Noche 18: Llegar hasta Enrique

Escrito a finales de 2013, no a día de hoy. Cualquier posible vínculo entre el relato y la realidad no es más que pura coincidencia. 

– Quería llegar hasta Enrique. Es importante.

– Sin entrada no se puede.

– Oiga, el concierto ya ha empezado… Voy yo solo, nadie se va a dar cuenta.

– Lo siento, pero hay cámaras y me estoy jugando el puesto.

El hombre-armario de acento alemán dio así por zanjada la cuestión. Puse morros y le miré fijamente hasta incomodarle.

– Si querías venir, ¿por qué no te has comprado una entrada?

– He decidido hace una hora que iba a venir. Creo que no hubiera tenido tiempo.

– Mira chico, todo lo que te puedo decir es esto: ¿ves esa puerta de ahí, la que dice “salida de emergencia”?

– Sí.

– Los grupos suelen salir por ahí. Si les esperas, posiblemente consigas acceder a él, a Enrique. Querías un autógrafo, supongo.

– Sí, más o menos.

– Pues venga, ya sabes. Aunque aun tardarán hora y media o dos en salir.

– Joder… ¿Hay algún sitio de comida rápida por aquí?

Me indicó un Burger King.

Hice mi habitual pedido de dos hamburguesas de un euro cada una. Me senté en una mesa individual, impaciente. Observaba a mi alrededor muchos grupos de amigos y parejas que cumplían su ritual de salir los viernes por la noche por Malasaña. Me sorprendí haciendo la siguiente reflexión: yo era un pringao. Un viernes por la noche, solo, en Malasaña, a punto de hacer algo propio, se mire como se mire, de un pringao. Y, sin embargo, me sentía libre. Más libre que muchos de esos rostros ocultamente hartos de la rutina nocturna. Cuando uno sabe por qué hace lo que hace, ya no le importan las apariencias y se siente auténtico protagonista de su vida. De su historia. De su mundo.

Me faltaba una hora, así que vagabundeé por el barrio, cruzándome con jóvenes que ya iban absolutamente poseídos por el alcohol. Aproveché para sacar dinero del banco. Seguí arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que volví a plantarme en la puerta de la Sala But.

El hombre-armario de acento alemán estaba hablando distendidamente con otro de su misma especie. Del interior iban saliendo algunas personas, las típicas que consideran innecesario permanecer en un concierto hasta el final, comentando entre sí que había estado bastante bien. Snobismo adolescente. Como estaba la puerta interior abierta, pude percibir algunos acordes y estribillos que me resultaban familiares. Un pequeño escalofrío recorrió mi cuerpo. Es curioso cómo una melodía, igual que un olor, puede trasladarte a un lugar, y trasladar todos los sentimientos de ese momento al momento actual. Aunque se trate de una melodía que yo no sabría canturrear, mi organismo sí reacciona al escucharla. El misterio del cuerpo humano siempre va más allá de lo deseable.

Aplausos y vítores finales. Sale gente a raudales. Se abre la famosa puerta “salida de emergencia”. Más gente a raudales, todos eufóricos de lo increíble que ha sido el concierto. Me quedo cerca del umbral, a la espera.

Sale gente y más gente. Hasta que de repente, como un grifo, mengua. Siguen saliendo con cuentagotas. Ante mí, la puerta abierta. “Esperaré a que salga el grupo”.

En quince minutos no sale nadie. Me asomo, como un niño en una casa encantada. Un pasillo vacío. Dirijo una mirada al hombre-armario de acento alemán de la puerta principal: está por otras cosas, charlando con su compañero. Sin pensarlo dos veces, entro por la puerta. Por la puerta de salida.

Atravieso el lúgubre pasillo y llego a un rellano. Un segurata sudamericano, fornido como un roble, plantado como un pino, me mira incrédulo. Me acerco con mi fingida ingenuidad y mi pose de niño perdido, la que tengo aprendida desde que tengo memoria, desde que, de chiquitín, mi cuidadora me hacía decir que tenía siete años para no tener que pagar el billete de autobús. Hay que saber sacar partido a todo.

– Perdone… ¿Va a salir por aquí el grupo de Enrique? Es que me gustaría verle…

– Lo siento, pero no se pueden autógrafos. Querías eso, ¿no?

– Sí, más o menos…

– No se puede, lo siento. Están cansados y se irán enseguida. Si empezamos a dejar a gente hacer esto, nos llamarán la atención.

Varios segundos de tensión. No he perdido mi noche del viernes para quedarme ahí como un gilipollas. Veo que abajo, en la zona del concierto, aún hay gente de charla y de copas.

– Oye… ¿Podrías dejarme bajar ahí y lo intento yo por mi cuenta?

– No se puede. Ahora toca desalojar, no puede entrar nadie más.

– Ya…

Doy un paso atrás. Su mirada me intimida y me acobarda. Pero… ¿qué cojones? Me acerco un par de pasos. Le enseño el folio en blanco y el boli BIC negro que llevo en la mano.

– Mira, es que es un caso un poco particular…

Me observa levantando una ceja. Sé que es de esos momentos que pueden cambiarlo todo. Hace tiempo decidí que mi vida se guiaría por una palabra, que coincide con el título de una canción de Lax’n’Busto: “llença’t!”. Me lanzo al ring.

– Verás… Estuve saliendo con una chica. Bueno, estuvimos un tiempo, al final lo dejamos. Pero el caso es que la echo un poco de menos. Y bueno, el caso es que me gustaría…

Empieza a ablandarse ante mi poca entereza verbal. Tal vez porque reconoce en mi mirada y en mi nerviosismo la verdad de mis palabras.

– A ella le encanta la música de Enrique. Es un cantautor muy importante para ella. Yo, francamente, apenas lo conozco, pero he pensado que me gustaría regalarle un autógrafo suyo. Seguro que le hace ilusión… Por favor. He venido desde Alcobendas sólo para esto. Por favor…

Sonríe ligeramente. Va a acceder.

– Entiendo… Venga, pasa ahí abajo. No des mucho la nota, ¿vale? Y si te preguntan, a mí no me has visto.

– Muchísimas gracias, de verdad. ¡Gracias!

Bajo las escaleras dando brincos, con la ilusión de un escolar que sale al recreo diez minutos antes. Es curioso cómo el sentimiento ajeno puede enternecer, aunque sea ligeramente, el corazón de un segurata de discoteca. Si aun hay esperanza para ellos -me digo- aun la hay para el mundo entero.

Bajo dos tramos de escaleras y me encuentro donde, hace unos minutos, decenas de fans saltaban y cantaban. Ahora mismo, vasos y alcohol por el suelo. Tiemblo un poco al sentir la sensación de estar en un lugar sin permiso: cualquier muestra de inseguridad y podrían echarme de una patada. Nunca me las he tenido con esta gente, y espero no tener que contarlo. Sobre el escenario, algunos tipos recogiendo los instrumentos. Me acerco a uno de ellos.

– Perdona… ¿Sabes dónde está Enrique?

Me mira, extrañado.

– Pues… Imagino que en el camerino.

Me señala hacia mi izquierda y sigue a lo suyo; un tipo sociable. Me giro. Observo la puerta cerrada del backstage. Frente a ella, una fila de unas diez personas. Como si nada, me pongo a la cola, lleno de ilusión, con mi papel y mi bolígrafo.

Al cabo de diez minutos, aparece una chica. Es joven, más tarde sabré que tiene treinta y pocos, aunque de aspecto tan cuidado que pasaría por veinteañera. Es rubia y presumiblemente guapa. Más alta que yo, pero en escasos segundos hago números -hice el tecnológico- y resuelvo que sin sus tacones no lo sería. Se sienta junto a mí.

– Esto es para ver a Enrique, ¿no?

– Sí, creo que sí…

– Es para los de la lista VIP, ¿no? ¿Tú también lo eres?

Empalidezco. ¿VIP? Nada más lejos de la realidad.

– No…

– ¿No tienes esta pulsera?

Me muestra, orgullosa, su flamante pulsera VIP.

– No… Ni esta ni ninguna. No he estado en el concierto.

La chica rubia abre los ojos de par en par y se parte de risa delante de mí.

– ¡Qué cachondo…! ¿Y qué haces aquí?

– He venido a hablar con Enrique.

Le cuento la misma historia que al segurata. Mi historia. La chica rubia y atractiva me escucha atentamente. Juraría que acuso un deje de envidia en su mirada mientras ve con qué determinación sé lo que quiero para una chica a la que todavía aprecio. Termino la explicación. Asiente, con una pícara sonrisa.

– Pues a ver si tienes suerte… Espero que te dejen entrar… Bueno, en realidad, espera… Yo tengo dos entradas…

– ¿En serio? ¿Y eso?

– Bueno… -dice con cierto desagrado.- Mi novio tenía que venir conmigo. Pero cuando le he ido a buscar estaba bebiendo con sus amigos, ya bastante borracho, así que no estaba para conciertos, y nada… Pues me he venido sola, oye. Él se lo pierde.

– Vaya…

Siento lástima por ella. Decido que nunca quiero acostumbrarme a que una chica tenga detalles conmigo. Al contrario. Nunca daré nada por descontado. Nunca jamás. Pero está claro que ese ángel de cabellos rubios y amable sonrisa ha bajado del cielo para salvarme la noche.

– Mira, hacemos una cosa. Tú entras a mi lado. Si te piden la pulsera, dices que la has tirado, pero que venías conmigo. Yo diré mi nombre, que está en la lista VIP, y así se pensarán que tú eres mi chico. Por si acaso. ¿Te parece?

Todo un honor, oye.

– ¿De verdad? Muchísimas gracias… Esto…

– Belén.

– Belén… Muchas gracias, de verdad. Me haces un favorazo.

– Nada, hombre. De hecho, puedo presentarte a Enrique si quieres.

– ¿Le conoces?

– ¡Claro! Por eso voy a saludarle. Una ha tenido que llamar a muchas puertas buscando trabajo.

Me guiña un ojo. Es una chica realmente atractiva, y muy simpática. Siento que el Destino mismo es quien me ha hecho un guiño. Siempre tan irónico, amigo mío.

Pasamos diez minutos charlando. Ella también es de Barcelona, así que enseguida hablamos en catalán, lo que siempre crea una ventajosa complicidad. Es lo que tiene criarse en la misma cuna cultural. Además, también trabaja en comunicación, y me da su correo electrónico para que le mande mi currículum, “y a ver si hay suerte en algún lado”. Puntazo.

De repente me tranquilizo: estar con Belén me da seguridad. Apenas la conozco, pero intuyo que mi pequeña aventura llegará a buen término. Por lo menos ya no temo que me echen por no llevar pulsera. Y no nos engañemos: entre ir solo e ir con una chica catalana, guapa y simpática, la elección es fácil. Aunque es muy posible que, después de esta noche, no vuelva a verla nunca más. Voy entendiendo que Alguien nos envía a personas que nos echan una mano y después desaparecen de nuestras vidas, dejando un dulce recuerdo y un grato afecto hacia ellas, para hacernos comprender que sus otras criaturas no nos pueden pertenecer jamás… Pero eso no quiere decir que no puedan ser ángeles de la guarda como trabajo temporal. Para mí, Belén va a serlo.

Por fin abren la puerta. Y llegamos adentro. Espacio estrecho. Tenemos que ir en fila india. Olor a cerrado. Tabaco, alcohol y otras sustancias menos legales. Un chico fumando y riendo a carcajadas. “¡Qué porro!”, pienso para mis adentros. Unas mesitas improvisadas con un poco de aperitivo. No me corto un pelo y me agencio un puñado de lacasitos. Belén se ríe de mi atrevimiento y hace lo mismo. Me propone coger una cerveza de la neverita, pero me parece demasiado. Ni siquiera he pagado por el concierto. Soy muy catalán, pero esto sería pasarse. Así que esta vez el pícaro cede a los modales del caballero que, en el fondo, también puedo ser si me lo propongo.

Subimos unas estrechas escaleras.

Y ahí… Ahí está Enrique, rodeado de algunos admiradores. Nos acercamos a él como quien asciende hacia un Olimpo underground. Belén me susurra antes de alcanzarle:

– Bueno, yo te lo presento y ahí te dejo, ¿eh? ¡Tú sabrás!

– Tranquila. Ya me apañaré.

Llegamos junto a Enrique. Belén le saluda con dos besos, e intercambian algunas palabras sobre la última vez que se vieron. Observo al cantante mientras habla. Es más bajito de lo que parecía -creo que más que yo, lo cual ya es decir-, y muy tímido en las distancias cortas, como tantos otros artistas. Viste con una camiseta de tirantes algo deshilachada. Deduzco que no ha dado así el concierto.

– Bueno, y éste es Jose, un chico de Barcelona que acabo de conocer.

Enrique me mira por primera vez y me extiende el brazo. Le estrecho efusivamente la mano. Ni se me pasa por la cabeza hacerle algun comentario sobre lo buenas que han sido la puesta en escena o la acústica. No soy tan capullo.

– Encantado de conocerte por fin, Enrique. Escucha, quería pedirte un favor…

Le resumo la historia que le he contado al segurata y a Belén. Enrique, pese a su notable cansancio, me escucha con cierta atención, asintiendo despacio con la cabeza, como hago yo cuando escucho a las personas que me abren su corazón.

– Os escucha muchísimo. En el coche lleva a menudo vuestro CD, incluso este verano, que estuvo en Estados Unidos, os escuchaba desde ahí. Sé que lo mío con ella terminó, pero le sigo teniendo mucho cariño y he pensado que quizás le haría ilusión un autógrafo tuyo…

– ¿Cómo dices que se llama?

Le repito el nombre. Enrique coge mi papel en blanco y mi boli. Está de pie, así que utiliza su propia pierna como soporte, haciendo equilibrios con su propio cuerpo.

Y escribe la escueta dedicatoria. “Gracias por viajar con nosotros“. No es mucho, y parece más bien un eslogan de aerolínea, pero es el modesto clímax de mi Odisea y estoy orgulloso de ello. Me entrega el papel, bastante arrugado a estas alturas de la noche. Le doy un abrazo.

– Muchísimas gracias, Enrique.

– De nada. ¡Suerte!

Me sonríe. Vuelve a cruzar algunas palabras con Belén hasta que se despiden con un “hasta la próxima”. Me dirige también a mí un cordial saludo con la mano.

Belén y yo nos dirigimos al exterior. Le agradezco mil veces más la providencial ayuda prestada. Le digo que me ha salvado la noche, pero se lo toma a broma. Dos besos, una sonrisa y un adiós. Adiós, Belén. Gracias por todo. Hasta siempre.

Y vuelvo a estar solo por los callejones de Malasaña. Y sigue habiendo jóvenes borrachos por todos los rincones. Y todo está como hace un par de horas, pero un joven y tenaz catalán ha conseguido lo que se proponía.

Dirijo una mirada de ternura y agradecimiento al cielo. No sé muy bien qué quieres de mí, ni por qué me has mandado a tantos ángeles para que me acompañen, cada uno a su manera. Sólo puedo prometerte que intentaré cuidar de ellos. Intentaré cuidar las cosas bonitas que me mandes.

Gracias por querer ser tú también un ángel durante unos cuantos días. Cada uno de ellos ha sido un regalo que no olvidaré. Deseo que seas muy feliz. Y sé que lo serás. Estoy convencido. Espero que algun día podamos vernos para que me lo cuentes en persona. Y para darte un abrazo bien grande. En cuanto a mí, no sé adónde me llevará la vida. Lo que sé es que no tengo remedio y que nunca dejaré de hacer estupideces de las mías. Mayores que ésta, si cabe. Mayores estupideces que colarme un viernes por la noche en el backstage de la Sala But de Madrid para conseguir, por aprecio hacia ti, llegar hasta Enrique.

No tienes mucho, pero de lo que tienes, tienes mucho.

Big Fish

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