Mi fiesta del cine: Wikileaks, astronautas y viajeros en el tiempo.

Pues ya ha terminado la tan esperada y celebrada fiesta del cine. Tres días de cada día (lunes a miércoles) que han conseguido convocar a insólitas multitudes en las entradas de muchos de nuestros cines. Un aire que daba gusto respirar, un sano entusiasmo popular como el que hacía años que no veíamos.

Yo, personalmente, me sumo al inmenso número de espectadores que ya no acostumbramos a ir al cine por el daño que provoca al bolsillo (aunque, en mi caso, sé que debería frecuentarlo más). En total he podido disfrutar de tres películas, que me gustaría comentar un poco por encima.

1. El quinto poder

El título (la premisa dramática, en realidad) es ya de por sí bastante sugerente: si el cuarto poder era el de los medios de comunicación, el quinto es Internet y todo aquello que se puede descubrir con él, aunque sea al margen de la legalidad. El quinto poder, así pues, es capaz de declararle la guerra a los otros cuatro. Y el séptimo arte, de retrararlo.

Resumiendo mucho, la película trata de los orígenes y entresijos de Wikileaks y el incontrolable impacto mediático que enseguida consiguió. Se centra en el personaje de Julian Assange, caracterizado con la esperable excentricidad propia de un genio, como viéramos en el Zuckerberg de La red social. A nivel de realización, predomina con abundancia la cámara en mano para sugerir agilidad de acontecimientos, así como los cortes que no respetan la ley del eje. Me llamó mucho la atención las escenas metafóricas de una oficina llena de ordenadores con “todos los trabajadores” de Wikileaks en ellos; cientos y cientos de clones de Julian Assange.

Lo mejor: Cumberbatch (el protagonista de la serie Sherlock) y Daniel Brühl, tanto por sus interpretaciones como por sus personajes: una balanza difícil de equilibrar, una relación de compañerismo, sumisión, traición y dependencia. También el epílogo de Cumberbatch hablando a cámara, pues es una película que hace pensar en el fenómeno de la comunicación de hoy en día, y eso es muy necesario.

Lo peor: el hecho de que gran parte de los acontecimientos los percibimos en forma de diálogo o explicación de lo que ha ocurrido. También, la subtrama amorosa de Daniel Brühl y Carice Van Houten, que aparece de sopetón y se nota algo metida con calzador para caracterizar al hacker y su dependencia de Assange.

2. Una cuestión de tiempo

Si vemos el trailer, nos esperamos una comedia romántica, una especie de mezcla entre 50 primeras citas, Atrapado en el tiempo y Ruby Sparks. ¿Premisa? La familia Lake posee un extraño don: los varones son capaces de retroceder en el tiempo con un método tan sencillo como apagar la luz de un trastero e imaginar a qué momento de tu vida quieres ir. ¿Fin para el que se usa? Tim hará lo posible por conquistar a la chica.

Entré en la sala de cine pensando que me reiría de los cuatro chistes que ya me habían anticipado en el trailer y poca cosa más. Por eso me extrañaba la duración de 123 minutos. ¿Dará para tanto? Intentaré no desvelar nada relevante.

Una cuestión de tiempo resulta ser una película muy peculiar en cuanto a guion. Dividida en bloques muy claros, definidos por sus personajes (que prácticamente perdemos de vista para el resto del filme), con algunas escenas/gag que parecen totalmente prescindibles (los padres de la chica, por ejemplo), así como tramas que prometen tener relevancia y después se esfuman sin darte tiempo a echarlas de menos. En este sentido, es una narración muy europea, con un tipo de diálogos y comportamientos de personajes bastante desmarcados de los estereotipos americanos, con esa pizca de originalidad de autor que los hace auténticos.

La pareja protagonista está encarnada por Domhnall Gleeson (el de Black Mirror: Be right back, ya decía que me sonaba de algo) y Rachel McAdams (cara conocida por películas como El diario de Noa o Midnight in Paris). Con una actuación bastante notable, Gleeson deberá ir decidiendo cuándo retroceder al pasado para solucionar un problema, pensando en las consecuencias negativas que ello podría tener. En este sentido, creo que el guion flojea un tanto: hay pocos puntos de no-retorno en las decisiones del protagonista, y a menudo pierde menos de lo que el espectador puede llegar a temerse. Algunos podrán objetar la falta de verosimilitud; como ocurre siempre con los viajes en el tiempo, si los analizas racionalmente el argumento hace aguas por todos lados (“agujeros”, que diría McKee). Yo no comparto esa actitud de crítico racionalista, aunque es verdad que la tesis se defiende “científicamente” con bastante poca fuerza.

De todos modos, es una película que volvería a ver: hace reír a carcajadas, emociona, conmueve y, finalmente, te deja con una importante enseñanza vital. ¿Qué más se le puede pedir?

Lo mejor: un personaje que nos introduce en la premisa y acaba teniendo gran protagonismo (aunque, para variar, también le perdemos de vista largo rato) es el padre (Bill Nighty). También me ha sorprendido gratamente la propuesta de vida que se hace al final, aunque quizás demasiado explícitamente (tipo Big fish) pero que se perdona. Por último, los gags que todos identificamos como parodias de la vida real, como la mujer que se prueba decenas de vestidos y el marido no sabe diferenciarlos.

Lo peor: la cantidad de minutos que se podrían recortar por la falta de conflicto, así como algunas subtramas y algunos personajes demasiado “guadiana” (la hermana, la rubia, etc.) que se podrían eliminar o redondear, dejando la película en unos 100-105 minutos. También el hecho de que se podría explotar mucho más la “cualidad” que tiene Tim, tal vez de forma malvada para después darse cuenta de que no debe usarlo para malos propósitos. 

3. Gravity

Tenía que despedirme de la fiesta del cine con la aplaudida Gravity. Poco hay que decir que no se haya dicho ya: un gran paso para el cine, tanto por su atrevida realización como por su sublime y justificado -¡por fin!- uso del 3D. Dan ganas de comprarse el DVD y tragarse todos los makin of que se puedan ofrecer.

Gravity puede dividirse en dos tipos de escena: las contemplativas y silenciosas, en las que el espectador se deja embriagar por la envolvente imagen (como tantas escenas de 2001 Odisea en el espacio) y luego las de acción, una auténtica exhibición de lo que se puede conseguir hoy en día con los medios técnicos (cámaras, platós, arneses, animación 3D). Y, por supuesto, el sonido también juega un papel importantísimo, sobre todo por esos estremecedores choques que van del agudo más trinante y ensordecedor al silencio más galáctico y sepulcral.

El guion me ha parecido brillante, muy especialmente por el personaje que interpreta Sandra Bullock. Por cómo con un par de diálogos, una reflexión y varias acciones te enteras de qué le ocurre y cómo es su vida. Se nos dice con elegancia quién es ese personaje, en definitiva. Y, de paso, plantea algunas preguntas vitales muy pertinentes: “si me muriera ahora, aquí, sola en el espacio, ¿quién lloraría por mí? ¿Quién rezaría por mí?”. Porque el hombre sigue siendo humano aunque esté a kilómetros por encima de la Tierra.

Lo mejor: todo. El plano secuencia del principio (a lo mejor, 15-20 minutos llenos de diálogo, rotaciones, y cambios de personajes sin “cortes” de cámara), y otros muchos que hay durante la película. Las imágenes de la Tierra y el amanecer. El hecho de que sea una película experiencial, capaz de hacerte pensar/sentir lo que es el ser humano, lo que es la Tierra, lo que es el espacio… En definitiva, entender un poco mejor lo que es la vida convirtiendo la sala de cine en una cápsula espacial durante 90 minutos y apreciando lo pequeño que es el hombre frente al universo y lo grande que es su necesidad y su deseo.

Lo peor: pasa como un suspiro. Con poco oxígeno, pero como un suspiro. Y, si queremos hilar un poco fino, el tipo de conflicto al que se enfrenta Sandra Bullock resulta ser un tanto repetitivo (lo cual no importa en absoluto, porque se disfrutan cada vez más).

Cinesa Diagonal, un miércoles a las 20.00

Eso ha sido todo. Tengo ganas de que salgan los datos del dinero recaudado estos días en las taquillas españolas, y a ver si por fin ocurre lo que todos estamos esperando: ¿entrarán en razón y podremos ir al cine por un precio más asequible? ¿O tendremos que esperar a la próxima fiesta del cine y dejar que los exhibidores sigan sobreviviendo gracias a las palomitas?

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