Noche 20: Bella rosa de primavera

Comencé la sección de las 1001 noches con la intención de escribir 1001 relatos cortos en un período aceptable de tiempo. Me avergüenza comprobar que han pasado nada menos que dos años, exactamente dos, desde el último relato. También fue un día de Sant Jordi. Y también hablaba de rosas rojas. El tiempo se nos escapa por la izquierda, y si uno se para a respirar parece que ya le pierde de vista. Esperando poder retomar pronto las 1001 noches, esta vez me inspiro en un canto alpino que he aprendido este año, Belle rose du printemps. Como siempre, escribiré el relato escuchando la canción, así que bastante sobre la marcha. 

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Solían coincidir todos los jueves, sobre las ocho de la tarde, en el segundo vagón del tren del Vallés. Exactamente, entre las estaciones de Valldoreix y Provença. Jordi no se cansaba de observarla, semana tras semana: ella estaba siempre sentada en el mismo asiento, siempre con su amiga al lado. Siempre estaban ahí las dos, como si fueran parte del vagón. Jordi ni siquiera sabía en qué estación se subía o en cuál se baja del tren: de ahí que le rodeara aquella áurea de misterio y, por consiguiente, que la curiosidad del joven barcelonés fuera creciendo exponencialmente.

Cuando Jordi tenía ocasión, se sentaba junto a ella, con un poco de suerte enfrente de ella. Cuando no, se tenía que conformar con estar de pie, asido de la barra de metal, observándola de reojo. Siempre la observaba. Y nunca fallaba: ella estaba siempre con un libro en el regazo, leyéndolo con tal pasión que se diría que acariciaba las palabras al mismo tiempo que su mirada las sobrevolaba. Y era hermosa: cabellos rubios y largos, por debajo de los hombros. Algunos de ellos eran oscuros, pero se integraban con estilo en el conjunto y daban la sensación de ser una cabellera con personalidad propia. Su sonrisa era dulce, y sus mejillas siempre se encontraban modestamente sonrosadas. Este último detalle no era difícil de acusar, ya que el color de su piel facilitaba la detección de cualquier clase de contraste cromático.

Jordi regresaba a casa todos los jueves pensativo. Con pocas ganas de hablar. Cuando se iba a dormir, pensaba que era absurdo sentir algo por una persona que no conocía de nada. Sin embargo, comenzó a tomarse en serio dicha admiración cuando ella empezó a aparecérsele en sueños. No la clase de sueños que uno podría aventurar a suponer, sino más bien sueños extraños, en los que ella leía en voz alta, con el sonido de los ángeles, toda una colección de hermosos poemas del Renacimiento.

Esta obsesión empezó a crecer de tal forma que a Jordi no le quedó más remedio que tomar una decisión y pasar a la acción.

El jueves siguiente, día 23 de abril, Jordi permaneció sentado cuando las puertas se cerraron en Provença. “No le queda otra que bajar en Plaça Catalunya”. Aquel día, además, se dio la casualidad de que ella estaba viajando sola, sin su inseparable compañera de viaje al lado.

Las puertas se abrieron en dicha estación, que era y sigue siendo el final de la línea. Todos los pasajeros fueron saliendo caóticamente por ambos lados del tren, pero ella seguía sentada, leyendo, totalmente absorbida por su libro. Tanto, que Jordi comenzó a preocuparse, ya que en menos de dos minutos el tren reemprendería el camino en dirección opuesta.

Todo, absolutamente todo, parecía indicar un único camino a recorrer.

– Perdona…

Ella, por lo visto, no se dio por aludida. Jordi se armó de valor y le dio un golpecito en el hombro.

– Oye… Estamos en Plaça Catalunya, creo que tienes que bajarte aquí… Bueno, supongo, porque…

Pero no pudo terminar la frase, ya que un pequeño detalle acababa de llamar su atención. Por primera vez, tras tantas semanas, Jordi cayó en la cuenta. No había letras en el libro que ella estaba leyendo.

Antes de que Jordi fuera consciente de las consecuencias que su descubrimiento comportaba, ella rompió el silencio.

– ¿Me ayudas?

Y extendió el brazo. Jordi asimiló lo que debía hacer y, aún con cierta conmoción, le ofreció el brazo y la guió a lo largo del andén. Paso a paso, muy despacio. Temblando.

Cuando llegaron arriba, su compañera la estaba esperando. La inseparable compañera que aquel día no había viajado con ella.

– ¡Maite! Estoy aquí… -y dirigiéndose a Jordi:- Muchas gracias por acompañarla.

Maite soltó el brazo de Jordi y se agarró al de su amiga. Pero antes de irse, extendió el libro a Jordi.

– Muchas gracias. Esto es para ti. ¡Feliz día de Sant Jordi!

Y él aceptó el regaló. Y la vio alejarse por los ajetreados pasillos de la estación. Y permaneció inmóvil durante varios segundos. Y cayó en la cuenta, cayó en la cuenta cuando un vendedor ambulante de rosas pasó por delante de él.

– ¿Quiere comprar una rosa, amigo?

Por supuesto que sí. Y se fue corriendo, con la esperanza de encontrarla a tiempo.

Las espinas de la vida se trocarán en flores para toda la eternidad.

Don Bosco

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