Noche 16: El soltero exigente

Escrito hace algunas semanas. El “chispazo” de la idea fue este anuncio que encontré en una página web de noticias. Me llamó la atención el paradójico target de “solteros exigentes”, así que decidí mezclar, una vez más, realidad y ficción, experiencia e imaginación.

soltero

El soltero exigente, al leer el anuncio en Internet, no lo pensó dos veces. En menos de diez minutos ya había creado su perfil, generosamente fiel en algunos aspectos, sutilmente ambiguo en algunos otros, y ya navegaba por la red social en busca del amor de su vida.

El soltero exigente tenía sobrada experiencia con las mujeres. Había estado con más mujeres que años acumulaba él. Las había disfrutado de todas las razas, sabores y colores. Lo único que tenían en común todas esas mujeres era que habían vivido, más o menos tiempo, en su misma ciudad. “El tiempo suficiente, ya veis”, presumía él frente a sus amigos. Su ciudad era como una tela de araña en la que él era el Jefe. Todas acababan cayendo. Y las que no caían, hacían que otras cayeran por ellas. Sin embargo, el soltero exigente presentía que había alguna mujer que se le escapaba. Por eso decidió recurrir a la red social.

Al cabo de dos horas, había podido hacer una lista de mujeres que podrían ser interesantes. Quince, en total. Todas ellas residiendo en su misma ciudad. Y ahora, muy a su pesar, era el momento de descartar. Lo primero que hizo fue desechar a las más rubias: no guardaba muy buen recuerdo de ningunas de ellas. Solían ser de las que prometen mucho y se esfuman cuando ven acercarse, en la lejanía, a las vacas flacas. Se arriman al hombre fuerte del momento. Además, el tópico de su déficit de intelectualidad, de primera mano lo afirmaba, “es rotundamente cierto”. Así pues, de las quince mujeres ya sólo quedaban diez.

De esas diez, seis tenían el pelo castaño, y de esas seis, tres lo tenían ondulado. Empezó a descartar despiadadamente: “ojos poco expresivos”, “labios deformes”, “nariz achatada”, “Dios mío, ¿ha elegido ella esas gafas?”, “hay algo tenebroso en su modo de mirar a cámara”, “se nota demasiado el Photoshop”… Así, de un soplo, seis menos. El soltero exigente empezó a desesperarse. “Sólo me quedan cuatro…”.

Las morenas. Cuatro morenas entre las que elegir. Empezó a examinar cuidadosamente su perfil. “Ésta no hace nada de deporte”, “¡Uy! ¿Yoga?”. Dos menos. De las otras dos, se fijó en sus aficiones. Una de ellas era una gran fan de un cantautor que a él no le disgustaba. Además, escribía, pintaba y tocaba el piano. Y, para colmo, ¡vivía dos calles más abajo! El soltero exigente, con el arrebato psicológico de que tendría que ser ella, le escribió pidiéndole una cita.

La respuesta llegó tres días más tarde. Ella se encontraba, en ese momento, en el extranjero, en Italia. Sin embargo, le propuso que fuera allí a conocerla (ella misma le pagaría el viaje), y de paso le echaba una mano con el equipaje para regresar. Él sonrió ante tan jugosa propuesta: adoraba viajar, adoraba Italia. ¿A qué estaba esperando? Era la mujer perfecta, y si tenía que ir a buscarla, no tenía tiempo que perder.

Y se fue. Y de lo que sucedió en ese viaje, apenas conocemos detalles.

Lo que sí sabemos es que al cabo de siete días estaba de vuelta en el aeropuerto de Barajas. Él solo, sin acompañante. Enfurruñado. Montando en cólera. Gritando despropósitos contra el amor. “Si lo llego a saber, la muy zorra no tenía ninguna intención de regresar. Me ha utilizado. A la mierda el amor y las redes sociales y la madre que los parió a todos”. Y llegó a una conclusión: “Esto me pasa por ser demasiado exigente”.

El aeropuerto restaba algo vacío a esa hora, pues estaba anocheciendo. Las últimas parejas y familias, re-unidas de nuevo por fin, iban saliendo escalonadamente, entre sonrisas y abrazos, entre gestos de cariño mutuo. El soltero exigente se acercó a una pequeña parada de fast food para reanimarse un poco con una buena comilona. Hasta que un extraño sonido llamó su atención.

Era un sonido agudo. Se fue acercando hacia el lugar del que provenía: el gran ventanal del aeropuerto, desde el que se veían las pistas. Poco a poco fue inteligiéndolo: se trataba de un llanto. Alguien lloraba. Llegó frente al ventanal, y se encontró, en una esquina, con un chaval que no aparentaba más de veinte años. Estaba absolutamente acurrucado sobre sí mismo. Tenía los cabellos largos, greñosos y desordenados. Iba ataviado con una impoluta camisa blanca, con el primer botón abierto. Y lloraba y lloraba. Contra su pecho oprimía una rosa roja sobre la que, tras acariciarle las mejillas, caían sus lágrimas.

El soltero exigente sintió cierta compasión por tan lamentable estampa. Atendiendo a la educación que había recibido, le tendió un pañuelo al chico, tratando de forzar una sonrisa.

– ¿Te encuentras bien?

El chico tardó varios segundos en sentirse dispuesto y levantar la cabeza. Respirando aun con dificultad, pero apreciando la mirada bondadosa que se había detenido en él, respondió.

– No ha venido… No ha venido…

– ¿Quién?

– No ha venido… Pensaba que hoy volvería… Después de tanto tiempo…

Le costaba seguir articulando palabras. Volvió a encogerse sobre sí mismo, en cuclillas y con la mirada perdido en el inmenso y oscuro aeropuerto. El soltero exigente intentó romper el hielo.

– Vaya… Esa rosa era para una chica, supongo…

El chico asintió, mientras se enjuagaba las lágrimas con el pañuelo.

– Hace meses que no la veo… No pensaba… No pensaba que fuera a ser tan duro… Pensaba que tal vez hoy vendría, que quizás me querría hacer una sorpresa… Llevo semanas esperando este día, y… Creía que sería hoy, sólo podía ser hoy…

– ¿Hoy? ¿Pero qué pasa hoy?

El chico hizo un pequeño esfuerzo para hablar.

– Hoy es mi cumpleaños.

Y rompió a llorar de nuevo. Lágrimas y lágrimas saltaban de sus ojos con violencia. El soltero exigente no sabía qué decir. Le daba un poco de apuro esta situación tan embarazosa. Así que decidió sacar a relucir la voz de su experiencia.

– Chaval, pues olvídate de ella. ¿Qué sentido tiene? Está clarísimo, no ha querido verte, no le des más vueltas. Cuanto antes lo asumas, antes podrás buscarte otra con la que estés a gusto. Joder, si seguro que las hay más guapas y más atentas. Hazme caso, ninguna mujer es insuperable. Y al final todas acaban decepcionándote, en eso sí son iguales, igualitas todas. Todo son palabras bonitas cuando las cosas van bien, pues claro, ¿qué te esperabas? Es fácil sonreír cuando hace buen día, es fácil prometer cuando no hay nada que perder con ello. Anímate, hombre. El amor es tramposo, no hay que dejar que nos gane la batalla. Que no te pillen nunca desprevenido: atrinchérate, aprovecha ahora para forjarte un escudo emocional que nadie pueda abatir, que sólo tú decidas qué dar y a quién, y cuándo dejar de hacerlo. Amar no merece la pena. No sale a cuenta.

El chico volvió a mirarle. Serio. Intimidado, el soltero exigente volvió al ataque. No quería sentir que estaba perdiendo una batalla. Y menos si esa batalla era con un chavalín insolente y tenía que ver con las mujeres.

– Chaval, hoy las distancias son más insalvables que nunca. Hazme caso: si has nacido aquí, vete con una de aquí. Es lo que se ha hecho siempre, de toda la vida. Haz tú lo mismo. No sabes el dolor que te ahorrarás. Olvídate. ¿Qué te dicen tus amigos? Seguro que están de acuerdo conmigo. Hazme caso: sal por ahí, fíjate en cualquiera que sea un poco guapa, y a probar suerte, que aún eres joven, hombre! Y nunca, nunca ames más de lo que te amen a ti. Nunca des más. Nunca dejes de llevar la cuenta, de marcar el ritmo. Hazme caso, chaval. Hacer lo contrario tiene un nombre: suicidio emocional. Y eso nunca termina bien.

El chico se levantó, con la rosa en la mano. La verdad es que daba lástima verlo. Era la viva imagen de la derrota y el desconsuelo. A duras penas se tenía en pie. Tomó aire, se acercó a pocos centímetros del soltero exigente y conteniendo la furia le espetó:

– A mí no me importa cómo se suelan hacer las cosas, ni lo que me digan que tengo que hacer o sentir. Si no escucho yo a mi corazón, ¿quién lo hará por mí? No me conformo con cualquiera. Ni con la primera que pase, ni con la que todo el mundo espera que sea mi chica. Me da igual lo que esperéis que haga. Sólo quiero ser feliz. En estas decisiones me juego la vida, así que nunca estaré con una mujer si no intuyo que querría amarla el resto de mi vida. Eso sí sería perder el tiempo. Yo no quiero ser como tú. Te deseo suerte.

Y se alejó, dejando perplejo y con la palabra en la boca al soltero exigente.

Mientras le veía alejarse, el soltero exigente reflexionó, mirando al gran ventanal. ¿Qué sarta de estupideces decía ese chavalín poco experimentado? Qué poco le quedaba para convertirse en un cínico… El inevitable ciclo al que nadie podía escapar, o por lo menos nadie que él conociera. “Se empieza con ingenua ilusión hasta el primer tortazo; después, por fin, aprendemos a vivir en la desconfianza y la medición continua”, solía decir.

Pero después cayó en la cuenta de algo: tal vez él no fuera tan exigente como había tratado de parecerse. Tal vez él sólo era uno más, otro hombre egoísta que no sabía amar de verdad ni tenía intención de hacerlo por miedo a estas calamidades. Sintió envidia de ese chico que sí estaba dispuesto a sufrir sin ningún tipo de necesidad de hacerlo, a convertir el día de su cumpleaños en un día infeliz y amargo por arriesgarse a esperar demasiado de la vida. Sintió verdadera lástima por él. Ojalá pudiera ahorrarle ese dolor. Ojalá el tiempo, la rutina y el bienestar, en cuyo amparo había conseguido bucear con la copia de los años, ayudaran a ese chaval a dejar de vivir de imaginaciones, a dejar de construir mundos mentales tan increíbles que nunca llegarían a ser reales. “Ojalá existiera una anestesia para el alma que fuera eficaz, más eficaz que el alcohol. Creo que es lo único que nos falta por inventar”.

Empezó a caminar hacia la puerta de salida. Aquel inesperado encuentro le había descolocado un tanto. “Por lo menos, he confirmado lo que ya sabía: el amor es una mierda”, se dijo.

Sin embargo, antes de salir de la T4, y después de muchos años sin hacerlo, lloró. Él, el soltero exigente, el hombre más mujeriego, solicitado y desenfadado de la ciudad, estaba solo. Completamente solo. Y se dio cuenta de que siempre lo había estado.

¿Sabéis por qué no son elocuentes algunos enamorados? Porque su corazón habla muy alto y les impide oír lo que dicen.

Chateaubriand

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