Noche 13: Y no le vimos nunca más

Martes, 20 de agosto. De 15.18 a 15.59. Escuchando varias de Joe Hisaishi, especialmente First love.

– ¿Dónde demonios se ha metido? -gritó, pasando por enésima vez delante de mis narices, agitando nerviosamente la cabeza en todas direcciones.

Yo sólo podía menear la cabeza, con una media sonrisa esbozada en mis labios. Seguramente lo ha vuelto a hacer, pensaba. Y en el fondo me alegraba por él. No estaba pasándolo nada bien con nosotros. No lo pasó bien ni un solo día de esos cinco años que llevaba en nuestro hogar, bajo la responsabilidad de mi madre. Una vez cada cierto tiempo, cada varios meses quizás, los nervios debían poder con él y, finalmente, intentaba fugarse. Pero el cuento siempre era el mismo: lo buscábamos por casa; nada. Preguntábamos a los vecinos; nada. Finalmente, íbamos a los portones de entrada al pueblo, una pequeña urbanización de forma peninsular vigilada siempre por un despierto pero poco activo guardián. Le preguntábamos a él y nos indicaba en qué dirección se había ido. Mi madre llamaba entonces a los pueblos que quedaban en esa dirección, y en cosa de un día o dos Toni volvía a estar en casa, de brazos cruzados, sin querer salir de su habitación ni siquiera para comer.

Aunque sé que yo no le caía nada bien, a mí él me despertaba mucha ternura. Comprendía que pasar la infancia encerrado en nuestra casa, que estaba a su vez encerrada en ese triste pueblo lejos de la mano de Dios, fuera algo un tanto frustrante. Yo comprendía que él necesitara otro espacio, otras aventuras… Otra vida, en general. Porque a Toni le encantaba escribir todas las historias que sabía que, “al menos en esta vida”, decía, no iba a vivir. Todos los personajes que él jamás llegaría a ser, mucho más apuestos, más sociables, más afortunados que él. Eso y los inventos. A Toni le encantaba experimentar con todo lo que encontraba en el caserón, que no era poco, desde utensilios de cocina hasta restos de cartón o de madera, pasando por figuritas decorativas o, alguna que otra vez, a nuestro perro Sam.

Seguía inmersa en mis repetitivos pensamientos, cuando mi madre volvió a aparecer, más angustiada que la mayoría de las veces.

– No le han visto los vecinos. Ni siquiera ha salido del pueblo, el guardián lo asegura porque no ha perdido de vista la entrada. Natalia, ¿dónde se ha metido? ¿Tú sabes algo?

Mi madre me zarandeó, esperando, quizás, que las explicaciones salieran de mí como aire de un abanico. Pero yo no tenía ni la más remota idea. No sabía dónde podía haber ido, hasta que recordé algo que… Aun hoy sigo pensando que no tiene ningún sentido. Ni el recuerdo en sí, ni el hecho de ponerlo aquí como posible explicación del día en que Toni desapareció de nuestras vidas. Pero, quién sabe…

Toni estaba acurrucado en un rincón de su habitación, con un montón de barras de pegamento, cartulinas y alambres, trabajando sin parar. Yo, como siempre, me acerqué tímidamente. Toni se sobresaltó y me miró con cierta desgana, a lo que yo respondí con una de mis dulces sonrisas.

– ¿Qué estás haciendo, Toni?

Negó con la cabeza. En ese momento vi que, además de los incomprensibles objetos, tenía un libro abierto sobre las rodillas. Antes de que él pudiera reaccionar, le arrebaté el libro: una especie de compilación de mitos griegos. Entonces me fijé en la página por la que estaba abierto. Era el mito de Ícaro… Me sonaba de haberlo estudiado en el colegio.

– ¿Y esto?

– ¡Deja mis cosas! ¿Quién te ha dado permiso para entrar aquí?

– ¡Vaya! Ni que tuviera que pedirte permiso -se lo dije con una sonrisa amigable.

Toni bajó la cabeza. Seguí hojeando el cuento de Ícaro, hasta que vi una ilustración que bien parecía un boceto de lo que Toni hacía en ese momento. En ella aparecía el joven Ícaro esmerándose por construir unas alas, con plumas de aves untadas con la cera de las velas que les dejaban los guardias que les tenían a él y a su padre apresados. Burlona, le enseñé a Toni la ilustración. Él volvió a apoderarse del libro, de un tirón, algo sonrojado. Como no parecía muy propenso a la conversación, le dejé que siguiera con sus juegos.

Y esa fue la penúltima vez que le vi. La última fue el día anterior a su desaparición. Me asomé a su habitación a darle las buenas noches. Él, en lugar de estar ya acostado, estaba sentado en su cama, meditabundo… Mirando hacia su ventana abierta. Parecía algo compungido. Estaba a punto de regresar a mi habitación, cuando, sorprendentemente…

– Natalia…

Me giré hacia él. Nunca me había mirado de ese modo.

– Dime, Toni.

Me hizo señal para que me sentara a su lado. Así lo hice, cada vez más extrañada. Se quedó varios segundos más mirando hacia la ventana, hasta que me miró de nuevo. Por un momento quiso parecer que iba a hablar, pero calló. En lugar de hablarme, me abrazó. Yo, a estas alturas, ya no comprendía nada de lo que pasaba. Sin embargo, nunca olvidaré su abrazo. Juraría que se le humedecieron un tanto los ojos.

Terminó el abrazo y, sin decir nada más, me fui. Lo dejé tal y como me lo había encontrado. “Es mejor retirarse a tiempo”. Y fue esta vez, a través de la puerta que se entornaba cada vez más hasta cerrarse, la última ocasión en la que vi a mi hermanastro.

Mi madre se cansó de zarandearme. Se sentó en el suelo, desconcertada. Intentó tranquilizarme (tranquilizarse, en realidad) apostando porque Toni se habría escondido en algún rincón del pueblo, tal vez en la iglesia, o en casa de algún vecino, o entre los matorrales de algún jardín, o tal vez ni había salido de casa y nos estaba gastando una de sus bromas.

Si eliminamos lo imposible, seguramente en lo que queda hallaremos la solución.

Sherlock Holmes

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