“Una mujer sin importancia”, de Oscar Wilde

Ya he terminado de leer “Una mujer sin importancia”, la obra de teatro escrita por Oscar Wilde que se estrenó en Londres en 1893. Como viene siendo costumbre, me gustaría resaltar alguno de los temas que Wilde deja implícitos y explícitos en su obra, apoyándome en el prólogo de Antonio Ballesteros que acompaña al libro que me he leído.

Retrato social

Ambientada, como de costumbre, en la época victoriana de finales del siglo XIX, Una mujer sin importancia se sirve de todos los personajes para caracterizar el carácter inglés de ese tiempo, especialmente a través de Lord Illingworth. En casi cada obra de Oscar Wilde aparece un dandi como vehículo de las opiniones (o no-opiniones) del autor: en El retrato de Dorian Gray, ése era Lord Henry. En esta obra le toca a otro Lord, que posee también un manchado pasado que sabe ocultar con astucia: dejó embarazada a una pobre mujer, y ahora quiere contratar a su hijo, veinte años más tarde, para que sea su secretario. A través de estos personajes, Wilde juega siempre con el contraste apariencia-realidad, una fractura que, a medida que se acerca el clímax final, se va desmoronando.

Como siempre, este tipo de sociedad idolatra la belleza y la juventud.

LORD ILLINGWORTH- Nunca pienso ser viejo. El alma nace vieja y se va haciendo joven. Ésa es la comedia de la vida.

MISTRESS ALLONBY- Y el cuerpo nace joven y se va haciendo viejo. Ésa es la tragedia.

LORD ILLINGWORTH- Y la comedia también, a veces.

Otra de las frases que refleja esa importancia de la apariencia, que ya empieza a verse con cierta sospecha, es la siguiente:

Debe de ser muy respetable. Nunca he oído su nombre, lo cual dice mucho en favor de una persona hoy día.

Como vemos, el aire empieza a infestarse de cinismo hacia las personas de las que se habla, o hacia la gente que a priori debería ser respetable. Este desencanto tan wildeano queda patente en esta otra frase:

Se puede sobrevivir a todo hoy día excepto a la muerte, y soportarlo todo excepto la buena reputación.

Guerra de sexos

Al igual que Un marido ideal, otro tema latente es el de la guerra de sexos. Encontramos decenas de diálogos con afirmaciones categóricas definiendo a los hombres y a las mujeres. Una de ellas, creo que bastante representativa de la caracterización feminista que da Wilde a sus mujeres aristócratas, es la siguiente:

MISTRESS ALLONBY- Todos los hombres casados son propiedad de la mujer. Ésa es la única definición de lo que es realmente la propiedad de la mujer casada. Pero nosotras no pertenecemos a nadie.

Y ahora un ejemplo de la postura machista, casi siempre saliendo de los labios, como hemos dicho, del dandi Lord Illingworth:

LORD ILLINGWORTH- Las mujeres han llegado a ser muy inteligentes y ocurrentes. Nada estropea tanto un romance como el sentido del humor de la mujer.

MISTRESS ALLONBY- O la carencia de él en el hombre.

LORD ILLINGWORTH- Tiene razón. En un templo todos deben estar serios, excepto el objeto que es adorado.

MISTRESS ALLoNBY- ¿Y ése debería ser el hombre?

LORD ILLINGWORTH- Las mujeres se arrodillan graciosamente; los hombres, no.

Este panorama victoriano, tan hipócrita, tan superficial, se somete al contraste que ofrece la joven Hester, una chica americana que todos desprecian al comienzo, pero que se presenta frente al espectador como un ser mucho más íntegro y auténticamente libre y moral, además de compasivo. No en vano, en la obra se subraya también que La ley de Dios es sólo el amor.

El vicio y la injusticia de ser mujer

Llegamos al otro gran tema recurrente de Oscar Wilde: El Bien y el Mal, y cómo el vicio arroja a uno al pozo de la desesperación. En este caso, la pobre Mistress Arbuthnot lleva veinte años viviendo en la tiniebla, a la sombra de su pecado con Lord Illingworth, pecado del que en el fondo no se arrepiente porque trajo a su hijo Gerald al mundo. Wilde parece denunciar, como se indica en el prólogo, cómo las mujeres se convierten en víctimas sacrificadas por una “falta” de la que los hombres quedan automáticamente eximidos.

En El retrato de Dorian Gray, se hablaba de la corrupción del inocente y puro Dorian, y de cómo eso le lleva a su propia destrucción. En esta obra, en cambio, es la mujer la que sufre las injustas consecuencias, la que fue mancillada y no ha podido levantar cabeza desde entonces.

LORD ILLINGWORTH- Te has vuelto muy dura, Rachel.

MISTRESS ARBUTHNOT- Una vez fui demasiado débil. Gracias a Dios he cambiado.

LORD ILLINGWORTH- Yo era muy joven entonces. Los hombres conocemos la vida demasiado pronto.

MISTRESS ARBUTHNOT- Y las mujeres demasiado tarde. Ésa es la diferencia entre unos y otros.

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