Noche 19: El día de las rosas rojas

Hay imágenes de la vida cotidiana que, de por sí, suscitan una historia. Hoy comparto con vosotros una foto que tomé el 10 de diciembre de 2013. Fue en el Metro de Madrid, en la parada, si no me equivoco, de Plaza España. Hay un tramo inmenso de escaleras mecánicas. Yo bajaba por ellas. Y en el minúsculo rellano que separaba un tramo del otro (menos de tres pasos de longitud) había una rosa roja. Tirada en el suelo e ignorada por todos. No pudo menos que suscitarme curiosidad, a mí, que ando tan curtido en la sensibilidad hacia las rosas rojas desde que leí El ruiseñor y la rosa, de Oscar Wilde. Ese día decidí que iba a dedicarle un relato. Aprovecho que ayer fue Sant Jordi, el día de la rosa y el libro para nosotros, los catalanes. La historia, eso sí, sucederá en Madrid, ciudad a la que, en fin, tarde o temprano habrá que regresar. Sin embargo, ¿qué clase de historia puede terminar con una rosa roja tirada en el Metro de Madrid, donde puede ser pisoteada y despreciada por el más vil de los transeúntes que pasan por allí cada día? Respuesta obvia: una tragedia. Un dramón de amor no correspondido, de una chica que no aceptó la rosa que un chico, enamorado con locura, le trajo tras recorrer cientos de kilómetros esperando alegrarla con el regalo. Pues no, amigos. Hay que renovarse. Hay que tratar de mirar con mejores ojos y con un poco más de esperanza. Intentaré hilar, sobre la marcha, bajo esta fotografía, una historia distinta. Y la escribiré escuchando el último disco de Els Amics de les Arts; cómo no hacerlo después de encontrármelos de sorpresa el día de Sant Jordi. 

Rosa RojaElla había tenido un día horrible. Atravesaba uno de esos momentos de absoluto cinismo con respecto a la raza humana, y en concreto hacia el sexo masculino.

Eran ya casi las doce de la noche; ya terminaba el día. Ella había estado paseando por Plaza España, un poco deprimida al ver que sí había personas en la capital que celebraban el día de Sant Jordi, que es como el día de los enamorados pero con un poco más de poesía. Chicas un poco más afortunadas que ella, pensaba. Incluso la famosa tienda 8 1/2, la Meca de los madrileños adictos al cine, había querido ornamentar su escaparate con el póster de una película en el que salía una rosa roja. En fin. Tocaba descender al submundo madrileño, meterse en la cama y tratar de olvidar cuanto antes tan improductiva jornada.

Introdujo el pequeño billete acartonado y, justo cuando iba a atravesar las puertas de seguridad, un chaval aprovechó para colarse detrás de ella. Eso sí que no. Con ella no se jugaba.

– ¿Eres imbécil?

El chico se la quedó mirando. “Bien”, pensó ella. “En la lucha visual nadie me ha vencido aún”. Sin embargo, el chico tenía los ojos de un color difícil de describir. Eran entre verdes y marrones, con algún pincelazo azul. Ella desvió la mirada enseguida.

– El próximo día cómprate tu billete. No se puede ser tan tacaño, que sólo son dos euros.

– Soy tacaño porque soy catalán.

El chico le guiñó un ojo. Ella ni siquiera esbozó una sonrisa.

– Jo també sóc catalana, simpàtic. Au, que vagi bé.

Ella apretó el paso hasta las escaleras mecánicas. El chico la siguió y se puso detrás de ella.

– ¿Sabes por qué no he comprado el billete?

– A ver.

– Prefería invertir el dinero de otra forma.

Y dicho esto, el chico sacó de la mochila que llevaba una preciosa rosa roja. Ella no pudo evitar ruborizarse hasta sonreír. Jaque mate.

– Es para ti.

Ella tomó la rosa. No se lo podía creer.

– ¿Para mí? Venga ya… En la mochila llevas más rosas, seguro.

– No.

– Sí.

– No. Y no me has preguntado mi nombre aún.

– Dímelo si quieres.

– Me llamo Jordi. Tú no me conoces, pero cuando termine de pagarme la universidad voy a casarme contigo.

Ella se quedó de piedra. Estaba a punto de dar la réplica, pero él se le adelantó. Le acarició la mejilla. Ella cerró los ojos. Se sentía en el séptimo cielo.

Ella sintió el roce de la nariz del chico con la suya. Después, poco a poco, de sus labios con los de él. El beso fue rápido, intenso y, no sabía por qué, verdadero. Ella seguía con los ojos cerrados. Soltó la rosa y levantó sus dos manos, buscando el rostro de él. Palpó el aire, y no halló otra cosa que, precisamente, aire. Abrió los ojos.

El chico estaba bajando las escaleras mecánicas a todo correr. Ella reaccionó a tiempo y corrió tras él. Y corrieron, uno detrás del otro. Y llegaron al andén. Y el chico se subió a un metro que estaba a punto de cerrar sus puertas. Y, en efecto, se cerraron las puertas. Y el chico se alejó.

Cuando ella llegó a casa, se encerró en su habitación. No comprendía nada de lo que había sucedido. O no lo comprendió hasta que se palpó el bolsillo del jersey de cuello alto que llevaba. No podía ser…

Un papel arrugado. Lo desplegó a todo correr y lo leyó.

A la misma hora, en el mismo lugar. Confía en mí.
Feliz día de las rosas rojas.

Otro gilipollas que jugaba con ella. No era la primera vez que le prometían una felicidad que no estaban dispuestos a darle. Así que tiró el papel a la papelera y trató, con los días, de olvidar lo que había sucedido. De vivir como si no hubiera ocurrido.

Varias semanas después, ella volvía a bajar las escaleras mecánicas de Plaza España. Obviamente, no pudo no recordar aquel extraño encuentro. Y cuál fue su sorpresa cuando comprobó que la rosa roja seguía ahí, en el lugar en el que el misterioso chico la había besado.

La chica, llena de curiosidad, no pudo evitar preguntarle a un empleado del Metro Madrid:

– Perdone… ¿Cada cuánto limpian las instalaciones de esta estación?

– Todos los días señorita. ¡Sólo faltaba!

El empleado sonrió, ufano.

Y ella decidió hacer caso al chico que, en cinco minutos, le había robado el corazón. Y siguió pasando por allí, todos los días sobre la misma hora, durante mucho, mucho tiempo. Siempre con la misma esperanza, con la misma sonrisa en los labios. Y es que, por fin, estaba entendiendo que la paciencia y el sacrificio no quedaban excluidos de la aventura del amor. Al contrario. Vivió con ilusión un día tras otro, durante un año entero.

Hasta que le volvió a ver, al año siguiente. Fue el día de las rosas rojas. Por fin.

El amor es el dolor de vivir lejos del ser amado.

Anónimo

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