London #2: Rembrandt, embalsamado en la National Gallery

Por fin he podido disponer de unas cuantas horas para perderme por la National Gallery. Es una auténtica pasada; uno sale con una idea mucho más nítida de qué es el hombre y qué ha sido durante tantos y tantos siglos. En qué ha cambiado (cultura, costumbres, modos de expresión) y en qué sigue absolutamente intacto (necesidad de amor, dolor, bondad, corrupción, poder, esclavitud, cuerpo, alma, pasiones, ideales). Por mencionar algunos temas, he disfrutado especialmente de las pinturas que narran viejos mitos y leyendas de la antigua Grecia: la huída de Ulises tras cegar al Cíclope, Venus venciendo con su feminidad al dios de la guerra, Marte y, sobre todo, el cuadro de Narciso y Eco, pintado por Claudio de Lorena. Ya sabéis: los mitos que seguimos encontrando hoy en literatura, cine y tele.

Además, el librito del que me acompaño proponía un recorrido por la vida de Cristo a través de cinco cuadros: desde el nacimiento de Jan Gossaert hasta la cena en Emaús de Caravaggio, pasando por la crucifixión del célebre Rafael.

Sin embargo, sólo quiero compartir uno que me ha llamado especialmente la atención. Bueno, en realidad son dos. Dos autorretratos de Rembrandt.

Primer autorretrato. 1640. Rembrandt con 34 años.

Tras contraer un provechoso matrimonio, nos mira desafiante, imponente, incluso soberbio, pues la pose en la que se retrata es la misma que, por ejemplo, este artista retratado por el mismísimo Tiziano. Un hombre en prosperidad, con una prometedora vida por delante.

Segundo autorretrato. 1669. El artista tenía 63 años.

Un hombre al que el tiempo le ha pesado. El retrato de Dorian Gray, pero sin el factor mágico sobre su propietario. En el caso de este artista, su mujer, su hijo y su compañera de toda la vida ya habían muerto. Y él estaba en bancarrota. De hecho, los rayos X revelan que, al principio, se había pintado con un pincel entre las manos, pero por algún motivo decidió quitarlo. ¿Quiso mostrarse esta vez como hombre en vez de como artista?

La comparación de estos dos cuadros me ha hecho vibrar. Qué implacable es el tiempo, qué ingenuos y soberbios somos unas veces, qué despistados otras. Cada decisión que tomamos, desde la más nimia, es irrevocable. ¿Cuál será nuestra mirada dentro de cincuenta años?

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