blog (¡ya decía que me sonaba de algo!), sobre un conserje de hotel que deja escritas frases sabias en las habitaciones para que nadie se vaya a dormir sin haber hecho una pequeña reflexión.  Por no hablar de una “escena” que plasma tal cual en un capítulo de Polseres Vermelles (la de los anillos).

También, conociendo un poco su biografía, uno se da cuenta de que incorpora los susurros, los abrazos, los olores, el modo de respirar y su significativo número veintitrés, así como algunos nombres de personajes (Ekaitz, en este caso, como uno de los chavales de Héroes).

Lo interesante de sus libros, muy especialmente de éste, es que exigen mucha implicación por parte del lector si se quiere seguir bien la historia. Porque no es “había una vez un hombre que hizo esto, le pasó aquello y terminó así”, sino que son más bien un viaje interior, prácticamente podemos decir que toma las circunstancias como excusa.

Un viaje interior

Brújulas que buscan sonrisas perdidas podría resumirse como un viaje interior del protagonista compartido con el lector. De hecho, si algo he visto en común entre éste y Si tú me dices ven lo dejo todo… Pero dime ven, es el modo de narrar saltándose totalmente la temporalidad, sembrando la información con una inteligencia premeditada, de modo que no es necesario empezar con “Me llamo tal y en mi infancia me pasó esto”, sino que probablemente hasta el penúltimo capítulo no conoceremos ese trauma que explica cómo se ha estado comportando durante todo el relato, o no sabremos cómo se llama hasta que, a mitad del libro, un personaje le llama por primera vez por su nombre.

De hecho, Albert recurre muchísimo a hacer que su personaje se pierda en divagaciones del pasado a las cuales se ha visto evocado debido a algo que está viviendo en el presente, o a un olor que siente o a un gesto que ha percibido. Entonces suele pasar que, sin ni siquiera separar los párrafos, alguien del presente le dice algo y retoma el relato como si nada. Esto obliga a estar mínimamente atentos, por eso os decía antes lo de implicarte e identificarte con el personaje desde el principio. Me gusta cuando se aprovecha de este recurso y va anticipando que “ya sé que aún no os he contado lo del pacto que hicimos”, y a lo mejor no lo cuenta hasta cincuenta páginas después. Uno tiene realmente la sensación de estar navegando.

La verdad

La verdad es una inquietud que Albert hace latir en cada página, en cada opinión o reflexión que hace compartir con nosotros a su protagonista. En algunos momentos, como en la misma solapa del libro, habla literalmente de ella.

Y es que la verdad mueve mundos… La verdad te hace sentir feliz… La verdad creo que es lo único que importa…

Esta inquietud por la verdad, por eliminar de su vida todo aquello que no sea verdadero, se muestra en casi cada escena. Me viene a la cabeza una que me llamó la atención, en la que la verdad -o autenticidad- se enfrenta a la cortesía que tanto ha abundado siempre. Se trata de un momento en que al protagonista se le muere un ser querido. Todo el mundo le aborda con palabras de consuelo, con el clásico “Para cualquier cosa que necesites, estoy aquí”, pero sin embargo, como dice Albert, nadie ofrece nada concreto, son sólo palabras vacías. La única persona que le quiere sí le ofrece algo concreto en ese momento.

Esta búsqueda de la verdad encuentra su ubicación en el “archipiélago de sinceridad“, esas personas en las que uno puede confiar porque sabe que siempre van a ser sinceras. De hecho, de regalo con el libro venía una tableta de cartón con cuatro chapitas en las que pone “Archipiélago de sinceridad”. Me pareció interesante el simple hecho de que me hizo pensar en qué cuatro personas elegiría para regalárselas.

El destino

No cabe duda de que es uno de los grandes temas de Albert Espinosa. Él suele referirse al destino hablando del “Universo” y, muy especialmente, de ciclos que se cierran, que estaban como predestinados a cerrarse. Por ejemplo, un padre que le contaba un cuento a su hijo para que durmiera, y años más tarde es el hijo el que se lo cuenta a él en su lecho de muerte.

Esta idea está presente en muchas escenas, como también en nuestra propia experiencia si sabemos mirarla bien. Se trata de la consideración de que nada ocurre por azar, de que todo acaba resultando coherente y sólo es cuestión de tiempo el ser capaz de entenderlo así.

Gestos metafóricos

Algo que me fascina de Albert Espinosa es que siempre encuentra pequeños gestos, regalos o expresiones que condensan mucha belleza y mucho significado. En este libro, por ejemplo, se habla de las sonrisas que están cerradas en puños. Entonces, si se las das a alguien, él tiene que sonreír.

Esta positividad, este optimismo que se traslada a los pequeños gestos cotidianos, es otro de los grandes rasgos de Albert. Como con todo, hay gente a la que le costará más “entrar” en el juego, a quien le parecerá una estupidez. Sin embargo, la pretensión de que todas las cosas tengan más valor del que aparentemente tienen es un indicio de búsqueda sincera que merece la pena tener en cuenta.

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