Noche 17: Un cúter en los Ferrocarriles

Yo cursaba la ESO. Todos los días cogía el tren de los FGC desde Av. Tibidabo hasta la estación de Gràcia. Me solía sentar en el mismo grupo de cuatro asientos. A menudo, en el mismo grupo del mismo vagón del mismo tren, en cuyo cenicero metálico alguien había escrito con un cúter una frase que se me quedó grabada: “Mai podré estimar ningú”. En castellano, “Nunca podré amar a nadie”. Ya entonces me suscitó curiosidad pensar quién podría haber escrito eso. Hoy, tantos años más tarde, me aventuro a imaginarme la historia del revisor de los Ferrocarriles. 

Todos los días, a las siete de la mañana, Amalio, con su modesto uniforme, sus ojeras y su mal humor, se subía en el ferrocarril que iba desde Av. Tibidabo hasta Plaza Catalunya. Su cometido era sencillo: pedir el billete a los viajeros de sospechosa apariencia. Pero en Amalio se albergaba un corazón bondadoso y comprensivo para con sus conciudadanos, así que se limitaba a estar plantado como un árbol y vigilar que todo se desarrollara con normalidad en el vagón. Lo mismo cinco días a la semana, siete horas al día. Su particular condena, su rutina. 

Amalio era un rostro conocido para todas las personas que solían tomar ese tren todas las mañanas. También Amalio recordaba muchas de las caras, la mayoría de ellas muy mustias siempre, o con lo apatía propia de esas horas de la mañana. Le gustaba pasar el rato escuchando trozos de conversaciones de esa gente, fingiendo estar inmerso en sus pensamientos y en su sencilla tarea. Abuelas que acompañaban a sus nietos al cole, compañeros de oficina, trabajadores de diversos oficios que se dirigían al centro… Le gustaba capturar frases inconexas de unos y otros, que resultaban siempre divertidas o completamente incomprensibles.

– Mami, cuando tengamos coche, ¿dejaremos de coger el tren?

– Sí, hija, sí, por fin. En un par de semanas ya podremos ir al cole en coche.

Amalio se giró disimuladamente. Una niña y su madre estaban sentadas en el extremo el vagón. De hecho, recordó que siempre estaban ellas dos en esos asientos; serían siempre las primeras en llegar. Sin embargo, en esta ocasión, Amalio quedó anonadado. La niña era lo más parecido a un ángel que él había visto nunca bajo tierra. Apenas tendría doce años, pero su mirada irradiaba amor y curiosidad hacia todo aquello observaba, y su sonrisa era, con diferencia, la más hermosa que él había visto nunca. Vestía modestamente, con delicado gusto pero sin ningún ánimo de destacar por encima de las otras niñas. Tenía su cabello ondulado recogido en una coleta. Zarandeaba sus piernecitas, que no alcanzaban al suelo, mientras agarraba de la mano a su madre.

Los ojos de Amalio empezaron a humedecerse. La pequeña a la que estaba viendo ahora le recordaba a la primera vez que se enamoró. De hecho, fue la única vez en su vida que se enamoró de verdad. Esa pequeña bien podría haber sido Lucía unos treinta años atrás. Lucía… Hacía años que no pensaba en ella, que no se preguntaba qué fue de ella desde que se despidieron con pocas palabras y cariñosos gestos. Sí, sin duda, esa pequeña bien podría ser ella. Podría ser Lucía… Treinta años atrás… Podría ser Lucía… Y, si realmente podría serlo, ¿por qué no…?

La pequeña y su madre se levantaron y se bajaron en la estación de Gràcia. Por primera vez en toda su “trayectoria”, por así llamarla, esos siete minutos de trayecto se le pasaron a Amalio como un suspiro. Porque en su cabeza seguía retumbando esa idea.

Al día siguiente, Amalio estuvo alerta a su reloj. A la hora indicada, el tren llegó a Av. Tibidabo, fin de trayecto antes de volver en dirección a Plaça Catalunya. Se abrieron las puertas. Bajaron unos pocos viajeros y subieron, gracias al Cielo, la pequeña con su madre. Y se sentaron en sus correspondientes asientos. Amalio se había situado justo en frente, en actitud distraída y casual. El tren arrancó. La madre de la pequeña hablaba por teléfono con su marido. La pequeña, con su mirada curiosa, reseguía todas las caras que se encontraban cerca, hasta que llegó a la de Amalio. Se mantuvieron unos segundos la mirada. La pequeña, se aventuró Amalio, parecía reconocerle. Y le sonrió. Un faro iluminó la mañana de Amalio a través de los labios de esa pequeña que, sin decirle nada, parecía estarle deseando toda la felicidad del mundo. Amalio le devolvió la sonrisa, mucho más tosca la suya, y menos fotogénica, de modo que para compensar estas carencias la acompañó de un tímido gesto con la mano. Entonces, la pequeña sonrió con más fuerza todavía, y le saludó efusivamente con la mano. Algo se revolvió en el corazón de Amalio; ¡cómo podía cambiar un día observado desde una mirada tierna! Estaba seguro de que toda una vida puede cambiar también del mismo modo. Y suspiró con toda la fuerza de sus pulmones mientras, consciente de que no le quedaba mucho tiempo, veía bajarse de su vagón a la madre y a su pequeña.

Al día siguiente era sábado, así que Amalio se quedó en su casa, en su solitario hogar. No entendía por qué sentía tanto cariño por una niña que no había hecho más para ganárselo que sonreírle y saludarle con la mano. No entendía por qué tenía ganas de que llegara el lunes para regresar a su monótono trabajo y volver a sentirse mirado y misteriosamente querido por aquella niña. Sin embargo, algo volvió a su memoria: el escueto diálogo de la pequeña con su madre. En menos de dos semanas, dejaría de verla. Para siempre. Más que nada, porque la probabilidad de encontrarla de casualidad por las calles de Barcelona no era nada a tener en cuenta. Y él, para lo que a reencuentros se refiere, no creía en el destino, sino en la voluntad. O en las falsas casualidades forzadas y urdidas desde la sombra y el cálculo. “Amalio, a partir del lunes vete a otro vagón. No te hagas más daño, porque sabes que pronto la vas a perder. Cuanto más te encariñes ahora de ella, más te dolerá después. Y, como recordarás, nada hay más doloroso e incomprensible que el vacío que dejan las personas en la vida de un hombre”. La voz del sentido común, que siempre logra abrirse un hueco entre la coralidad de voces que nos aconsejan desde nuestro interior. Pero Amalio tenía un problema: siempre había sospechado del sentido común. “Lo común es vulgar por definición”, solía decirse. De modo que decidió revelarse contra él.

Llegó el lunes. El tren ralentizaba por las vías de Av. Tibidabo. Amalio sonreía viendo su reloj: iban en hora. Los dos asientos ya estaban libres, así que Amalio actuó antes de que se abrieran las puertas. Bajo el asiento sobre el que se sentaba la pequeña, depositó una piruleta. Se abrieron las puertas. Subieron la madre y la pequeña y tomaron sus asientos. La madre volvía a ir hablando por el móvil, así que Amalio aprovechó para indicarle a la pequeña, con una señal, dónde tenía que mirar. La mirada de la pequeña se iluminó cuando agarró entre sus dos manitas la piruleta. Sonrió con fervor al revisor, que, casi sonrojándose, trató de devolverle su mejor sonrisa (dejaba bastante que desear).

Transcurrió esa semana y Amalio había sido constante en su estrategia. Piruletas, caramelos y demás chucherías, además de una bonita pulsera de colores. La pequeña ya se subía al vagón rebosante de ilusión, como si todos los días fuera Navidad y tuviera que ver qué habían dejado bajo el árbol. Y su ilusión no era nunca defraudada. Amalio sería torpe para casi todo, pero sabía querer a la gente cercana, y sabía que querer significa ser constante con los detalles, a la vez que tratar de hacerlos tiernos y creativos. Nadie le correspondió jamás con el mismo entusiasmo que él regalaba sin ningún miramiento, pero él ya había aprendido a convivir con eso: vivía para servir, y trataba de alejar de su mente la tentación de pensar que debería recibir algo a cambio.

Sin embargo, el viernes la tranquilidad de las mañanas se truncó. La pequeña llevaba una bolsa llena de utensilios para una clase de manualidades. Pinturas, cartulinas, papel de burbujas, lápices de colores, reglas, un compás… y un cúter. Su madre, como de costumbre, andaba distraída con su móvil, tanto que no se dio cuenta de que la pequeña estaba jugueteando con el afilado cúter. Amalio, en cambio, sí se dio cuenta. Trató de disuadirla desde la distancia, con gestos, pero la pequeña respondía con su sonrisa de siempre, y seguía descubriendo ese objeto nuevo. Hasta que, como suelen profetizar todas las madres, pasó lo que pasó. La pequeña se hizo una pequeña raja en un dedito. De repente, por primera vez, su preciosa sonrisa se borró de su rostro. Todo el vagón tembló con el agudo estruendo que salió de los labios de la pequeña. Su madre se percató de lo que había ocurrido.

– ¿Pero qué demonios haces, niña? ¿Qué te has hecho? A ver, déjame ver… Madre mía, ¿pero cómo te has hecho esto?

La madre dirigió su mirada, por primera vez, a Amalio, que estaba notoriamente afectado por la situación.

– ¿Y usted qué cojones mira? ¿Va a ayudarme o está aquí para perder el tiempo?

Amalio frunció el ceño. Con cierta severidad, le señaló al cúter, que restaba en el suelo, con una diminuta mancha de sangre de la pequeña. La madre reparó en él por primera vez. Lo cogió violentamente.

– ¿No te he dicho miles de veces que no juegues con estas cosas? ¿Qué quieres, darnos un disgusto?

La pequeña lloraba y lloraba. La madre, totalmente invadida por los nervios, tiró el cúter al suelo con fuerza, cogió a la niña y se la llevó fuera del vagón. Cosa normal, porque justo habían llegado a Gràcia. A todo esto, el pobre Amalio seguía en estado de shock. Cuando el vagón volvió a llenarse del murmullo de los viajeros, Amalio volvió en sí. Se acercó despacio al cúter y lo tomó, con cuidado. Limpió la sangre de la cuchilla con su propio uniforme y se lo guardó en el bolsillo. “Pobre niña…”, suspiró. Y decidió que el lunes volvería a entregarle su utensilio, y le daría, una vez más, una bolsa llena de chucherías.

Pasó el fin de semana. Amalio apenas pudo dormir ninguna de las dos noches, de modo que llegó al andén con las ojeras especialmente acentuadas. Llevaba consigo el cúter y una generosa bolsa de chucherías, todo ello en una bolsa para no resultar descarado.

No aparecieron. Ni la pequeña ni su madre. “Algún día tenían que llegar tarde…”.

El martes tampoco.

Ni el miércoles.

Ni el jueves.

El viernes, Amalio repasó minuciosamente varios vagones de varios trenes. Pero nada.

Ese fin de semana fue el peor de la vida de Amalio. Su vida había perdido un faro. El único que había hallado en la tempestad de su soledad, de su peculiar profesión. No le faltaban ganas de dejar su trabajo y salir a la aventura de encontrar de nuevo a aquella niña, o incluso a la propia Lucía que había perdido años atrás. No le faltaban ganas, pero el plan era inviable. Amalio no podía dejar ese trabajo. Si lo hacía, ¿qué sería de su madre? Era su responsabilidad mantenerla. No tenía alternativa. No podía huir de esos túneles, salir a la superficie. La pequeña niña de la sonrisa, la que había sido la alegría de su vida durante unos escasos días, ya no estaba. Tal y como se temía, ahora tocaba sufrir el vacío que la pequeña dejaba en sus mañanas en el ferrocarril. Amalio no sabía si estaba preparado para ello, pero, para variar, no tenía elección. No la volvería a ver, y la probabilidad de que fuera ella quien fuese a buscarle era ridícula. Ahora se desplazaría con sus padres en coche, algo mucho más agradable, rápido y cómodo que su aborrecible ferrocarril. Probablemente en tres días se habría olvidado de él. Para siempre.

El lunes, en efecto, los dos asientos siguieron vacíos. Amalio supo entonces que esa semana volvería a ser como todas las anteriores; pero él ya no. Ya no viviría con indiferencia, sino con dolor. Y cayó de rodillas junto al asiento que solía ocupar la niña que le había cambiado la vida. Y lloró amargamente, sin que nadie, para variar, reparara en él. Y se fijó en el cenicero metálico. Y, acto seguido, recordó el cúter que llevaba en la bolsa. Y poseído por una especie de abandono existencial, decidió hacer lo que se supone que, precisamente, debía evitar que nadie hiciera.

Mai podré estimar ningú“. Ahí quedó para la posteridad de la historia de los Ferrocarriles, grabado en el cenicero junto al cual se solía sentar un ángel. Ahí quedó para que yo me fijara en ello dos años más tarde, y para que, diez años más tarde, pusiera a los ojos del mundo la historia del pobre Amalio y de la pequeña que, de primera mano lo sé, nunca ha dejado de estarle agradecida.

En el amor la experiencia no cuenta para nada; porque, si contase, no se volvería a amar.

Henry F. Regnier

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