Archipiélagos de sinceridad

Finales de agosto de 2009. Mi familia me acompaña a Pamplona. Y me dejan ahí, y no volverán todos juntos hasta cuatro años más tarde, para mi graduación. Lo que suceda en ese intervalo, dependerá en gran parte de mí.

En el hotel de Noain, me cuesta dormir. Escucho Stairway to Heaven, de Led Zeppelin, acurrucado en el suelo, mirando a la ventana con la ilusión de un niño. Lo recuerdo como si hubiera sido antes de ayer. “A ver qué me deparan estos cuatro años…”, pienso. Un absoluto misterio. Todo huele a nuevo, como los estuches del colegio: gente nueva, hogar nuevo y la trepidante impaciencia de empezar la universidad.

Entonces no sabía nada. No sabía todo lo que iba a tener que sufrir, ni toda la felicidad que, sin merecerla, se me iba a dejar disfrutar. Tampoco sabía que iba a tener tantos ángeles de la guarda como los que he tenido. Cada uno de ellos cubriendo un período de mi vida muy concreto, meticulosamente trazado por Aquél que ya sabe cómo termina toda esta historia que yo me empeño en medir y tratar de controlar todos los días.

Soy un chico realmente afortunado; dudo que nadie pueda haberse encontrado a más ángeles de la guarda que yo. Aunque me cueste identificarlos en su momento, no puedo negar que están ahí. Últimamente me ha dado por pensar en el futuro lejano. Pienso que me encantaría vivir en una casa bien bonita, con un balcón con vistas al mar o a la montaña, o a cualquier otro lugar que invite a pensar. Un hogar siempre abierto a todos los amigos y conocidos que puedan necesitarlo, para empezar a dar lo que yo he recibido tan gratuitamente. Y ya he decidido que dedicaré una pared entera (quizás no muy a la vista para no parecer un asesino en serie) a poner fotografías de las personas a las que quiero, para no olvidar que forman parte de mi mundo. Para pensar en ellas todos los días al despertarme o antes de irme a dormir. Sería un modo bonito de no dejar jamás de recordar quién soy.

Ángeles de la guarda.

Una niña ciega de nacimiento sobre la que haces el documental de fin de carrera. Su familia, que te acoge y te quiere como uno más, y se crea un vínculo que para nada habías previsto y que intuyes que jamás se va a quebrar.

Un chico de cuerpo paralítico y corazón poético, que te escribe una poesía porque con un par de gestos amistosos ya te considera un amigo de por vida. Y tú a él, un héroe.

Una mujer que trabaja en la tele. Tiene muñones en lugar de brazos pero hace más bien por el mundo que la mayoría de nosotros con las dos manos. Te pone en contacto con una persona que te da trabajo en Barcelona cuando lo necesitabas como agua de mayo. Y esa otra persona resulta ser otro ángel que se empeña en que trabajes en su empresa, y no para hasta que lo consigue porque ha visto en tu mirada que tú tampoco pararás hasta conseguirlo. Y se preocupa por ti desde el primer día como si fueras su amigo de toda la vida, partiendo por la mitad las barreras que cabe presuponer entre personas de distinto rango y edad dentro de una empresa.

Un ángel que te quiere, te acompaña y eleva exponencialmente tus exigencias de la vida y del amor, y una vez cumplida su misión se marcha con el mismo barco con el que llegó, y te das cuenta de que nunca podrás volver a ser el mismo de antes. Y tan gran regalo es para tu vida que te pone a prueba por partida doble, siempre en la distancia: primero tienes que quererla; cuidarla día a día, con paciencia, sacrificio e ilusión. Después, cuando parece que lo difícil ya ha pasado, llega un reto mucho más titánico: quererla de un modo todavía más verdadero; hacer de tripas corazón, no interponerte egoístamente entre ella y sus decisiones. Y perdonarla.

Ángeles de la guarda. He tenido la increíble suerte de encontrarme con decenas de ellos. Casi todos son mujeres (¡menos mal!), con ese sexto sentido tan fascinante, esa ternura que a veces comparten desinteresadamente y que hace la vida más cercana al paraíso. Además, ya que uno no puede engañarse diciendo que pertenece a “este” lugar, ni a “este” grupete de amigos, ni a “este” puesto de trabajo… Por lo menos puede decir que pertenece a estos ángeles que le han iluminado el camino. Y las fronteras espacio-temporales se vienen abajo de un plumazo. Que venga Einstein y lo vea. Porque algunos ángeles son esporádicos, otros constantes, otros vuelven años más tarde y te das cuenta de que los echabas de menos.

Sin embargo, el post de hoy va dedicado a cuatro personas concretas que están, por así decirlo, en otra categoría.

Archipiélagos de sinceridad.

Cuando compré el libro Brújulas que buscan sonrisas perdidas, de Albert Espinosa, venía de regalo un cartón con cuatro pins. Cada uno de ellos era distinto; con un dibujo, con líneas discontinuas, con formas inexplicables. Pero en todos aparece escrito “Archipiélago de sinceridad”.

Aunque se trataba de un mero objeto de merchandising (supongo que más dirigido a adolescentes o a herois romàntics)decidí tomarme en serio la propuesta de elegir a estas cuatro personas. Lo pensé con detenimiento. Conocidos con los que te llevas bien hay cientos. Amigos hay bastantes. Amigos muy amigos, unos cuantos, gracias a Dios. Personas con las que eres sincero, Déu n’hi do, oi?, que diría Capri. Pero si sólo puedo tener cuatro archipiélagos de sinceridad…

Hoy, tras más de un año, ya los he adjudicado. No coinciden con mis mejores amigos. Ni con las personas con las que hay más feeling. Ni siquiera con los que me veo más; de hecho, los veo en contadas ocasiones. Son más bien personas que han pasado por mi vida en un momento dado como un huracán de humanidad que me empuja un poquito más hacia mi destino y ahí quedan, para cuando les necesite.

Esos cuatro pins ya no están en mis manos, sino desperdigados por el mundo. El portador de cada uno de ellos sabe que es, de algún modo, importante para mí, y casi diría que tiene una cierta responsabilidad; no es una condecoración gratuita.

El primer archipiélago es un amigo que apareció de la nada. Su infrenable inquietud le hizo buscar y buscar hasta que se topó con un grupo en el que estaba yo. Ese día no lo sabía, pero iba a ser uno de mis mejores amigos. Encara que de vegades et pensis que no et prenc en serio, no sé què faria si no fossis aquí per mirar de posar disciplina a la meva vida. Tot el que em sobra d’emocional tractes, humilment, d’equilibrar-ho amb el teu seny. Amb paciència, amb pregària, amb diligència. Cuidant les paraules, però sense estalviar-me cap esbroncament ni cap ironia constructiva. Gràcies per abraçar-me el primer dia de l’any, quan se suposa que tot és esperança però jo estava enfonsat en la foscor. Gràcies per saber mirar una miqueta més enllà que la resta. Gràcies, encara que no volies que t’ho escriguís perquè et fa cosa pensar que depenc de tu d’alguna manera, i perquè tot aquest rollo no et va gens. Gràcies.

El segundo archipiélago de sinceridad es para otro amigo que vive a cientos de kilómetros, lo cual no es un problema; cuando algo es verdadero rompe las distancias. Vive en el centro de la península, aunque actualmente un poco más lejos; le depara un gran futuro profesional. Gracias por abrirme tantas veces las puertas de tu casa y tu corazón, aun cuando yo no lo merezco. Por indicarme cuándo me estoy equivocando arriesgándote a que me lo tome mal. Por perdonarme con un abrazo cuando, en efecto, me equivoco. Por preferir decirme las cosas a la cara, aunque tengas que pegarte un viaje de media hora en coche, porque el whatsapp es una mierda y el silencio siempre es el último recurso de una persona tan valiente como tú. Por los ratos de chapits en el parque tomando un helado. Por tu lealtad a la vida y a la verdad, con la paciencia que ello implica. Por animarme a jugármelo todo, aun a riesgo de perderlo. A vivir de una pieza. A “coger la vida por los cojones”, como te gusta decir. Por abrazarme el día de mi cumpleaños hasta que se me secaron las lágrimas. Gracias, amigo.

Tercer archipiélago. Viví contigo tres años y siento no habértelo dado antes, pero no era el momento. El otro día llegué a la conclusión de que merece la pena deberle al banco lo que le debo para haber ganado un amigo como tú (aunque no vayas a ayudarme a pagarlo, cabrón!). Cien veces más listo, más ordenado, más maduro, más disciplinado. Cien pasos por delante en tantos y tantos ámbitos de la vida: la amistad, la profesión y, sobre todo, el conocimiento de la incomprensible mentalidad de las mujeres. Pero ambos con la misma exigencia de que la vida sea apasionante; por eso somos amigos. Gracias por brindarme tus consejos entre jarras del Montaditos y gintónics caseros y por compartir tantas canciones y pizzas (y fajitas) durante la carrera. Por responderme con días de retraso a cuestiones de vida o muerte que te pregunto de repente. Y por dejarme la bici aunque después te haga ir a buscarla a la uni. Y por dar por hecho que en mi casa tendrás sitio para dormir. Un fuerte abrazo, Tito. Nos veremos muy pronto.

Por último, un ángel-archipiélago que, mientras sobrevolaba Barcelona, me concedió la alegría de reposar su mirada en mí. Mucha gente se sorprende cuando le digo que quedaré contigo un día de estos. “Ah, ¿pero te llevas con ella?”, me dicen. Y entonces sonrío y respondo: “Bueno… Casi nada”. Pero sé por qué te he dado a ti ese pin. Y es porque no sé cómo haces para irradiar esta sencillez y estas ganas de vivir. Por favor, no dejes de hacerlo jamás. El mundo lo necesita. Tampoco sé cómo lograste ser, hace dos años y sin apenas conocerme de nada, la única que en cinco minutos supo mirarme a los ojos y hacerme escupir el dolor que me esforzaba en llevar por dentro. Hiciste brotar la ternura y el agradecimiento de un corazón que estaba tancat a pany i clau. No lo entiendo, pero me encantaría llegar a tener una mirada como la tuya. Ser un faro para los demás como el que eres tú. Dar abrazos como los que das tú, tan verdaderos, tan reconfortantes. Aunque sigamos hablando una vez cada año y medio, o cada dos, o cada tres. No es el exceso de comunicación lo que construye una amistad. Lo que nos vemos es más que suficiente, porque con personas como tú el tiempo no pasa. Y si pasa, pasa tan despacio que es fácil cazarlo a tiempo. Gracias, amiga.

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