“Rimas” de Bécquer

Hace ya bastantes años, en el colegio, nos hicieron leer Rimas y leyendas de Gustavo A. Bécquer en clase de Lengua castellana. Guardaba un recuerdo muy grato, así que, cuando me encontré el libro en la Biblioteca Pedro Salinas (cosa que me recuerda que tendría que devolverlo Resultado de imagen de rimas y leyendaspronto para no seguir dilatando la multa), lo cogí entre mis manos sin titubear.

Hasta tal punto me había gustado en su día que me sabía algunos de los “míticos” poemas de memoria. “… Poesía eres tú”, “Por una mirada, un mundo…”, “Volverán las oscuras golondrinas…”. Los míticos, vaya.

Así que me he propuesto dejar aquí transcritas algunas de sus rimas que no sean tan, tan emblemáticas. Voy a tratar de agruparlas por temática. ¡Espero que os guste esta selección! 

La poesía

En el prólogo de Francisco Abad Nebot se recoge un fragmento en el que Bécquer explica qué es ser poeta.

Todo el mundo siente. Sólo a algunos seres les es dado el guardar, como un tesoro, la memoria viva de lo que han sentido. Yo creo que éstos son los poetas. Es más, creo que únicamente por esto lo son. (…) La poesía es en el hombre una cualidad puramente del espíritu; reside en su alma, vive con la vida incorpórea de la idea y para revelarla necesita darle una forma.

En esta línea, la rima V concluye con estas dos estrofas, que inciden una vez más en quién es el poeta:

Yo soy el invisible
anillo que sujeta
el mundo de la forma 
al mundo de la idea.

Yo, en fin, soy ese espíritu,
desconocida esencia,
perfume misterioso
de que es vaso el poeta.

Para terminar con este apartado, aunque éste poema sí es de los “míticos”, he querido incluirlo en esta reseña por el mero hecho de estar relacionado con el tema de la poesía en sí misma. En él, Bécquer habla de la poesía como una cualidad intrínseca de la realidad; mientras haya belleza, o un misterio, habrá poesía, en cuyo caso la tarea del poeta consiste, como dijera Miguel Ángel sobre el rol del escultor, en “secuestrar sobre el papel” dicha esencia.

IV
No digáis que, agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.

Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas,
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista,
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías,
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!

Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista,
mientras la humanidad siempre avanzando
no sepa a dó camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!

Mientras se sienta que se ríe el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore, sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan,
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!

Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran,
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira,
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas,
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!

 

Amor platónico

Con buen romántico, no son pocos los poemas de Bécquer en los que se presenta como poeta errante víctima de un amor platónico. La rima XI me llamó la atención por mostrar de forma diáfana la búsqueda de una mujer tan perfecta que resulta no ser real, el preferir una búsqueda eterna que no termine nunca a una resolución rápida y común. Uno de los tormentos de los poetas románticos.

XI
—Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?
—No es a ti, no.

—Mi frente es pálida, mis trenzas de oro:
puedo brindarte dichas sin fin,
yo de ternuras guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?
—No, no es a ti.

—Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible:
no puedo amarte.
—¡Oh ven, ven tú!

La siguiente rima, más que ser de amor platónico, es de un amor algo contradictorio. Es aplicable a cuando uno se queda prendado de una hermosura y a partir de ese momento sufre el desengaño de comprobar que es una mujer caprichosa, insensible y que, para colmo, no le corresponde. Recuerdo que los versos “antes que el sentimiento de su alma / brotará el agua de la estéril roca” les de los que se me quedó grabado en la memoria cuando lo leí en el colegio. Ya entonces me pareció una comparación muy sugerente.

XXXIX
¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable,
es altanera y vana y caprichosa;
antes que el sentimiento de su alma,
brotará el agua de la estéril roca.

Sé que en su corazón, nido de sierpes,
no hay una fibra que al amor responda;
que es una estatua inanimada… pero…
¡es tan hermosa!

 

Orgullo

Me ha sorprendido darme cuenta de que el orgullo es otro de los temas recurrentes en las rimas de Bécquer. Podemos deducir que el poeta debía de tener cierta experiencia de cómo el orgullo puede destrozar absurdamente una historia de amor. El orgullo entendido como cerrazón que le bloquea a uno la posibilidad de pedir perdón o de hacer alguna concesión a la otra persona. Como consecuencia, el orgullo siempre termina en arrepentimiento. En este poema resulta más que evidente:

XXX
Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.

Yo voy por un camino; ella, por otro;
pero, al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: ¿Por qué callé aquel día?
Y ella dirá: ¿Por qué no lloré yo?

Sin embargo, el orgullo responde a razones que a veces pueden parecer justas. Cuando uno sabe que tiene razón, ¿por qué iba a rebajarse antes el que sabe que no la tiene? Como todo drama humano, el orgullo supone un dilema que tiene que ver con la propia dignidad.

XXXIII
Es cuestión de palabras y, no obstante,
ni tú ni yo jamás,
después de lo pasado, convendremos
en quién la culpa está.

¡Lástima que el Amor un diccionario
no tenga donde hallar
cuándo el orgullo es simplemente orgullo
y cuándo es dignidad!

Una vez la relación de amor se ha visto quebrada, el orgullo continúa siendo una especie de escudo emocional con el que proteger la propia intimidad. ¿Cómo? Por ejemplo, fingiendo estar contento cuando se está hundido. Supongo que todos, en múltiples ocasiones, hemos tenido que hacerlo.

XLIV
Como en un libro abierto
leo de tus pupilas en el fondo.
¿A qué fingir el labio
risas que se desmienten con los ojos?
¡Llora! No te avergüences
de confesar que me quisiste un poco.
¡Llora! Nadie nos mira.
Ya ves; yo soy un hombre… y también lloro.

En la misma línea, la siguiente Rima es cuando el propio poeta decide apostar por la misma estrategia, poniendo en evidencia lo falsa y absurda que es en realidad. “Si ella está contenta, voy a fingir yo lo mismo… Anda, si a lo mejor ella también está fingiendo” vendría a ser el resumen:

XLIX
Alguna vez la encuentro por el mundo,
y pasa junto a mí;
y pasa sonriéndose, y yo digo:
¿Cómo puede reír?

Luego asoma a mi labio otra sonrisa,
máscara del dolor,
y entonces pienso: ¡Acaso ella se ríe,
como me río yo!

 

Desamor

En una compilación de poemas de un poeta romántico no podía faltar el tema del desamor. En este primer ejemplo, el desamor va de la mano del ya comentado orgullo. Cuando uno se sabe la “parte perdedora” de un doloroso desenlace, siempre queda un cierto poso de rabia, muy bien expresado en esta rima:

XXXI
Nuestra pasión fue un trágico sainete
en cuya absurda fábula
lo cómico y lo grave confundidos
risas y llanto arrancan.

Pero fue lo peor de aquella historia
que al fin de la jornada
a ella tocaron lágrimas y risas
y a mí, sólo las lágrimas.

La siguiente rima es una de las que más me ha llegado. De hecho, estuve husmeando por la red y encontré esta versión recitada con efectos sonoros. Me impresionó porque creo que todos podemos tener la experiencia de sentirnos tan, tan, tan lejos del lugar en el que creemos que deberíamos estar que prácticamente desearíamos desaparecer del mundo. Es un sentimiento de incomprendida soledad que puede brotar por muy diversas razones pero, sin duda, el desamor es una de las más frecuentes. Es por eso que me impactó tanto la imploración “¡llevadme con vosotras!”; porque, además del vértigo de saberse tan fuera de lugar, el poeta confiesa el miedo añadido que supone lidiar con este dolor a solas.

LII
Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!

Ráfagas de huracán que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!

Nubes de tempestad que rompe el rayo
y en fuego ornáis las sangrientas orlas,
arrebatado entre la niebla oscura,
¡llevadme con vosotras!.

Llevadme, por piedad, a donde el vértigo
con la razón me arranque la memoria.
¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas!

 

Nostalgia

Otro de los grandes temas que no podía faltar. Siempre ligado al amor o el desamor, a la soledad o a la contemplación, la nostalgia es un sentimiento bellísimo por la incomodidad que suscita en el corazón. En este primer ejemplo, se trata de la nostalgia por los “hermosos tiempos pasados”, que el poeta decide abordar desde una perspectiva más esperanzadora de lo habitual: el día de hoy también será parte de los hermosos tiempos pasados.

LIV
Cuando volvemos las fugaces horas
del pasado a evocar,
temblando brilla en sus pestañas negras
una lágrima pronta a resbalar.

Y, al fin, resbala y cae como gota
de rocío al pensar
que cual hoy por ayer, por hoy mañana,
volveremos los dos a suspirar.

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La siguiente rima tal vez no sea un ejemplo paradigmático de “nostalgia”, pero creo que en cierto modo sí tiene sentido incluirla en esta sección. La nostalgia por vivir con intensidad, en un momento de la vida en el que, afortunadamente, no hay dolor, pero, por desgracia, tampoco hay placer. Es decir; el poeta se siente inmerso en el tedio (“fatiga sin objeto”) y la mediocridad (“hoy lo mismo que ayer”), hasta el punto de añorar el amargo dolor, que le hacía, por lo menos, vivir.

LVI
Hoy como ayer, mañana como hoy,
¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno
y andar… andar.

Moviéndose a compás, como una estúpida
máquina, el corazón.
La torpe inteligencia del cerebro,
dormida en un rincón.

El alma, que ambiciona un paraíso,
buscándole sin fe,
fatiga sin objeto, ola que rueda
ignorando por qué.

Voz que, incesante, con el mismo tono,
canta el mismo cantar,
gota de agua monótona que cae
y cae, sin cesar.

Así van deslizándose los días,
unos de otros en pos;
hoy lo mismo que ayer…; y todos ellos,
sin gozo ni dolor.

¡Ay, a veces me acuerdo suspirando
del antiguo sufrir!
Amargo es el dolor, ¡pero siquiera
padecer es vivir!

 

La muerte

Es el tema que más me ha sorprendido encontrar entre las Rimas de Bécquer. Si por algo es célebre este escritor es por sus poemas relacionados con el amor o la belleza. Sin embargo, como todo hombre, también la muerte suponía un inmenso interrogante para él. En este primer poema, el poeta se pregunta sobre cómo será la hora de su muerte. Le aterroriza imaginarse solo en el momento final de su vida, porque en cierto modo significaría que la ha desperdiciado por completo. Una vida sin haber amado es una auténtica bazofia. Y todavía más sin haber dejado siquiera una huella de amor para nadie. En este momento, el poeta se siente vulnerable, mientras acuden a su mente todas estas preguntas. “¿Quién vendrá a llorar?”. El tema y el punto de vista me han recordado muchísimo a Els bons fotògrafs, una canción de Els Amics de les Arts.

LXI
Al ver mis horas de fiebre
e insomnio lentas pasar,
a la orilla de mi lecho,
¿quién se sentará?

Cuando la trémula mano
tienda, próximo a expirar,
buscando una mano amiga,
¿quién la estrechará?

Cuando la muerte vidríe
de mis ojos el cristal,
mis párpados aún abiertos,
¿quién los cerrará?

Cuando la campana suene
(si suena en mi funeral)
una oración, al oírla,
¿quién murmurará?

Cuando mis pálidos restos
oprima la tierra ya,
sobre la olvidada fosa,
¿quién vendrá a llorar?

¿Quién en fin, al otro día,
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo
quién se acordará?

Ya para terminar (sí, en parte siento terminar con una temática tan poco alegre), os dejo con el último fragmento de la Rima LXXIII, bastante larga como para ponerla aquí entera, cuyo estribillo reza desasosegadamente : “¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!“. Os dejo sólo con la parte final porque me ha parecido una invocación preciosa, una expresión muy acertada del sentido religioso.

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es sin espíritu,
podredumbre y cieno?
No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna
aunque es fuerza hacerlo,
el dejar tan tristes,
tan solos los muertos.

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