Noche 12: Todo a una sola carta

Martes, 6 de agosto. De 14.00 a 16.00, con más de una hora de pausa para comer. Sin escuchar música.

La guerra estaba a punto de terminar. Entre los compañeros de pelotón se respiraba alegría, jolgorio y buen humor en general. Habían sido pocos meses, pero intensos, y el número de muertes y de amigos perdidos no era para montar una fiesta. Sin embargo, ahora estaban contentos. Todos lo estaban. Excepto Ricardo.

Uno puede pensar que un soldado va a la guerra temiendo por su vida, por la de sus amigos, por la victoria o la derrota a la que pueden llegar. Sin embargo, para Ricardo las cosas eran distintas: temía por ella. Había encontrado en Paula un amor de tal magnitud que apenas había cabido jamás en su imaginación, y días después estaba agitando el brazo desde el barco, despidiéndose, surcando un mar salado mientras se transformaba él en un mar de lágrimas. Le gustó esa metáfora; Ricardo tenía algo de poeta dentro de sí. Poco a poco, la mujer por la que tanto había suspirado, por la que tantos años había pasado suspirando y mirando al horizonte, desaparecía ahora por otro horizonte; el de su tierra natal, que dejaba atrás Ricardo para embarcarse en esa guerra.

No era ésa una época como la que hemos conocido nosotros. Y Ricardo sabía qué desventajas implicaba. Sabía que iba a pasar unos meses sin poder intercambiar ningún tipo de comunicación con la mujer que le había robado el corazón. Otra expresión que le gustaba: “robar el corazón”. Aunque lo normal, cuando se roba, es que se fugue el ladrón, y no la víctima del robo. Hasta en eso era un tipo peculiar.

Obviamente, su bajo estado de ánimo alertó a más de un compañero, que muy amablemente se preocupó de saber qué le sucedía. Y no costaba mucho sonsacarle a Ricardo el nombre de “Paula” en menos de veinte segundos de conversación. Sus compañeros le miraban apenados, y hablaban a sus espaldas que era un ingenuo, excesivamente sensible, que ese no era ánimo para encaminarse a una guerra. Empezó a haber, así, una especie de debate a espaldas del principal afectado: los que empatizaban con su desánimo y su melancolía, y los que sólo veían en él un estorbo y un carácter mal forjado.

Pasaron varias semanas, y Ricardo seguía vivo milagro. Combatía con todas las fuerzas que podía, pero tenía la cabeza en otro lugar: más de una vez tuvieron que darle un empujón para salvarle la vida. Él sólo podía disculparse e intentar fingir que estaba por la labor, pero por muy sólidas que fueran sus armas, su corazón estaba día a día más débil.

Sin embargo, un día las cosas empezaron a cambiar: la peculiar situación de Ricardo llegó a oídos de Miguel, un oficial de buen corazón. Enseguida intuyó que sus compañeros no estaban siendo justos al juzgar a Ricardo tan duramente, y, preocupado por el buen funcionamiento del pelotón, quiso conocerle en persona y tratar de ayudarle.

– Ricardo, tiene que hacerse a la idea… Una guerra es algo duro para nuestras mujeres, y más si en su caso ni siquiera tiene hijos… No se trata de pensar mal de la gente, pero compréndala: se enamora de un hombre que se va a pasar unos cuantos meses a miles de kilómetros de su lado, y la probabilidad de que regrese con vida pende de un hilo. Con esto no quiero desanimarle, ¡no se me ponga así! Lo único que quiero es que se centre en ganar esta guerra, Ricardo. Ponga todo su empeño en ello, y con un poco de suerte podrá regresar pronto al lado de… ¿Paula, me ha dicho?

Asintió. A Ricardo no le convencía mucho, pero intuía que Miguel estaba ahí para ayudarle. Así que aguantó estoicamente su discurso. Y al final, como esperaba, la sorpresa.

– Mire, además, para que esté más tranquilo, he pensado que… Verá, a los oficiales de mi rango se les da acceso a un buzón para intercambiar correspondencia con la base militar del país. Si se queda más tranquilo y cree que puede ayudarle, no me importaría dejarle enviar una carta. Tenga, aquí tiene un sobre, papel y bolígrafo. Venga esta tarde; si yo no estoy, diga que viene en mi nombre y échela usted mismo en el buzón. Con suerte, en unas tres semanas estará en manos de su amada.

Los ojos de Ricardo brillaron ante la posibilidad de enviar señales de vida a su querida Paula. Aceptó sin pensarlo dos veces. Así que Miguel le entregó todo el material y Ricardo regresó a su caseta. Pero en cuanto escribió el encabezado, “Querida Paula”, se quedó en blanco. ¿Qué tenía que escribir?

Pasó largos minutos meditando, a ratos desconcentrado por culpa del ruido que provenía del exterior. No sabía muy bien qué decirle en el espacio del que disponía. Que estaba bien, que la echaba de menos, que la quería, que se moría por volver a estar con ella, que todo saldría fenomenal, que ganarían la guerra… Más o menos, eso era lo que quería hacerle llegar. El ruido en el exterior era cada vez más acuciante. Tenía que ponerse a escribir ya.

Escribió la carta del tirón. Le transmitía toda su fe en que volverían a estar juntos, en que esa historia de amor tan extraordinaria no había hecho más que empezar, en que la guerra sólo sería el prólogo de una preciosa novela que iban a vivir juntos, de la primera página a la última. No quiso releer lo escrito: cubrió el papel de besos, pues no se le ocurría de qué otra forma hacérselos llegar. Se arrancó de cuajo dos de los botones de su uniforme y los introdujo en el sobre. Lo cerró y se dirigió a toda prisa a la tienda del oficial Miguel.

Miguel no se encontraba en su puesto, así que procedió como le había sido indicado: se presentó como amigo suyo y le dejaron acceder al buzón, empujándole, pues tenían que empezar a desalojar la tienda debido a un ataque del todo imprevisto. Ricardo se plantó delante del buzón. Asomó el sobre por la ranura, pero antes de soltarlo, un terrible pensamiento le sacudió el alma.

¿Y si con esa carta sólo conseguía hacerle daño a su amada? ¿Y si era mejor dejar que el mar reposase en calma hasta que se volvieran a ver, si es que se tenían que volver a ver? ¿Y si no se volvían a ver? ¿No le partiría el corazón a Paula después de darle tantas esperanzas? ¿Y si ella ya se había acostumbrado a vivir en su ausencia y ahora se desesperaba por culpa de la carta? ¿Y si ella estaba con otro hombre? ¿Qué pasaría si resulta que dejó de sentir aquello tan fuerte por él? En ese caso, Ricardo sería una perdedor. Un perdedor cuya historia no se conocería cuando se traspasaran los hechos que corrían en esas fechas a los libros de escuela de los años posteriores: el mayor perdedor de toda la contienda, él, Ricardo.

Cerró los ojos un instante y tomó aire. Él estaba seguro de lo que tenía que hacer… Así que dejó que el sobre empezara a deslizarse entre sus dedos, cada vez más dentro del buzón. Pero cuando solo le faltaba terminar de soltarlo, se detuvo de nuevo. Ricardo se puso a temblar.

¿Qué pasaría con Ricardo cuando se volvieran a ver? Después de haber vivido la guerra, de haber visto el dolor, el odio, la desolación… ¿Sabría quererla de nuevo? ¿Podría volver a abrazarla como antes, como si esa coyuntura hubiese sido un simple paréntesis? Él siempre se había imaginado el reencuentro con su amada como un hecho mágico, increíble, que haría que todas las piezas del puzzle volvieran a encajar. Pero, ¿y si no era así? ¿Y si resulta que él la tomaba entre sus brazos, la besaba, y se sorprendía a sí mismo de no sentir ya nada por ella? En resumidas cuentas, ¿y si después se arrepentía de todo lo que le había dicho en esa carta, en un arrebato de emoción? Al final y al cabo… ¿Y si no la quería tanto como había llegado a pensar?

El sudor empezó a empapar su frente. Ricardo sabía que en ese buzón podía depositar su vida entera, su felicidad, o renunciar a ella. Pero no sabía qué acción le llevaría a cada una de estas dos opciones. En medio de una guerra, del cansancio, la incertidumbre, la violencia y el dolor, Ricardo se sorprendió viendo que se estaba jugando toda su vida a una sola carta. Y, aunque él era un perdedor nato, esta vez decidió retar al Destino.

Se aprende poco con la victoria, en cambio mucho con la derrota.

Proverbio japonés

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Las 1001 noches y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s