“El amor o la fuerza del sino”, de Chesterton

Hace unos meses leí un libro de estos que corren por casa: El amor o la fuerza del sino, una compilación de escritos de Chesterton relacionados, sobre todo, con los temas que orbitan alrededor de la idea de la familia: la maternidad, la educación, las tradiciones, la fe, la Navidad, el feminismo, el sexo, etc. 

Había leído algo de Chesterton con anterioridad (además de cientos de sutiles citas), así que tenía ganas de adentrarme en un libro más periodístico que literario, bastante denso de leer, según me habían advertido.

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En su día marqué varias páginas por reflexiones que me llamaron especialmente la atención. ¿Por qué? Porque Chesterton me hacía ver que son de una lógica aplastante. Y lo llamativo es que van totalmente a contracorriente del pensamiento único del mundo occidental en este siglo XXI. Un zasca tras otro. Una auténtica delicia. Rescato aquí algunos de estos fragmentos:

Por un lado, sobre la “verdad eterna” que subyace bajo las cosas que se han criticado por ser de una determinada manera o por ser de la manera contraria. Como es el caso de la fe cristiana:

Todos los clásicos más grandes del arte son un reproche a la extravagancia, no en una dirección, sino en todas. La figura de una Venus de Grecia es un reproche a las mujeres gordas de Rubens, pero también a las mujeres delgadas de Aubrey Beardsley. Del mismo modo, la fe cristiana, que en sus primeros años luchó contra los maniqueos porque no creían en nada sino en el espíritu, tiene ahora que luchar contra los maniqueos porque no creen en nada sino en la materia. (…) He aquí una prueba comprensiva y sencilla: si oímos que algo es acusado de ser demasiado alto y demasiado corto, demasiado malo en un sentido y también en el opuesto, puede uno estar seguro entonces de que es algo muy bueno.

Últimamente he conocido a mucha gente partidaria de esta nueva religión “instrospectiva”, según la cual “la verdad se encuentra dentro de mí, en mi conexión con el universo”. En primer lugar, me sorprendería que el universo, con todos sus planetas y leyes invisibles, tuviera el más mínimo interés en estar relacionado conmigo. Y Chesterton le da la vuelta exactamente en la dirección adecuada.

El diablo puede citar la Escritura para sus propios fines; y el texto de la Escritura que ahora cita más usualmente es “El reino de los cielos está dentro de vosotros” (…) El texto que debe darse como respuesta es aquel que declara que nadie puede recibir el reino si no lo recibe como un niño pequeño. (…) Pero el espíritu de un niño no está obsesionado por lo que tiene dentro. De hecho, la primera señal de poseerlo es que uno se interesa por lo que está afuera. (…) Podríamos decir que la gran ventaja de tener el reino dentro es que lo buscamos afuera, en alguna otra parte.

A continuación, una breve reflexión, muy curiosa, sobre algo tan banal y tan dado por hecho como es celebrar un cumpleaños:

El primer hecho sobre la celebración de un cumpleaños es que es una manera de afirmar que estar vivo es algo bueno. (…) Al alegrarme por mi cumpleaños, me alegro de algo que yo mismo no me encargué de llevar a cabo.

Más adelante, el libro empieza abordar las paradojas de los tópicos sobre la educación de los niños, hoy que está tan de moda sobreprotegerlos de las formas más extravagantes. Por ejemplo, con los juguetes que representan armas:

Consideremos el caso del juguete peligroso: la primera verdad, y la más evidente, es que de todas las cosas que un niño ve y toca, el juguete más peligroso es poco más o menos la cosa más peligrosa. (…) El niño puede quemarse en la chimenea, puede hervir en el baño, cortarse la garganta con un cuchillo, atragantarse con cualquier cosa pequeña… Juega todo el día en una casa equipada con instrumentos de tortura como los de la Inquisición española. Y mientras baila así a la sombra de la muerte, tiene que ser rescatado de todos los peligros que hay en la posesión de un trozo de cuerda atado a una rama [el arco y las flechas]. (…) Las armas tienen dos vertientes según se invoquen para infligir un mal o para desafiarlo. Tienen también un elemento de verdadera poesía y un elemento de prosa realista y por tanto repugnante. La espada y el arco simbólicos del niño son sencillamente la poesía sin la prosa, el bien sin el mal. La espada de juguete (…) es el alma de la espada que nunca será teñida en sangre.

Aquí una de las mejores, que me hubiera gustado salir a leer en todos los debates que están habiendo de cara a las elecciones del 20D, tan centrados en la defensa de la dignidad de la mujer.

La gente progresista está constantemente diciéndonos que la esperanza del mundo está en la educación. La educación lo es todo. Nada es tan importante como instruir a la nueva generación. Nos lo dicen una y otra vez, con ligeras variaciones de la misma fórmula, y nunca parecen darse cuenta de lo que implica. Porque, si hay una gota de verdad en todo este hablar de la educación del niño, entonces no hay nada más que insensatez en el noventa por ciento de lo que se habla sobre la emancipación de la mujer. Si la educación es la función más elevada del Estado, ¿por qué desearía alguna persona ser emancipada de la función más elevada del Estado? Es como si habláramos de conmutar la sentencia que condenaba a un hombre a ser Presidente de Estados Unidos. Si la educación es la cosa más grande del mundo, ¿qué sentido puede tener hablar de una mujer siendo liberada de la cosa más grande del mundo? (…) Si la educación es realmente el asunto de mayor relevancia, entonces con toda seguridad la vida doméstica es la de mayor relevancia.

Poco después comienza a abordar el tema del divorcio, sus leyes y los argumentos de los que tan obsesivamente promueven su elasticidad.

Estos escritores [modernos] están siempre explicándonos por qué creen en el divorcio. Me parece que entiendo con facilidad por qué creen en el divorcio. Lo que no entiendo es por qué creen en el matrimonio.

Cuando aborda el tema de la posición de los católicos respecto al matrimonio y la sexualidad (cuyo enorme y obtuso tópico se resumiría en “el sexo sólo debe practicarse para tener niños”), concluye:

Lo que sí es un hecho es que el agnóstico moderno sabe menos sobre el católico moderno de lo que quizá sepa sobre el sacerdote más salvaje de los cultos fálicos prehistóricos.

En un momento dado, Chesterton habla del sexo como una puerta a un mundo nuevo, que es el de la procreación y, por tanto, el de la familia. Contra esto se oponen, evidentemente, los grandes defensores del “amor libre”. He aquí la triste realidad:

Es obvio que el “amante libre” es sencillamente una persona intentando la idea imposible de tener una serie de lunas de miel sin una sola boda. Se dedica a construir una larga galería que consiste en un montón de puertas sin que haya una casa al final de ninguna de ellas.

Ya para terminar, una que me ha parecido sencillamente fulminante. Sobre todo por estos días, en los que Barcelona ya está preparándose para la Navidad (o fiestas de invierno). Luces, música y alegría sugerida en todos los rincones. Igual que en las bodas.

Es bien lógico que haya pompa y gozo en una boda; si una persona no está orgullosa de casarse, ¿de qué podrá enorgullecerse? ¿Y por qué se empeña entonces en casarse? Pero en casos normales, todo este jolgorio que se organiza está subordinado al matrimonio porque existe “en honor” del matrimonio. Fueron a ese lugar a casarse, no a alegrarse; y se alegran porque se han casado. (…) De manera parecida la gente está perdiendo el poder gozar de la Navidad porque la han identificado con el regocijo. (…) Que se nos diga que nos alegremos el día de Navidad es razonable e inteligente, si se entiende el nombre de la fiesta o al menos si se mira la palabra. Que se nos diga que nos alegremos un 25 de diciembre es como si alguien nos dijera que nos alegremos a las once y cuarto de un jueves por la mañana. (…) El resultado de desechar el aspecto divino de la Navidad es pedir a los ciudadanos que iluminen la ciudad por una victoria que no ha tenido lugar.

En resumen, observo con tristeza la superficialidad y, por tanto, ignorancia, en la que nos estamos adentrando a un ritmo tan vertiginoso. Tal vez algún día echemos la vista atrás y tratemos de averiguar a qué se refería Antoni Gaudí cuando afirmaba que “ser original es volver al origen“.

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