Sé lo que estás pensando (John Verdon)

Gracias a mi amigo Nacho, con el que he vivido durante tres de los cuatro años de la carrera, llegó a mis manos este bestseller, titulado originalmente Think of a Number. El autor es John Verdon, un escritor que empezó como publicista y que arrasó en la literatura con esta novela, la primera de una trilogía protagonizada por el detective retirado David Gurney.

Sinopsis

Mark Mellery recibe una carta que que le pide que piense en un número del 1 al 1000. Así lo hace, y se da cuenta de que en el sobrecito que acompaña a la carta está escrito ese número. El remitente, pues, es alguien que le conoce tan bien que puede incluso anticiparse a lo que piensa. La carta va acompañada por unos poemas un tanto amenazadores. Mellery decide recurrir a un viejo conocido, David Gurney, que terminará involucrado hasta el fondo del asunto y no descansará hasta descubrir quién es el misterioso X. Arybdis que envía las cartas y qué patrón utiliza para elegir a sus víctimas.

La narración

La novela está narrada en tercera persona, pero conociendo perfectamente el interior del protagonista David Gurney. Gracias al narrador sabemos lo que piensa David, lo que siente en cada momento, conocemos lo que juzga sobre todas las personas con las que se topa y vamos intuyendo qué tipo de traumas del pasado le hacen actuar como actúa. Esta narración se alterna, en tres momentos puntuales, con un segundo narrador que observa al asesino mientras prepara sus próximas actuaciones, y nos permite concoer así qué clase de persona es. Este es un recurso muy cinematográfico, que en película vendría a ser una música misteriosa, planos oscuros y una silueta a la que apenas se le ve el rostro.

Los personajes

Algo que me ha encantado de esta novela es cómo John Verdon caracteriza a los personajes, tanto con las descripciones físicas como con los diálogos. Merece la pena tomar nota, por ejemplo, de cómo se nos va transmitiendo la relación entre Dave y su mujer, Madeleine.
En resumen, podemos decir que Dave vive obsesionado con su profesión, hasta el punto de que su hobby consiste en una galería de arte con fotografías de los criminales que ha detenido. Esta obsesión, en el fondo, es para sofocar su auténtico trauma: su obcecación por el trabajo le costó la vida de su hijo.
Madeleine es consciente de esta faceta de su marido, pero aun así le deja campar a sus anchas, no sin mostrar cierta desaprobación revestida de ironía hacia su conducta detectivesca, cuando en teoría lo había dejado para esta más con ella. Es una mujer salada, sutil, pero con fresco ingenio que sirve de llave de paso en dos momentos en los que al protagonista se le habían acabado las ideas. Una de estas frases clave de Madeleine acude a la mente de Gurney en la escena clímax de la historia, en un enfrentamiento a vida o muerte:

Sólo hay una salida de un callejón sin salida.

En general, todos los personajes tienen ese punto irónico y desagradable, especialmente los del cuerpo de policía (recordemos a Kline, Rodríguez o al teniente Nardo). Uno de los pocos que se salva de esta actitud es Mark Mellery, plenamente caracterizado como hombre que busca la paz y que quiere evitar, ante todo, que “un elefante entre en una chatarrería”. Él es una especie de gurú de un centro de “renovación espiritual”, tan bueno hablando de lo suyo que incluso llega a cautivar la atención de Gurney por unos instantes. De hecho, es curioso que Verdon utilice a Mellery (durante el rato del que dispone de él) para lanzar algunas reflexiones antropológicas que merecen mucho la pena. Os dejo aquí una sobre la dualidad, la doble vida que es capaz de llevar una persona, que se resumiría en el mito del carro alado (un caballo nos guía hacia el cielo y el ideal, el otro hacia el infierno y el vicio).

El peor dolor en nuestras vidas procede de los errores que nos negamos a reconocer: cosas que hemos hecho que están tan en desarmonía con quienes somos que no podemos contemplarlas. Nos convertimos en dos personas en una sola piel, dos personas que no se soportan. El mentiroso y la persona que desprecia a los mentirosos. El ladrón y la persona que desprecia a los ladrones. No hay dolor como el dolor de esa batalla, que arde bajo el nivel de conciencia. Salimos corriendo para huir, pero corre con nosotros. Allá adonde vayamos, la batalla nos acompaña.

Me gustaría compartir otra, que aparece un par de páginas más adelante, sobre uno de los problemas capitales que detecto en el modo de razonar que tenemos hoy en día, ya se trate de la crisis o de cualquier tipo de conflicto personal. Se trata de autoexculparnos constantemente de todo, como por sistema. Ahí os lo dejo:

Parece que tendemos a creer que mi situación causa mis problemas y, en cambio, es tu personalidad la que causa los tuyos. Esto crea problemas. Mi deseo de tenerlo todo a mi manera parece tener sentido, mientras que tu deseo de tenerlo todo a tu manera parece infantil. Un mejor día sería uno en el que yo me sienta bien y tú te comportes mejor. La forma en que veo las cosas es la forma en que son. La forma en que las ves tú está sesgada por tus planes.

Y lo remata:

No hay peor dolor que tener a dos personas viviendo en un mismo cuerpo.

El modus operandi: ¿tienes algo que ocultar?

Algo que me ha parecido brillante de esta novela es el modo que tiene el asesino para elegir a sus víctimas. Una mezcla de probabilidad y azar. En un momento dado, mientras discuten todos los policías, la sargento Wigg lo ilustra con una anécdota:

El destinatario recibe una carta de una supuesta empresa de detectives privados en la que esta se disculpa por una invasión de intimidad. La compañía “confiesa” que en el curso de una vigilancia habían seguido por error a este individuo durante varias semanas y lo habían fotografiado en diversas situaciones. Aseguran que la legislación les exige devolver todas las copias existentes de estas fotos. Entonces llega la pregunta trampa: como algunas de las fotos parecen ser de naturaleza comprometedora, ¿el individuo querría que le enviaran las fotos a un apartado postal en lugar de a su casa? En ese caso, tendrá que enviarles cincuenta dolares para cubrir los gastos adicionales. (…) Era solo una prueba. El que hizo la trampa envió más de un millón de esas cartas, y el único propósito de la petición de cincuenta dólares era crear una lista de personas que se sintieran lo bastante culpables sobre su conducta para no querer que cayeran fotos de sus actividades en manos de sus esposas. A esos individuos se los sometía entonces a una serie de peticiones económicas mucho mas exorbitantes. Algunos terminaron pagando hasta quince mil dolares.

Este modo de elegir víctimas me recordó a otras historias, como la interminable saga Saw, salvando las distancias. Se trata de un criterio que pretende justificar su sadismo con un cierto broche de “justicia” al cometer estos crímenes. Todo esto, por supuesto, precedido de entretenidas amenazas manuscritas, algunas auténticas perlas de la poesía, como esta:

¿Cuántos ángeles brillantes
bailan sobre un alfiler?
¿Cuántos anhelos se ahogan
por el hecho de beber?
¿Has pensado alguna vez
que el vaso era un gatillo
y que un día te dirás:
“Dios mío, cómo he podido?”?

Una cita sobre el Periodismo, para terminar

En el último capítulo, Verdon se permite una afirmación que a mí, como comunicador y simpatizante del Periodismo, me dio mucho que pensar. Se trata de algo que piensa Gurney sobre la cobertura que los medios de comunicación van a dar a lo que ha ocurrido. Con esto me despide. Recomiendo muchísimo la lectura de este libro!

Los medios ponían a Gurney de los nervios. Su estúpida cobertura de un crimen era un crimen a su vez. Lo convertían en un juego.

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