Garcilaso de la Vega: desesperación que suscita poesía

Resultado de imagen de poemas completas garcilasoCon la intención de pasar un verano de clásicos, fui a atracar, en julio, la Biblioteca Pedro Salinas, de Madrid. La última hora del asunto es que tengo multa hasta el 25 de diciembre por devolver cinco libres un mes y medio tarde.

Bien, el caso es que me topé con una antología de poesías de Garcilaso de la Vega, literato sobre el que, francamente, no sabía absolutamente nada. Pero le eché un vistazo por encima y decidí darle una oportunidad. Ha merecido mucho la pena. 

Tal vez lo más importante a tener en cuenta sobre su vida sea su gran amor platónico: Isabel Freyre, una dama portuguesa. Hay quien dice que esta relación se ha “mitificado” un tanto para engrandecer la figura del poeta; supongo que es posible.

Casi todos sus poemas tienen que ver con el desamor y el anhelo por un amor que nunca llega. Se trata, así pues, de poemas muy existencialistas, llenos de preguntas e impregnados de impotencia y a menudo desesperación. Dicho de otro modo, hay que escoger bien el momento personal en que se lee.

Os ofrezco aquí algunos de los que más me han llamado la atención. Tengo que admitir que la lectura se me ha antojado algo más difícil que, por ejemplo, Bécquer (del cual hay que apuntar que es relativamente fácil de asumir). Además de un vocabulario que, obviamente, es más antiguo (siglo XVI), la construcción de las frases es, también, algo más compleja.

En este primero, el poeta llora ante la tumba de la mujer querida, y maldice al hado que ha permitido que esto ocurra, llegando a desear la muerte para volver a encontrarla. Los dos últimos versos me parecen impresionantes:

Soneto XXV
¡Oh hado secutivo en mis dolores,
cómo sentí tus leyes rigurosas!
Cortaste el árbol con manos dañosas
y esparciste por tierra fruta y flores.

En poco espacio yacen los amores,
y toda la esperanza de mis cosas,
tornados en cenizas desdeñosas
y sordas a mis quejas y clamores.

Las lágrimas que en esta sepultura
se vierten hoy en día y se vertieron
recibe, aunque sin fruto allá te sean,

hasta que aquella eterna noche escura
me cierre aquestos ojos que te vieron,
dejándome con otros que te vean.

Más o menos en la misma línea, este fragmento de la Canción IV plasma la desesperación que genera un amor no correspondido, agudizada al ver a la persona amada. Dice que es como “matar a aquel que está sediento mostrándole el agua por la que está muriendo”:

Muéstrame la esperanza
de lejos su vestido y su meneo,
mas ver su rostro nunca me consiente.
Torno a llorar mis daños, porque entiendo
que es un crudo linaje de tormento
para matar aquel que está sediento
mostrarle el agua por que está muriendo,
de la cual el cuitado juntamente
la claridad contempla, el ruido siente,
mas cuando llega ya para beberla,
gran espacio se halla lejos della.

En este soneto, una vez más, subraya el tema del amor no correspondido, esta vez con el desasosiego de ver cuántos otros han fracasado y cuántos esfuerzos han quedado atrás en vano:

Soneto XXXVIII
Estoy continuo en lágrimas bañado,
rompiendo el aire siempre con sospiros;
y más me duele el no osar deciros
que he llegado por vos a tal estado;

que viéndome do estoy, y lo que he andado
por el camino estrecho de seguiros,
si me quiero tornar para huiros,
desmayo, viendo atrás lo que he dejado;

y si quiero subir a la alta cumbre,
a cada paso espántanme en la vía,
ejemplos tristes de los que han caído.

Sobre todo, me falta ya la lumbre
de la esperanza, con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido.

En este otro, el poeta se pregunta por qué son tan vanos sus esfuerzos por alcanzar el amor que tan fervientemente desea. Los compara con otras “quejas y lamentos” que pueden hacer verdaderos prodigios sobre la naturaleza. ¿Por qué, entonces, a él le resulta imposible ablandar un corazón endurecido?

Soneto XV
Si quejas y lamentos pueden tanto,
que enfrenaron el curso de los ríos,
y en los diversos montes y sombríos
los árboles movieron con su canto;

si convertieron a escuchar su llanto
los fieros tigres, y peñascos fríos;
si, en fin, con menos casos que los míos
bajaron a los reinos del espanto,

¿por qué no ablandará mi trabajosa
vida, en miseria y lágrimas pasada,
un corazón conmigo endurecido?

Con más piedad debría ser escuchada
la voz del que se llora por perdido
que la del que perdió y llora otra cosa.

El siguiente soneto comienza maldiciendo lo efímero de las cosas buenas, del “fundamento de mi vivir”, y el tormento que resulta de ello. Termina con una paradoja: desea volver a ver a la que, por otra parte, desearía no haber visto nunca. Pocas veces se ha expresado tan bien uno de los grandes contrasentidos de lo que es enamorarse:

Soneto XXVI
Echado está por tierra el fundamento
que mi vivir cansado sostenía.
¡Oh cuánto bien se acaba en solo un día!
¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!

¡Oh cuán ocioso está mi pensamiento
cuando se ocupa en bien de cosa mía!
A mi esperanza, así como a baldía,
mil veces la castiga mi tormento.

Las más veces me entrego, otras resisto
con tal furor, con una fuerza nueva,
que un monte puesto encima rompería.

Aqueste es el deseo que me lleva,
a que desee tornar a ver un día
a quien fuera mejor nunca haber visto.

En efecto, los últimos versos de los sonetos de Garcilaso no tienen desperdicio. En éste, el poeta se desespera al comparar el abundante mal que sigue a un bien que ha resultado ser efímero. Otra de las desgracias del desamor. “En una hora te llevaste todo el bien que por términos [a lo largo de mucho tiempo] me diste; ¡llévate también el mal que me has dejado!”. Y el final, como digo, da un giro que es casi humor negro: “si no me quitas este dolor, pensaré que solo estuviste conmigo para que acabara sufriendo así“:

Soneto X
¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería,
juntas estáis en la memoria mía,
y con ella en mi muerte conjuradas!

¿Quién me dijera, cuando en las pasadas
horas en tanto bien por vos me vía,
que me habíais de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?

Pues en un hora junto me llevastes
todo el bien que por términos me distes,
llevadme junto el mal que me dejastes.

Si no, sospecharé que me pusistes
en tantos bienes porque deseastes
verme morir entre memorias tristes.

Además de los Sonetos, en las poesías de Garcilaso encontramos, por ejemplo, unas extensas églogas (bucólicas, pastoriles). En esta primera, la Égloga 1, según he leído de algunos analistas, Garcilaso sería Nemoroso y la tal “Elisa” corresponde con el seudónimo que le ponía a menudo a Isabel Freyre (imagino que escogió este nombre porque “Elisa” es un anagrama casi redondo de “Isabel”). Cada tanto, las estrofas terminan con el verso “Salid sin duelo, lágrimas, corriendo“, uno de los más emblemáticos de Garcilaso. En este fragmento, Nemoroso ansía volver a juntarse con Elisa, que ha fallecido: tiene versos sencillamente sublimes:

¡Oh más dura que mármol a mis quejas,
y al encendido fuego en que me quemo
más helada que nieve, Galatea!,
estoy muriendo, y aún la vida temo;
témola con razón, pues tú me dejas,
que no hay, sin ti, el vivir para qué sea.

¡Oh Dios!, ¿por qué siquiera,
pues ves desde tu altura
esta falsa perjura
causar la muerte de un estrecho amigo,
no recibe del cielo algún castigo?
Si en pago del amor yo estoy muriendo,
¿qué hará el enemigo?
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
cuando en aqueste valle al fresco viento
andábamos cogiendo tiernas flores,
que había de ver con largo apartamiento
venir el triste y solitario día
que diese amargo fin a mis amores?
El cielo en mis dolores
cargó la mano tanto,
que a sempiterno llanto
y a triste soledad me ha condenado;
y lo que siento más es verme atado
a la pesada vida y enojosa,
solo, desamparado,
ciego, sin lumbre, en cárcel tenebrosa.

Divina Elisa, pues agora el cielo
con inmortales pies pisas y mides,
y su mudanza ves, estando queda,
¿por qué de mí te olvidas y no pides
que se apresure el tiempo en que este velo
rompa del cuerpo, y verme libre pueda?
Y en la tercera rueda,
contigo mano a mano,
busquemos otro llano,
busquemos otros montes y otros ríos,
otros valles floridos y sombríos,
do descansar y siempre pueda verte
ante los ojos míos,
sin miedo y sobresalto de perderte.

Resultado de imagen de garcilaso de la vega egloga

Me interesa compartir la Égloga 3 sobre todo porque contiene el verso que da lugar al título de uno de los libros más famosos del poeta Pedro Salinas (siglo XX). “La voz a ti debida”:

Aquella voluntad honesta y pura,
ilustre y hermosísima María,
que en mí de celebrar tu hermosura,
tu ingenio y tu valor estar solía,
a despecho y pesar de la ventura
que por otro camino me desvía,
está y estará en mí tanto clavada,
cuanto del cuerpo el alma acompañada.

Y aún no se me figura que me toca
aqueste oficio solamente en vida;
mas con la lengua muerta y fría en la boca
pienso mover la voz a ti debida.
Libre mi alma de su estrecha roca
por el Estigio lago conducida,
celebrándose irá, y aquel sonido
hará parar las aguas del olvido.

Por aquesta razón de ti escuchado,
aunque me falten otras, ser merezco.
Lo que puedo te doy, y lo que he dado,
con recibillo tú yo me enriquezco.

En la Égloga 2 me sorprendió encontrar unos versos que me recordaron muchísimo a algunos de La vida es sueño, cuando se habla del dormir como un fugaz momento de escape de la dolorosa vida:

Al que, velando, el bien nunca se ofrece,
quizá que el sueño le dará durmiendo
algún placer, que presto desfallece;
en tus manos ¡oh sueño! me encomiendo.

Y acto seguido tiene lugar este diálogo entre los pastores Camila y Albanio, que en su momento habían estado enamorados pero Camila decidió romper con la relación por culpa de un “exceso de vicio” de Albanio. Él se justifica apelando a lo breve que fue ese mal en comparación con todo el bien anterior, y que además le pidió perdón, pero Camila no da su brazo a torcer:

CAM. Yo debo ser de ti la aborrecida,
pues me quieres tratar de tal manera,
siendo tuya la culpa conocida.
ALB. ¿Yo culpa contra ti? Si la primera
no está por cometer, Camila mía,
en tu desgracia y disfavor yo muera.
CAM. ¿Tú no violaste nuestra compañía,
quiriéndola torcer por el camino
que de la vida honesta se desvía?
ALB. ¿Cómo de sola una hora el desatino
ha de perder mil años de servicio,
si el arrepentimiento tras él vino?
CAM. Aquéste es de los hombres el oficio:
tentar el mal, y si es malo el suceso,
pedir con humildad perdón del vicio.

Además de las églogas, encontramos también elegías, que son, directamente, lamentos por la muerte de una persona.  En este fragmento de la Elegía 1, el poeta llora el sinsentido de la guerra. Es triste que, tantos siglos más tarde, tantísimas personas pudieran parafrasearle…

¿A quién ya de nosotros el eceso
de guerras, de peligros y destierro
no toca y no ha cansado el gran proceso?
¿Quién no vio desparcir su sangre al hierro
del enemigo? ¿Quién no vio su vida
perder mil veces y escapar por yerro?
¡De cuántos queda y quedará perdida
la casa, la mujer y la memoria,
y d’otros la hacienda despendida!
¿Qué se saca d’aquesto? ¿Alguna gloria?
¿Algunos premios o agradecimiento?
Sabrálo quien leyere nuestra historia.

.Para terminar con algo un poco más “alegre”, os dejo con uno de sus villancicos; una especie de juego de palabras de alabanza a una dama:

Nadi puede ser dichoso,
señora, ni desdichado,
sino que os haya mirado.

Porque la gloria de veros
en ese punto se quita
que se piensa en mereceros.

Así que, sin conoceros,
nadi puede ser dichoso,
señora, ni desdichado,
sino que os haya mirado.

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