Noche 23: En una elipsis

En Madrid. Un año y pico después de mi último relato. Todavía quedan 978. Esta vez, escuchando La senda del tiempo, de Celtas Cortos, e inspirándome en su letra para dar vida a un “pobre poeta”. 

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El pobre poeta salió del taller en el que trabajaba los fines de semana. Era el precio que tenía que pagar por vivir en una ciudad como Madrid, repleta de oportunidades pero cruel en cuanto a sus condiciones, puesto que el nivel de vida que ahí se manejaba no estaba al alcance de todos los bolsillos.

Dio un paseo por el viejo Madrid de los Austrias, que tan bien conocía a estas alturas de su estancia en la capital. Era un domingo al mediodía. Las terrazas de los bares estaban colmadas de vida. Familias que salían de la iglesia, parejas que se regalaban un día de tranquilidad bajo el tímido sol, algún que otro ser solitario leyendo o dormitando a la fresca. Todo lo que le rodeaba provocaba en él una profunda e incomprensible nostalgia. La vida parecía ser tremendamente interesante y gratificante en su sencillez, y el poeta sentía que, de alguna forma, se la estaba perdiendo. O la estaba viviendo sin vivirla de verdad.Resultado de imagen de plaza de oriente bares

Le daba la sensación de estar viviendo en una elipsis. En el montaje cinematográfico, una elipsis es un intervalo de tiempo de la historia que la narración omite, normalmente, por ser previsible o irrelevante.

En otras palabras, se trataría de un período tranquilo, de pocos hechos destacables y ninguno extraordinario, de rutina, de una espera larga e incierta hasta el siguiente punto de giro, hasta el inicio de una nueva trama o subtrama.

Porque la vida del poeta era presumiblemente tranquila. No tenía mayores responsabilidades que la de despertarse todos los días e ir al trabajo, escribir en sus ratos libres, mantener el contacto con su familia y otros amigos, hacer un poco de deporte de vez en cuando, leer, ir al cine, etc. La vida que muchos desearían y que, tal vez, algún día el propio poeta iba a echar de menos.

Pero la inquietud de sentirse en un impass, en un momento de transición, no le dejaba dormir bien. Antes de meterse en la cama, todas las noches, miraba fijamente hacia la puerta principal. “Algún día -pensaba- alguien llamará de madrugada y me llevará a vivir mi próxima aventura. Como Peter Pan cuando entraba por la ventana. Pero yo prefiero que sea por la puerta”, bromeaba para sí mismo.

Todo lo que ocurriera hasta ese momento, en los días en los que se sentía más triste, le parecía prácticamente una pérdida de tiempo. Nadie que se planteara rodar una película sobre él iba a prestar la más mínima atención a esta etapa de su vida. Sería una triste elipsis entre, por ejemplo, el día en que terminó la universidad, su primer trabajo o tal vez su primer desamor, y el siguiente “gran acontecimiento” que estaría por llegar.

¿De qué se trataría? ¿Encontrar, una vez más, a una compañera de viaje por la que mereciera la pena arriesgarse? ¿Un radical cambio en el ámbito laboral? ¿En el familiar? ¿Tal vez -Dios no lo quisiera- algo relacionado con su impecable salud? En cualquiera de los casos, se trataría de una circunstancia inevitable que se impondría con fuerza. Como el mito del viaje del héroe, que tantísimas historias había inspirado en todas las artes dramáticas habidas y por haber.

En esa elipsis vivía el poeta. Elipsis que, si el director de la película era un poco más benévolo, podría ser una brevísima secuencia de montaje de dos o tres acciones similares (despertar, trabajar, dormir) para dar a entender que estaba sucediendo una larguísima cantidad de tiempo en la que no ocurría nada digno de ser retenido para la posteridad.

Inmerso en estos pensamientos, el poeta no se dio cuenta de que estaba anocheciendo. Él seguía ahí, recostado sobre un banco de la Plaza de Oriente, escuchando a un músico callejero que tocaba el arpa con una delicadeza impagable. Ahora, las familias y parejas se arremolinaban en torno a una barandilla desde la que se podía ver la puesta de sol. “¡Qué bonito sería compartir este momento con alguien!”, suspiraba.

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Tal vez solo se trataba de eso. Quizás algún día encontraría a la persona que llenara sus días de color y compañía, la pieza del puzzle que un día se extravió y sin la cual el lienzo estaba solo “casi” completo, la llave maestra que abriría la puerta de la alegría y la ternura. Tal vez ése sería el famoso “punto de giro”. O no, quién sabe.

La soledad es muy hermosa…
Cuando se tiene alguien a quien decírselo.

Gustavo Adolfo Bécquer

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