“El gran divorcio” de C.S. Lewis

En una de mis incursiones en la Biblioteca Jaume Fuster de Plaça Lesseps decidí que no iba a irme sin haber encontrado algún libro de C.S. Lewis que llevarme conmigo. Es uno de esos escritores que saben acercarse a la verdad de las cosas a través de recursos como la ironía o la paradoja, una de esas personas que, por algún motivo, ha llegado a alzarse como una autoridad en multitud de asuntos, haciéndolo, además, con una voz que suele llevar la contraria al “sentir común” sobre dichos temas.

Cuando viví en Londres leí Cartas del Diablo a su sobrino, fue una grata sorpresa. Tiempo atrás, en la universidad, también había leído algunos fragmentos de Mero cristianismo. Admito que siento gran debilidad por este tipo de libros, de filosofía y pensamiento, mientras que me da cierta pereza sentarme a leer obras de ficción (Las crónicas de Narnia) de estos mismos autores. 

Buscando en la biblioteca, el título El gran divorcio me pareció, cuando menos, prometedor en manos de un autor de su estatura. Y más cuando, en la contraportada y en el prólogo, ya se desvela quiénes son los cónyuges de dicho divorcio; el Bien y el Mal, nada menos. En el prólogo de José Luis del Barco se plantea el problema de la unión entre bien y mal. Lewis dice que la raíz del problema está en la creencia “de que el simple progreso (…) convertirá de algún modo el mal en bien”.

La situación que plantea el libro es aparentemente muy simple. Unos seres habitantes del pueblo gris hacen una excursión de un día en un autobús volador que les lleva hasta una meseta luminosa, habitada por “espíritus luminosos”. Durante la visita tendrán lugar distintos encuentros y, sobre todo, desencuentros, entre los procedentes del pueblo gris (el purgatorio-infierno, según cada uno) que han llegado en el autobús (la gracia) y los espíritus luminosos (los que han llegado al Paraíso), ya que la meseta luminosa está compuesta de unas materias que no son compatibles con los cuerpos de los hombres grises; es necesaria una conversión muy, muy ardua.

Evidentemente, toda la gracia que puede tener esta lectura depende de no perder de vista la constante metáfora que Lewis va planteando a través de situaciones y diálogos. Intento rescatar algunos de los fragmentos que más me han gustado.

Hay prejuicios obstinados y fraudes intelectuales… Seamos francos. Nosotros no formamos nuestras opiniones honestamente; sencillamente nos hallábamos en contacto con cierta corriente de opinión y nos sumergimos en ella porque parecía algo moderno y auguraba grandes éxitos.

Hay un diálogo sobre la búsqueda (ya sea científica o espiritual) y el vértigo que produce, paradójicamente, el pensar que algún día se pudiera alcanzar la respuesta definitiva.

– […] Viajar esperanzadamente es mejor que llegar.

– Si eso fuera verdad, y se supiera que lo es, ¿cómo podría viajar alguien esperanzadamente? No habría nada que esperar.

– Pero usted mismo notará que en la idea de finalidad hay algo sofocante, ¿no es cierto? ¿Hay algo que destruya más el alma que el estancamiento?

– Usted cree eso porque hasta ahora ha experimentado la verdad sólo con el intelecto abstracto. Yo le llevaré donde pueda saborearla como la miel […]. Su sed quedará saciada. […] Escuche. Una vez fue usted niño. Hubo un tiempo en que usted sabía para qué servía la investigación. Eran tiempos en que hacía preguntas porque quería respuestas y se ponía contento cuando las hallaba. Hágase de nuevo niño.

Respecto a las almas perdidas:

Milton tenía razón […]: “Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo”. Hay algo que insisten en mantener incluso al precio del sufrimiento. Hay algo que prefieren a la alegría, es decir, a la realidad. Podéis ver algo parecido con el niño mimado, que prefiere no cenar ni jugar a decir que se arrepiente y reconciliarse con sus amigos. Llamáis a eso mal genio. Pero en la vida adulta tiene cien nombres primorosos: venganza y dignidad herida, amor propio y grandeza trágica…

Y más adelante, sobre la posibilidad de que un “alma salvada” rescate a un “alma perdida”:

– Uno habría esperado de ellos una caridad más agresiva.

– […] Todos nosotros hemos interrumpido el viaje y desandado distancias inconmensurables para bajar hoy aquí, por si existía la oportunidad de salvar a algún Fantasma. […] A los cuerdos no les haría bien volverse locos para ayudar a los dementes.

– ¿Y qué pasa con los Fantasmas que no han conseguido subirse al autobús?

– Todo el que lo desea sube al autobús. […] No hay más que dos clases de personas, las que dicen a Dios “hágase tu voluntad” y aquellas a las que Dios dice, a la postre, “hágase tu voluntad”. […] Ningún alma que desee en serio y lealmente la alegría se verá privada de encontrarla. Los que buscan, encuentran.

Para hacer un pequeño paréntesis, dejo aquí frase que me resultó muy cómica, describiendo a una mujer que intentaba “seducir” a las almas salvadas y “se había vuelto incapaz de entablar una conversación si no era como medio para ese fin”. La frase me parece brutal:

Si un cadáver en descomposición se hubiera levantado del ataúd y se hubiera pintado las encías con lápiz de labios intentando un coqueteo, el resultado no hubiera sido más sorprendente.

Una de las paradojas que más me ha llamado la atención, respecto a ese dualismo entre creer y predicar o entre creer e investigar:

Ha habido hombres que se tomaron tanto interés en demostrar la existencia de Dios que llegaron a desinteresarse completamente de Dios… ¡Como si el Señor bueno no tuviera otra cosa que hacer que existir! Ha habido hombres tan ocupados en difundir el cristianismo que nunca han pensado en Cristo.

He conocido a algunas personas a las que el siguiente párrafo, por desgracia, describe a la perfección. La clase de personas que, por creer que han tenido la vida más dura posible, han renunciado ya a “subirse al autobús” y todos sus esfuerzos se concentran en hacer que los otros se bajen. O, simplemente, las personas que decidieron echarse a perder y ya han perdido, incluso, la humildad de admitir su estado actual.

Nos encontramos a algunos Fantasmas que se habían acercado extraordinariamente al cielo con la única finalidad de hablar del infierno a los seres celestiales. […] Algunos de ellos querían contar anécdotas de pecadores célebres de todas las épocas […] pero la mayoría parecía pensar que el mero hecho de haber urdido por sí mismos tanta desgracia les daba cierta superioridad. “¡Has llevado una vida segura! No conoces el revés de la medalla, nosotros te lo enseñaremos”. […] Carecían de curiosidad por el país al que habían llegado, y rechazaban cualquier intento que alguien hiciera de enseñarles. […] El curioso deseo de describir el infierno resultó ser la forma más suave de una apetencia común entre los Fantasmas: el deseo de extender el infierno, de introducirlo enteramente, si pudieran, en el cielo.

Aquí una que me incumbe especialmente. Habla de unos de los vicios que siempre he detectado en mi profesión -el cine- y en las artes en general; el regodearse en todas las posibilidades del medio y dejar de tratar de descubrir la verdad. Pero mejor le cedo la palabra a Lewis:

Los poetas, los artistas, los músicos, salvo excepciones, pasan de amar las cosas de las que hablan a amar el decir mismo, hasta que, abajo en el infierno, se vuelven incapaces de interesarse por Dios en sí mismo; su único interés pasa a ser lo que dicen sobre Él. […] Todos se degradan cada vez más, se interesan sólo por su personalidad, por su reputación y nada más.

Y lo que en realidad necesitamos; una cura de humildad.

– ¿Me toparé con Claude, o con Cézanne…?

– Sí, están aquí, se encontrará con ellos antes o después.

– […] Pero tratándose de gente distinguida habrá oído algo.

– No son más distinguidos que los demás. ¿No lo entiende? La gloria se derrama sobre todos y todos la reflejan: como la luz en el espejo. […] Todos son famosos. Son conocidos, recordados y reconocidos por la única Mente que puede hacer un juicio absoluto.

Una de las escenas más dramáticas tiene lugar cuando una madre, llegada de la tierra gris, busca desesperadamente a su hijo. Mantiene un diálogo muy tenso con uno de los espíritus luminosos sobre el amor. Dejo un pequeño fragmento que creo que es bastante representativo:

– ¿Cómo podría alguien amar a su hijo más de lo que yo amé al mío? ¿No he vivido todos estos años sólo por su recuerdo?

– Eso fue un error. […] El ceremonial de dolor de estos diez años: conservar su habitación igual que él la dejó […].

– Eres despiadado, todo el mundo lo es. El pasado era lo único que yo tenía.

– Fue lo único que quisiste tener. Y eso fue un mal camino para afrontar el dolor.

[…]

– El amor, tal y como los mortales lo entienden, no es suficiente. Todo el amor natural brotará de nuevo y vivirá para siempre en este país. Pero ningún amor podrá volver a nacer hasta que no sea sepultado.

[…]

– ¿Exceso de amor decís? Eso no fue exceso, fue defecto. Ella amaba a su hijo muy poco, no demasiado. Si le hubiera amado más, no habría dificultades. Bien podría ocurrir que en este momento exigiera tenerlo con ella ahí abajo, en el infierno. A veces, este tipo de personas parece totalmente dispuesta, con tal de poseerla de algún modo, a hundir el alma de la persona que dicen amar en una desdicha infinita.

Respecto al amor, se produce más tarde otro encuentro entre dos antiguos enamorados. Con esto, Lewis quiere ejemplificar el amor mal entendido como solución para un vacío afectivo.

– ¿Quieres decir que no me amabas de verdad en los viejos tiempos?

– Sólo con una forma pobre de amor. […] Yo te amaba a ti por amor hacia mí misma: porque te necesitaba.

– ¿Y ahora? ¿Ya no me necesitas?

– Por supuesto que no. ¿Qué podría necesitar ahora que lo tengo todo? Estoy realmente enamorada. Estoy llena, no vacía. Amo al Verdadero Amor, no estoy sola. Ahora soy fuerte, no débil. Ven y mira. Ahora no tendremos ninguna necesidad el uno del otro. Ahora podemos empezar a amar de verdad.

Para terminar ya (¡que se me hace tarde!) os dejo con una frase de las últimas páginas sobre la eternidad.

El tiempo es la verdadera lente por la que veis algo que de otro modo sería demasiado grande para que pudierais verlo. Ese algo es la Libertad. […] No podéis conocer la realidad eterna por una definición. El tiempo mismo, y todos los acontecimientos que llenan el Tiempo, son la definición, y la definición tiene que ser vivida.

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