Noche 11: Soñar juntos

Tarde-noche del 2 de julio. 21:00 a 22:30. Escuchando a ratos Louisiana o els camps de cotó.

Antes de que se diera cuenta, ya estaba despidiéndose de ella en el aeropuerto. Le había prometido, ingenuamente, que volverían a verse. Vio sonreír a Susana desde la distancia. Lo que no vio fue que su rostro se entristeció tan pronto como se dio la vuelta para dirigirse a la zona de embarque. Y es que, aun en el siglo XXI, cruzar el océano no era ninguna tontería.

Mientras él regresaba a su casa, no pudo evitar sentirse sacudido por una violenta melancolía. Su cabeza se llenaba de momentos que habían vivido juntos en los últimos días. Las imágenes de estos momentos eran tantas y tan densas, que tardaba algunos segundos en recuperar la conexión entre su retina y su cerebro. No le convenía perder esa conexión durante mucho tiempo, y menos si iba conduciendo por la autopista.

Por la noche dejó que el sofá de su hogar lo absorbiera. Su cabeza estaba sobrevolando unas aguas a las que su cuerpo apenas se había aproximado jamás. No iba a acostarse hasta que tuviera noticias de su aterrizaje en el otro continente, así que se puso a leer a la luz de una lámpara, pacientemente, con el teléfono móvil al alcance de la mano. Por fin, hacia la medianoche, recibió una llamada perdida. Esbozó una sonrisa y sus ojos, ya cansados, se dejaron derrotar por el sueño.

Nunca se lo contó a Susana, pero ya desde esa primera noche, soñó con ella. De hecho, para ser más precisos, soñaba con su ausencia. Fue durante las tres primeras semanas, según se atrevió a calcular. Y el sueño era siempre el mismo: por la noche, bajo una luna llena que se permitía bañar de tenue luz algunas salpicadas nubes. El paseo marítimo de una costa levantina, con una especie de chiringuito de madera que llevaba años en desuso y se adentraba en la playa. Él estaba ahí, sentado, donde habían pasado la noche anterior a su partida. Se quedaba ahí, recordándola, pensando en ella, mirando a la luna y preguntándose qué ocurriría. Por fin, se atrevió a contárselo.

– Madre mía, ¡y no llevamos ni un mes sin vernos!

– Ya lo sé, Susana… Pero es un sueño, ¿qué quieres que le haga?

– Qué dramático eres, hijo… ¡Toda la noche ahí solito!

– Pues así estamos… Ojalá pudiera elegir qué soñar, ¡no te fastidia!

Se hizo un silencio. A él le pareció extraño, pues no era una frase tan lapidaria como para merecer un silencio así. Se quedaron mirándose unos instantes a través de las pantallas de sus ordenadores. Él, utilizando el campo visual de ella a su favor, hacía ademán de acariciarle las mejillas en la pantalla sin que ella se diera cuenta. Este gesto, aunque estúpido, le hacía recordar las caricias que tanto echaba de menos.

– ¿Qué hora es ahora en España?

– Pues… Son las seis de la tarde.

– Aquí son las doce del mediodía. Eso quiere decir que…

– Seis horas de diferencia, sí. Es fácil.

– Sí sí, pero… Mira, si tú te vas a dormir a la una de la madrugada, como siempre, y yo a las diez de la noche… Significaría que habrá unas…

– Vale, ya te pillo. Unas ocho horas que coincidiremos durmiendo. Yo me sigo levantando a las nueve cada día. Pero…

– ¡Ostras, ocho horas! Pues es un montón, ¿eh? Oye, tengo que dejarte, guapito, ¡ya hablaremos!

Y apagó el Skype antes de que él pudiera abrir la boca. A él le gustaba hacer números: los echaba de menos, puesto que su carrera profesional había ido por otros derroteros, así que aprovechaba cualquier ocasión cotidiana para hacer una simple suma, resta o multiplicación. Las divisiones las tenía un poco más cruzadas, por no hablar de las integrales. Sin darle más importancia, salió a correr por el parque, se duchó, cenó un poco de ensalada y a eso de la una se fue a dormir.

Otra vez. La caseta de madera en la playa. Nadie a su alrededor. La luna, eso sí, impresionante. Él sentado en ese rincón, observando el cielo y el mar, escuchando el susurro de las olas. Pasó así un buen rato. No sabría decir cuánto, ya que en sueños la noción del tiempo se deforma notablemente. “Puestos a estar aquí sin hacer nada -se dijo-, voy a dar una vuelta, a ver qué tal es esta playa de los sueños”. Pero tan pronto como se levantó para dar un paseo, una voz familiar le llamó desde lo lejos.

Era Susana. Se quedó petrificado, más que nada porque no veía de dónde procedía el grito. De repente, reparó en una irregularidad en la luz lunar que se reflejaba en las olas. Susana estaba en medio de las aguas, caminando hacia él, con un precioso vestido de color blanco. Al tratarse de un sueño, por suerte, pudo atravesar el agua como si nada, y llegó hasta él, que no podía creerse lo que estaba viendo. Ella, sin decir nada, le agarró de la mano. Sería difícil describir qué sintió él ante ese gesto: algo un poco más real que un simple sueño, pero con cierto barniz de irrealidad, puesto que -se decía- esto no dejaba de ser un juego cerebral. No era verdad.

– ¿No me dices nada?

Él la miró extrañado.

– Estás… Muy guapa. Y muy seca, para haber cruzado el mar como quien no quiere la cosa.

Ella se rió de la ocurrencia. Él tenía la insana costumbre de añadir corolarios a las pocas frases bonitas que le dedicaba, lo cual siempre le arrancaba una sonrisa.

– Estuvimos aquí hace unas semanas, ¿te acuerdas?

– Susana, ¿cómo no voy a acordarme?

Le acarició las mejillas. Las sintió tan cerca que empezaba a parecerle que eso no era un simple sueño.

– Y… ¿Recuerdas lo que te dije, justo antes de irnos?

Él rebuscó en su memoria. A veces olvidaba los sucesos a los pocos minutos de ocurrir. Y no siempre eran sucesos insignificantes. En esta ocasión, por suerte, lo recordó.

– Dijiste que bailarías conmigo la próxima vez que viniéramos aquí.

Ella sonrió, con esos labios que siempre le habían fascinado ya que, a diferencia de él, ella tenía una sonrisa digna de ser fotografiada.

– Exacto.

Ella le agarró del cuello, y él a ella de la cintura. Y empezaron a bailar, no necesariamente bien acompasados, pero qué importaba eso. Él volvía a sentirse como en casa, como si tantos miles de kilómetros, exactamente 5470.95, se hubieran comprimido en unos pocos milímetros.

A partir de esa noche, todas las noches se vieron, hasta el final de sus días. Era difícil explicar a otras personas lo que estaban haciendo; ¡quién les hubiera creído! ¡Quién hubiera apostado nada por ellos, que decidieron quererse cuando nadie en su sano juicio lo hubiera hecho, cuando nada más que la distancia les esperaba a la vuelta de la esquina! Pero os aseguro que todas y cada una de las noches estuvieron juntos, en una playa no localizable en los mapas de protocolo, bailando, dejando que sus miradas hablaran en lugar de sus labios, a la luz de la luna.

Realmente, ya lo habían decidido hacía tiempo. Realmente. Y, realmente, no se podía pedir más.

El amor nace del recuerdo, vive de la inteligencia y muere por el olvido.

Ramon Llull

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