Black Mirror 02×03: El momento Waldo

He decidido animarme a hacer la última crítica que me quedaba de Black Mirror: el tercer episodio de la segunda temporada, The Waldo Moment, que subraya el poder de la comunicación como campaña política y se atreve a profetizar qué ocurriría si un personaje de ficción (obviamente dirigido por todo un equipo de comunicadores) se metiera de lleno en la política de un país.

waldo

El protagonista de esta historia tiene dos caras. En el mundo físico -expresión con la que debemos irnos familiarizando- es James, un cómico miembro de una productora de programas de humor que mete especial cucharada en la sátira política. Su otra cara es Waldo, el popular oso azul que no tiene pelos en la lengua a la hora de decir lo que piensa. James pilota a Waldo con un sofisticado sistema que le permite manejar sus palabras y gestos en tiempo real. En el punto de arranque de este capítulo, el objetivo de todo el equipo es claro: Waldo debe desprestigiar al candidato conservador Monroe.

Libertad de expresión y anonimato

En el primer capítulo, El himno nacional, se enfatizaba en la idea de Twitter como un huracán compuesto de voces anónimas que puede llegar a “forzar” a un personaje público a actuar de cierta forma y que, por supuesto, puede hacer sufrir a cualquiera una buena humillación pública. Recordemos los últimos casos de España, desde los asuntos serios (Bárcenas, Canal 9) hasta los cómicos (Ana Botella y su “relaxing cup”).

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La idea de El momento Waldo es algo distinta, puesto que el punto de vista se establece en un ente concreto, no en “la opinión pública”. Este ente es Waldo y todo el equipo que lo maneja desde la sombra. En varios momentos, el candidato Monroe trata de disuadir a los seguidores de Waldo diciendo que el oso azul no es real, no existe, y por tanto no tiene sentido escucharle ni mucho menos darle autoridad. Sin embargo, ¿no existe algo que tiene cara, ojos y una sólida opinión, aunque sea a través de una pantalla?

El anonimato se entiende aquí como un visado para ejercer la libertad de expresión y de burla sin ensuciarse las manos. El anonimato oculta por completo los defectos del acusador: él sólo opina, sólo critica, pero nunca se implica personalmente. Podemos hacer la prueba: veamos el TL de alguno de los Trending Topic más polémicos y detectaremos a miles y miles de usuarios que, desde la cómoda silla de sus casas, se muestran disconformes y sarcásticos con todo lo que se cuece en la cocina mediática. Básicamente, porque nos hemos acostumbrado a dar autoridad al discurso y a la retórica, a la frase con gancho, y no al acto, puesto que es más fácil comunicar qué se ha dicho que esforzarse en comunicar qué se ha hecho realmente.

Lo que ocurre con Waldo es que aprovecha su popularidad para representar la opinión de la gran mayoría (el famoso “populismo”), para encauzar ese pensamiento único que, abracadabra, cada vez es más homogéneo. Algo así como lo que hacen los actores, humoristas y mucha gente pública de nuestro entorno: seguir echando leña a la gran hoguera del “sentir social” de un país.

La campaña de comunicación y la falta de proyecto

Por desgracia, los programas electorales de hoy tienen dos terribles defectos:

  1. Todos son estupendos sobre el papel, en su 85%, para cualquier persona de cualquier ideología. Abundan las generalidades, las frases tópicas, sin dar en cambio demasiados datos, cifras o propuestas concretas. Y, por supuesto, sin hablar demedidas polémicas o impopulares que, obviamente, sí tienen en mente ejecutar.
  2. No son conocidos ni por un 10% de los votantes. Ni son interesantes ni están redactados de forma que susciten interés. Sólo conocemos lo que predican desde el púlpito de los debates y las ruedas de prensa.

Visto lo visto, lo que marca la diferencia entre un partido y otro es una sola cosa: la campaña de comunicación. Si sólo se habla constantemente de dos grandes partidos, serán ellos los que se lleven la mayoría de los votos. Quien paga los carteles y las vallas, se lleva los votos. Aunque cada vez que gana uno lo haga fatal y todos le pongamos a parir, dentro de ocho años volveremos a votarle.

No gana el que trabaja más su proyecto, sino el que trabaja más su campaña. Y la gente se conforma con eso. Nos conformamos con eso, por triste que sea, porque no tenemos tiempo ni ganas para implicarnos más en el asunto.

Cuando el personaje devora a la persona

Me gustaría centrarme en el personaje de James, que pilota a Waldo. Porque, durante mucho tiempo, a nadie le importa quién está detrás de Waldo. James es un don nadie, un títere de una empresa y de unas ideas. Igual que, en nuestro panorama televisivo, a nadie le importa quién sea realmente Wyoming, o Jordi Évole, qué mal hayan hecho en su vida; importa que den bien la nota, que para eso cobran lo que cobran. O lo mismo cabría decir del candidato Beppe Grillo en las elecciones italianas, quizás el caso real más cercano a esta ficción.

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En el capítulo, llega un momento en que el candidato Monroe averigua quién es James. Y decide, en vivo y en directo, durante un debate, quitarle la máscara verbalmente a Waldo y hablar del cómico frustrado que lo dirige desde la sombra. Hace un escáner en público sobre su forma de comportarse. Pero, una vez más, Waldo sale del paso, ocultando entre los vítores de la masa su verdadero “yo”. 

Waldo devora a James. La prueba de esto es que el personaje sobrevive a la persona. Igual que una cadena de televisión sobrevive a todos y cada uno de los que trabajan ahí, siempre que los “cerebros” sean los mismos. El equipo puede prescindir -y termina prescindiendo- de James, y es paradójico que en un momento dado Waldo acuse a un candidato de ser “una vieja actitud con un nuevo peinado”. Esto sería, imaginemos, como si un popular periodista español muriera pero alguien siguiera lanzando mensajes reivindicativos desde su Twitter. Porque es lo que tiene ser un fenómeno mediático: al principio puede gustar, pero a la larga todos están entusiasmados menos él, el títere.

El gran peligro de Waldo es que supera la barrera humana. No tiene defectos. Nunca pasará diez segundos sin saber qué decir, porque siempre encontrarán algún dato por Internet para atacar de nuevo. Waldo es la fachada convertida en personaje. La anti-política. El arma populista para asaltar unas elecciones.

7Llega un momento en el que James decide dimitir. Pero ahora la gente, que creía en el muñeco Waldo, le abuchea: tiene que seguir. Fijaos hasta qué punto hacer que la masa te siga puede llevarte, algún día, a depender por completo de ella. Este es el peligro del populismo llevado al extremo. Y recordemos a James, cuando ya le han sustituido por otro: “Yo soy Waldo, no le hagáis caso!“. Y ahora le ignoran. Y le pegan cuando intenta arrojar un contenedor contra la pantalla. Porque él nunca le ha importado a nadie. James ve el resultado de las elecciones desde el hospital. Y se avergüenza de haber sido tan utilizado.

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El cinismo político: una voz representativa

El cinismo en cuanto a la política es una actitud que ha cobrado todo el protagonismo imaginable entre la sociedad. Y con razón: estamos hartos de que nos engañen y nos manipulen. Pero, ¿qué pasa cuando es precisamente un político el que quiere aprovecharse de este cinismo?

Recordemos una vez más el caso del italiano Beppe Grillo: utiliza el ser discordante y polémico como herramienta de promoción, de una campaña basada en la deconstrucción. Y a la gente, como mínimo, le llama la atención. De hecho, hay una frase de este episodio que resume a la perfección el paradigmático caso de Grillo: “No defiende ninguna causa, pero al menos no finge hacerlo“. Y más adelante añade: “Los demás hacen lo mismo, pero nosotros somos sinceros“, refiriéndose al hecho de utilizar a todo un equipo para apoyar al líder. 

Traslademos el ejemplo a España. ¿Qué pasaría si el popular Loulogio se presentase a las elecciones? ¿O Andreu Buenafuente? Seguramente no tardarían en acercarse a rozar el poder. Sin embargo, hay que preguntarse si la popularidad es un valor verdadero en la democracia, ya que la popularidad no siempre es sinónimo de calidad, y sí lo es de corto-placismo. 

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La televisión y Youtube, en este sentido, son el paradigma de la falsa pero ideal democracia, de “lo que gusta/divierte es lo que triunfa“. Tele 5 tiene audiencias brutales. Los vídeos más vistos en y likeados en YT son los que ocupan la portada. Sin embargo, ¿cuáles son estos vídeos? Un perro con la melodía de Happy days. O Justin Bieber despertándose en un hotel; en tres días, la chica que colgó este vídeo se embolsó más de 20.000 € por la publicidad. Realmente, trasladado a la política, ¿esto sería democracia? ¿Servirse del morbo y del apetito de lo extravagante para alcanzar poder y fama a costa de la ingenuidad del pueblo?

Todos nos quejamos del sistema. En las discusiones en los bares, todos tenemos a un pequeño anti-sistema dentro. Y no digo que no sea, en parte, razonable. Sin embargo, El momento Waldo tiene una frase al respecto: “Todo el sistema parece absurdo, aunque ese sistema construyó estas carreteras“. Pero siempre, siempre, prevalece la queja.

El inevitable final… ¿Utópico?

Al final de El momento Waldo, resulta que la tendencia de utilizar a ese muñeco para la política se ha extendido en casi todos los países, incluso en Oriente. Un bonito guiño a la globalización que se ejerce desde América, ya desde hace años con el cine y la música, y ahora también con Internet.

Terminamos con unos planos de una próspera ciudad asiática. Los policías aporrean a los mendigos que estorban o que arrojan objetos contra las pantallas. Waldo se proyecta en todos los carteles de la ciudad. Lo que empezó como un “momento” de éxito, de fiebre, de adrenalina, se ha convertido en una dictadura a nivel mundial.

¿A alguien le suena?

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