Noche 10: El hombre bilingüe

Noche del 9 de abril, de la 1:00 a 1:43. Escuchando Oltremare, de Ludovico Einaudi. La parte de la sala de ordenadores está basada en hechos reales. 

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Gustavo no era un chico cualquiera. A sus 31 años todavía no sabía qué iba a hacer con su vida. Su madre no dejaba de recordarle lo importante que es hoy en día el inglés. “¿Qué más da el inglés? ¿Es que no hay más lenguas? ¿Y si acabo viviendo en Noruega?”, le replicaba él. Y ella no sabía qué responder a semejante argumentación.

No obstante, Gustavo conoció a una chica, Vanesa. “Vanesa y Gustavo”, pensó, y convencido de que los dos nombres cuadraban perfectamente pronunciados uno detrás de otro -pero en este orden-, decidió que tendría que acabar casándose con ella. Así fue como empezaron a conocerse. Hablaron de aficiones, gustos, dónde habían estudiado, qué hacían los fines de semana… Hasta que abordaron el tema laboral.

Vanesa trabajaba para una empresa. Concretamente, dentro del gabinete de relaciones internacionales de una pequeña empresa que era líder en Europa en la fabricación de esos plásticos en los que se envasa el jamón. Él se quedó fascinado. Pero su fascinación se fue a pique cuando ella le confesó que, al cabo de dos meses, se iría a vivir a Inglaterra.

“Mamá, voy a sacarme el First“, gritó mientras irrumpía en su casa durante una agradable tarde de primavera. Su progenitora, por primera vez, le miró con cierta ternura, como pensando que no estaría mal empezar dándose una torta para llegar a ser un hombre de provecho.

Lo primero que se le ocurrió fue llevarle a la Universidad. Pero no a una cualquiera; le llevó a una privada, de las más prestigiosas de España, dentro de la cual había un instituto especializado en los idiomas. Y aquí es donde, por fin, entro yo.

Me llamo Jose y trabajo como colaborador en una sala de ordenadores dentro de ese Instituto de Idiomas. Mi trabajo consiste en atender a las personas que vienen a la sala para poner a prueba su nivel de inglés. Por ejemplo, si viene una chica que tiene intención de presentarse al CAE, le pongo la prueba para ver si es apta para el CAE. Como veis, con estas pruebas no obtienen premio de ningún tipo, simplemente una especie de “garantía” de que si van a examinarse seriamente no van a hacer que el profesor se parta de risa cuando les corrija.

El caso es que llegó Gustavo, con la mirada perdida, como un turista que no sabe el nombre del monumento en el que se encuentra. Se dirige a mí y me dice que quiere hacer el test para ver si es apto para el First. Me hizo gracia su apariencia. No suelo juzgar a la gente por su físico, pero me apostaría el cinturón a que Gustavo no estaba muy acostumbrado a pasar hambre. Ya nos entendemos.

Le pongo la prueba en un ordenador. Al cabo de media hora, me dice que ha terminado. Me lo dice como esperando a que yo le indique el próximo paso. Seguramente, no ha entendido lo que pone en la pantalla de que tiene que darle a ‘Imprimir’. Lo pone en inglés.

Le doy yo a imprimir y le digo que tiene que hacer la prueba escrita, el writing. Tiene que hacerlo a mano, por la parte de detrás del folio. Él asiente. Parece que lo ha entendido.

Al cabo de un rato, mi apacible lectura se ve interrumpida por un sonido que, inconscientemente, detecto que no debería estar ahí. Me doy la vuelta y, efectivamente, se trata de un teclear de ordenador. “Qué raro -pienso-, si había quedado claro que el writing se hacía a mano…”. Sin hacer más ruido yo que él, me levanto y me acerco, despacio, hasta vislumbrar qué es lo que está tecleando.

Gustavo… Gustavo Nicolás, como supe más tarde que se llamaba. Un hombre de titánica constitución y no menos ingenio, por lo visto. Parpadeo dos veces para creer lo que estoy viendo. Gustavo, tal y como mis ojos comunicaban a mi cerebro, estaba tecleando sobre el campo de texto de Google Traductor. Estaba escribiendo su writing en español, para copiar la traducción -a mano, eso sí- palabra por palabra en el folio. Y lo hacía sin ninguna vergüenza, ante los atónitos ojos de quien, instantes antes, había sido su cómplice a la hora de imprimir la prueba. Gustavo, de 31 años de edad, locamente enamorado de una relaciones internacionales.

En aquel momento no sabía que podía detener la bola de nieve que empezaba a caer por la ladera. “¡Qué más da! -dije para mis adentros- Cuando haga el speaking lo van a fusilar”. Y, antes de que terminara su writing, abandoné la sala, pues había terminado mi turno.

Dos años más tarde, me enteré de que Gustavo era diputado en Westminster. Uno de los gordos, ya nos entendemos. Se había casado con Vanesa y habían tenido cuatro hijos. A mí no me cuadraban las cifras, pero decidí no pensarlo demasiado.

Nunca supe cómo le fue aquel speaking, ni si consiguió sacarse el First. No sé cómo pudo hacérselo para llegar hasta ahí, pero no me extrañaría que, al paso que va, terminara como Presidente del Gobierno. De España fácilmente, pero lo mismo de Inglaterra, porque siempre tendría el Google Traductor para apoyarse a la hora de dictar leyes. La política es lo que tiene.

El tiempo, ese juez insobornable que da o quita la razón.

J. M. García

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