Noche 22: Una decisión irrevocable

Menudo cachondeo de sección. Empecé Las 1001 noches en diciembre de 2012. En seis años sólo he escrito 21 relatos. Seis años. Veintiún relatos cortos. A 3,5 relatos al año, necesito un total de 286 años para completar la sección. Espero que la ciencia abogue en mi favor. Por ahora me enchufo música de suspense random y me dispongo a improvisar un nuevo relato. Veamos qué tal se da.

El brillante reloj de pulsera comenzó la cuenta atrás en modo “cronómetro”. Pistoletazo de salida.

Solomon se incorporó de un brinco. El día acababa de comenzar y no había ni un segundo que perder.

Se desvistió. Se dio una ducha rápida. Bastante fría. Se vistió. Se sirvió el habitual desayuno. Se lo tomó. Prácticamente se lo echó por encima. Reloj: faltaba una hora y cuarto.

Un mensaje de texto a su hermana: “Buenos días!”. Respuesta: “Bon dia!! Hoy es el día D, ¿no? ¿Has decidido ya algo?”. Solomon reflexionó brevemente. “Estoy en ello”.

Salió disparado del modesto edificio de su barrio, en la periferia de Madrid, no sin antes echarse su mochila al hombro.

Metro. Cinco paradas.

Reloj: Cincuenta minutos.

Caminó apresuradamente por la vera del Palacio Real. La ruta que se había marcado para este día daba un poco de vuelta, pero la consideraba del todo necesaria.

Llegó a su destino. Entró y se acomodó en uno de sus asientos.

Se quitó las gafas, se llevó la mano a la frente y reflexionó, en silencio.

En silencio, por fin. Un oasis en medio del ajetreo del día a día.

Pensó en todo lo que tenía que ganar: una vida improvisada e imprevisible. Una dependencia absoluta del instante presente, del día a día. Nuevos lugares, nuevas amistades, nuevas experiencias. Cansancio, fatiga. Tensiones y problemas. Incertidumbre. Un futuro siempre incierto, siempre sobre la marcha.

Trató de imaginarse en esa tesitura. Imploró una señal del Cielo. Una intuición, un leve soplido del viento que le marcara la dirección a tomar.

Ponderó qué había en el otro lado.

Un lugar fijo, estable, en el que echar raíces. Una rutina más o menos cómoda. Un sueldo digno, por lo menos en cuanto que invariable. Una ciudad amigable, llena de ocio y divertimentos.

Una decisión irrevocable.

Reloj: Veinte minutos. Le quedaba poco margen.

No quedaba otra. Sabía de qué parte estaban todos sus amigos. Ellos eran personas razonables. “Una oportunidad así no se puede dejar escapar”. “El problema es que tú lo quieres todo, y eso no se puede tener”.

Empezó a ponerse nervioso. Se sentía perdido, al borde del abismo. Imploró otra señal al Cielo. Nada.

Una vibración. El móvil; una llamada. “Pero aquí no se puede hacer ruido”.

Solomon salió corriendo de la Catedral de la Almudena. Tan pronto como atravesó la puerta, cogió el teléfono, sin dejar de andar con destino a su oficina.

“¿Diga?”. Su hermana. “Mucho ánimo con la reunión!! ¿Te has decidido ya?”

Solomon suspiró con desánimo: “Creo que sí…”.

“¿Y qué vas a decirle?”

“… Lo más lógico”.

Se hizo un silencio que a Solomon se le hizo eterno. Su hermana no era del tipo de personas que interrumpen el habla si no es por una buena razón. Reloj: Diecisiete minutos.

“Bueno… Lo que tú veas”.

Y colgó. Solomon se sobresaltó: no era una actitud muy habitual en ella. De todos modos, siempre había sido un poco cabezota. Y ahora él tenía que centrarse.

Recorrió a paso ligero el camino hasta la oficina. Se plantó en la puerta. Estaba sudando un poco: sacó un pañuelo y se lo pasó por la frente. Reloj: dos minutos. Justo a tiempo.

Sacó las llaves y abrió la puerta. Subió al piso de arriba. Saludó a sus compañeros. Todos le devolvían el saludo, con mirada cómplice; era difícil mantener un secreto en ese lugar.

Solomon se acomodó en la sala de reuniones. Impaciente. Hasta que, a la hora exacta -como era de costumbre- apareció Ramón, el jefe. Se sentó frente a él.

“Bien, Solomon. Vayamos al grano. ¿Has podido considerar la oferta?”

“Sí, en realidad-“

El teléfono de Ramón empezó a sonar. Éste se disculpó, se levantó y salió un momento del despacho para hablar.

Solomon suspiró, con algo de alivio. Seguía al borde del abismo, y estaba a punto de volver por donde había venido. Imploró otra señal al Cielo. Y cogió su móvil. Un mensaje. De su hermana.

Una foto. Su último viaje; él con sus compañeros de aventuras. Un paisaje precioso. Él, ojeras y un aspecto de enorme cansancio. Pero una sonrisa en sus labios. Imborrable.

Solomon miró esa fotografía fijamente. Y levantó la mirada, y repasó de un vistazo la habitación en la que se encontraba, que tan bien conocía: el orden, la pulcritud. La rutina. La seguridad.

Una ligera sonrisa empezó a dibujársele en los labios. Cada vez más grande.

Ramón irrumpió de repente.

“Perdona, Solomon. Sigue, por favor. ¿Decías?”

No sólo son los seres humanos los que son más felices cuando hacen las cosas lo mejor que saben. Todo organismo tiende hacia la autorrealización. Cuando los perros pastores cuidan el ganado es cuando son más felices; en ese momento cambia toda su conducta: se centran y están alerta, tienen un aire orgulloso y se mueven con gracia y finalidad.

Mihály Csíkszentmihályi

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