Noche 14: ¿Buena suerte? ¿Mala suerte? Quién sabe…

Sábado, 5 de octubre. De 14.05 a 15.30, con pausa larga para comer. Escuchando un disco muy especial: el concierto de Johnny Cash en Madison Square Garden, que me ha acompañado en las últimas dos semanas.

Él iba a todos sus conciertos. En realidad, no hacía otra cosa: había hecho fortuna, por lo que no tenía ningún tipo de presión económica que pudiera distraerle de su principal cometido vital.

Su rutina no cambiaba de un día a otro más que por la hora en la que se despertaba. Después, se daba una ducha rápida y se sentaba al volante de su caravana. “¿Dónde toca ir hoy?”. Repasaba en su iPad el lugar del próximo concierto. Llenaba el depósito, si es que hacía falta, y allá que iba, escuchando siempre el mismo CD. Era el primero en llegar, con su tienda de campaña que ya montaba en un santiamén, y esperaba horas y horas, con expectante paciencia, hasta que ella aparecía en el escenario, de nuevo. Le parecía que ya le dirigía una tierna sonrisa cada vez que le veía ahí, en primera fila, con los ojos brillantes y siguiendo con los labios, para sí mismo, las mismas letras que los labios de ella articulaban para los miles de asistentes al concierto.

Terminaba el concierto, y Sean nunca desperdiciaba la ocasión, si es que se prestaba, de hacerse una foto con ella y pedirle un autógrafo. Otro para la colección.

– Hombre, ¡tú por aquí!- le decía ella en cuanto le veía. Y le sonreía, y algunos días, si la eurofia del concierto había sido distinguida, le besaba en la mejilla, con un cariño que Sean se empeñaba en descatalogar del trato común y estipulado con los fans del montón. Porque él no era un fan del montón. Él era el fan. El admirador. Casi se diría que el amante si la historia hubiera ido más allá.

Sean solía enmarcar todos los autógrafos como si fueran el diploma de un graduado en Ingeniería. Si había habido foto, la añadía al lado, esforzándose por evitar que la foto tapara ni siquiera un trazo de la grafía de su admirada cantante. Y regresaba a la caravana, y no escuchaba otra cosa que su voz hasta el próximo concierto. A veces cerraba los ojos y le parecía tenerla al lado, llevando ella el volante por los vericuetos de extrañas ciudades, cantando al son de su propio CD, y entonces le parecía disfrutar de un espectáculo privilegiado y sin igual, que tal vez no aparecería en los periódicos ni en las revistas, pero que para él era lo más parecido a la felicidad que había probado en los úlitmos veinte años. Y saboreaba cada acorde, cada palabra, cada suspiro que salía de sus labios, y casi le parecía sentir la mano de ella junto a la de él, encima de la palanca del cambio de marchas. Y entonces abría los ojos y se llevaba el susto del siglo, pues siempre coincidía con una curva o con un enojado claxon de camión que le devolvía violentamente a la realidad.

Pero las cosas nunca fueron como él planeaba. Si Sean tuviera que embutirse en un adjetivo, ése era el de ingenuo. ¿Un sustantivo? La ilusión. La ilusión de un ingenuo. Un ingenuo lleno de ilusión. Ése era Sean. Y ése siguió siendo Sean cuando, de la noche a la mañana, una pandilla de atracadores de tres al cuarto asaltaron su caravana y le echaron de ella a patadas. Él despertó en pleno asfalto, con toda una cola de coches impacientes esperando a que se moviera, sin siquiera molestarse en ver si seguía vivo. Se lo habían quitado todo: la caravana, los autógrafos, el dinero, incluso su querido CD… Todo menos su ilusión y una pequeña parte de la que había sido su gran ingenuidad.

Sean tuvo que regresar a casa de sus padres. Con la cabeza gacha, como el hijo pródigo, con la mente llena de recuerdos imborrables, de conciertos, sonrisas, caricias y dedicatorias.

– ¡Seguro que te echa de menos en sus conciertos!- le aseguró su madre, mirando al fruto de su amor con la ternura que sólo las madres tienen, después de que éste, entre sollozos y carcajadas, le contara qué había sido de él desde que se fue.

Así fue como Sean cayó en la cuenta, alardeando nuevamente de la ingenuidad que le quedaba: ¿y si ella le echaba de menos en los conciertos? ¿Y si, por culpa de eso, ya no cantaba tan bien, o no sonreía tanto? Sean se estremeció de pensar que podría ser el causante del sufrimiento de la mujer en la que no dejaba de pensar. Y decidió aventurarse a escribirle una carta. Y, no me preguntéis cómo -por amigos de amigos de conocidos de un chico que una vez tocó en el mismo local que ella cuando ella estaba empezando su trayectoria-, Sean le hizo llegar su carta, llena de palabras cariñosas y disculpas por estar faltando a sus citas. Le contó la mala suerte que había tenido: sin caravana ni dinero, no podría seguirla en sus giras. Le mandaba todo su cariño y le deseaba lo mejor en el resto de su gira hasta que, a lo mejor, volvieran a verse algún día.

Lo que Sean no se esperaba (¡y mira que era ingenuo!) era recibir una carta de respuesta cuando él ni siquiera se había molestado en poner su dirección. Abrió el sobre con miedo, pensando que podía ser de alguien que la hubiera interceptado y quisiera gastarle una broma de mal gusto. Pero enseguida reconoció esa letra. Esa suave mano que escribía con una soltura que sólo en ella había visto. Se sentó en las escaleras de su bloque de pisos, y empezó a leer, con el corazón en un puño:

Estimado Sean, 

Muchas gracias por haberme hecho llegar tu carta. La verdad es que sí te echaba de menos: me había acostumbrado a mirarte a los ojos cuando me sentía insegura sobre el escenario. Así recuperaba las ganas de cantar, y las de sonreír, como bien has recordado. El mundo de la música no siempre es fácil, y para mí eras un apoyo como ningún otro. Nadie me había mirado jamás como lo hacías tú todos los días desde la primera fila del público. Ni nadie se molestaba en venir a verme más que una vez, ya que nunca he sabido tratar a los fans y es habitual que se conformen con un autógrafo y no vuelvan a preocuparse por mí nunca más. Créeme que me has ayudado mucho durante esta gira, y siempre tendré un espacio para ti en mi corazón. 

Lamento mucho que te hayan arrebatado lo que, según crees, era lo más importante para ti. Sin embargo, yo tengo un problema: nunca he creído en la mala suerte. Existe la buena suerte incomprensible, pero nunca, jamás, la mala suerte. Hace unos meses, tuve la posibilidad de incorporarme a un grupo mucho más grande que el mío, con el que hubiera alcanzado una fama muy superior a la que hoy disfruto. Sin embargo, hubo un problema horas antes de firmar el contrato: creyeron que era precipitado y que podrían prescindir de mí. Me echaron. Mis amigas intentaron consolarme: “qué mala suerte has tenido”. Pero yo las miraba y les decía: “¿Mala suerte? Quién sabe…”. Y hoy lo he comprendido. Sin ese batacazo, nunca te hubiera conocido. Nunca me hubieras podido seguir a los conciertos, ni enviarme esa carta tan preciosa que me ha hecho saltar las lágrimas.

No tienes que hundirte, Sean. No puedes hundirte. Tal vez ahora alguien necesite más que yo que le mires como me mirabas a mí. Tal vez volvamos a coincidir pronto, quién sabe. Tal vez esta separación no sea más que un dulce “hasta pronto”, como el que me dedicabas siempre, tan cariñosamente, entre bastidores. 

Gracias por todo, Sean. Te llevo conmigo. Un beso muy fuerte. 

Y firmaba con su nombre. La firma que él ya se sabía de memoria. Y Sean cerró los ojos y no pudo evitar que entre los párpados empezaran a resbalarse unas amargas lágrimas. Y lloró, lloró como cuando era niño, pero seguía con los ojos cerrados, imaginando que su llanto hallara consuelo entre los brazos de esa chica que se había molestado por él, que le había mirado y que, ahora se daba cuenta, le había querido y le quería.

Y decidió levantarse y dejar de llorar. Tal vez volvería a verla pronto. Y quizás entonces todo sería distinto. Porque la mala suerte no existe. Ya no iba a existir nunca más.

El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla.

Robert Browning

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