Noche 15: El señor que diseñó las narices

Viernes, 1 de noviembre. De 17.24 a 17.59. Sin escuchar música. Tarde algo melancólica, por todos los cambios de los últimos cinco meses, y por todos los que se ven venir en el horizonte de lo que queda de calendario de 2013.

– No, no me termina de gustar… Y lo siento mucho, porque habías hecho un gran trabajo. Me habían hablado bien de ti.

– Pero, señor…

– Lo siento. Puedes irte, estás despedido.

El señor vio a su empleado alejarse, cabizbajo, y cerrar tras de sí la puerta de su despacho. Tras dejar pasar unos segundos, el señor se levantó y volvió a examinar detalladamente los dos maniquíes de los prototipos que estaba diseñando, mientras daba vueltas y vueltas a su alrededor.

Aparentemente, los seres a los que pronto iba a dar vida no presentaban ninguna carencia. Poseían dos extremidades, con las que, siendo un poco espabilados, podrían andar. Tenían después otras dos, unos centímetros más arriba, con las que podrían trabajar e interactuar con su entorno, terminadas ambas en dos soportes que entre los trabajadores del taller ya se conocían como “manos”. El esqueleto y los órganos (cuyo diseño ya había sido terminado, tras años y años de trabajo) estaban recubiertos de un tejido suave y agradable a la vista, cuyo color variaría según la raza y la exposición solar a la que se sometieran los productos resultantes del experimento.

Los dos prototipos no eran iguales del todo. Presentaban algunas diferencias que supongo que usted, querido lector, que vive actualmente en el siglo XXI (o posteriores), no necesitará que le especifique. Todo en esos prototipos era tal y como son lo que hemos conocido en nuestros días y a lo largo de toda la historia como “hombres” y “mujeres”. Con todo lo que tienen en común y todo aquello en lo que se diferencian. Todo era igual entre los hombres y mujeres de hoy y esos dos prototipos, menos una cosa.

El señor se acercó al ventanal que decoraba la pared de detrás de su pupitre. Observó con ojos nostálgicos el bello paisaje que él mismo había colocado ahí para cuando sus criaturas estuvieran listas para habitarlo. “Es tan gigantesco, tan salvaje… Me pregunto si serán capaces de vivir aquí. Espero no haberme pasado…”.

Tras estos y algunos otros pensamientos, regresó de nuevo junto a sus dos maniquíes. Centró su mirada en el punto crítico de su creación: ¿por dónde iban a respirar? Había introducido, más o menos a medio camino entre los hoy-conocidos-como labios y los hoy-conocidos-como ojos, un par de agujeros que servirían para tomar y expulsar el aire, también inventado por él, que contenía el oxígeno sin el cual las criaturas no podrían vivir. El problema de esos agujeros -obsérvese que el señor no era de la escuela de los estrictamente funcionales- es que eran feos. Feos de narices.

– Tal y como lo tenéis ahora, el amor va a ser algo tremendamente aburrido.

El señor se giró, sobresaltado, hacia la puerta. Ahí estaba ella, siempre tan elegante, vestida de negro. Siempre aparecía en los momentos en los que él se veía bloqueado. Aun así, el señor se puso a la defensiva.

– ¿El amor? El amor ya ha sido diseñado. Incluso ha pasado los controles de calidad estipulados. ¿Qué problema hay con eso?

– Los besos.

– ¿Qué?

– Son aburridos a matar, perdona que sea tan brusca. ¡Hombre tenías que ser! ¿Qué maldita gracia tiene? Los dos seres acercan sus rostros y enganchan sus labios. Así, sin más! ¿Dónde está la gracia? Créeme; antes que amar así, muchos de ellos preferirán vivir solos todo lo que haya de durar su vida. A ver si espabilas un poco. Tú puedes hacerlo mejor, estoy segura.

Y se esfumó. Y el señor se quedó solo de nuevo, con sus maniquíes y su reciente mal humor. “¿Qué demonios le pasa a ésta?”, pensó. “Creía que lo del amor ya era asunto zanjado, pero ella siempre revolviendo las cosas, haciéndolo todo mil veces más complicado de lo que podría ser. Ahora esto, lo que me faltaba. ¿Qué pasa con los besos? Estos dos seres ya lo tienen todo para necesitarse el uno al otro. Los labios, por ejemplo. O las manos, perfectamente pensadas para entrelazarse, o para acariciarse, o para agarrar por la cintura al otro. O los cabellos, los de ella más largos en general. O también, por supuestísimo…”. Muy oportunamente, sus pensamientos fueron interrumpidos por una brillante idea. Una de esas ideas que uno no tiene por casualidad. El señor olvidó su enfado e iluminó su rostro con una entusiasta sonrisa. Y volvió a observar los dos agujeros que se le antojaban inútiles en el rostro de sus maniquíes. “Los besos…”, recordó. “Enganchar los labios así, sin más… ¡Claro!”. Y se puso a trabajar. Y poco a poco, descubrió que un beso no podía ser algo tan obvio. Descubrió que a sus seres también les gustaría observarse el uno al otro a pocos milímetros de distancia, y que tal y como estaban diseñados ahora eso iba a necesitar una postura muy incómoda. ¿Por qué no dejar que, mientras se observan, reposen sus rostros el uno sobre el otro? Si los brazos permiten apoyar el torso en una pared, ¿por qué no dotar al rostro de algo similar? ¿Por qué no hacer que tengan que torcer ligeramente la cabeza, formando así una silueta mucho más bella?

Unos días más tarde, los prototipos ya estaban terminados y listos para arrojarse a la existencia. Y hasta nuestros días han sido más o menos como entonces. Y, gracias a esa idea de última hora, los seres pudieron disfrutar mucho más de su amor. Porque el señor que diseñó las narices no quiso dejar nada al azar. Y suerte que hemos tenido.

Es mejor volver atrás que perderse en el camino.

Proverbio ruso

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