Noche 24: Eugenio y yo

Escrito un viernes por la noche, después de dar un paseo por Casa de Campo primero y por Gran Vía después. Escuchando uno de los audios que más suelo escuchar cuando escribo, esta compilación de canciones de Studio Ghibli

eugenio

Una multitud se aglutina a las puertas del Teatro Lope de Vega de Madrid para asistir al famoso musical de Disney El Rey León. La obra lleva más de seis años en cartel, llenando la sala, prácticamente, en todas sus funciones. Un éxito en toda regla. Un éxito que nadie quiere perderse.

A menos de dos metros de la impaciente hilera de personas, sentado en un rincón con su aspecto somnoliento de siempre, está Eugenio. Su barba blanca, su boina, su chaqueta de pana y su cartel de “Ayuda. Perdido Trabajo. Perdido Familia. Todo”. Junto al cartel, un desvencijado vaso de plástico que pretende recolectar alguna que otra moneda.

Me acerco a saludarle.

– ¡Eugenio!

Como de costumbre, levanta la mirada perezosamente. Al instante me sonríe y me alarga la mano.

– ¡Hola, amigo!

Eugenio es todo un personaje lleno de peculiaridades, comenzando por su forma de hablar. Alguna vez me contó que es ruso, y siempre bromeaba diciendo que el frío en Madrid, en comparación, es como un verano perpetuo, incluso en sus noches de dormir a la intemperie. El acento ruso lo tiene muy marcado, pero se mezcla cómicamente con una entonación portuguesa. Y es que Eugenio ha vivido buena parte de su vida en Portugal (en Lisboa, si no me falla la memoria). De ahí que se defienda bastante bien, por extensión, con el español.

Charlamos unos instantes. Hoy Eugenio está un poco más desanimado que de costumbre. Me dice que está angustiado pensando en el futuro. Que, así como hay gente que sabe que quiere trabajar para cuidar a sus hijos, a su familia, o para tener una casa, él no sabe qué quiere hacer. No tiene ánimos de hacer nada. Me dice, textualmente, una frase que en más de una ocasión había salido de mi boca:

Tengo ganas de hacer algo, pero no sé el qué.

Yo, que venía de un largo paseo por el lago en el que había tratado de poner orden a mis pensamientos, le respondo:

– Pues mira, ¡a mí me pasa lo mismo!

Eugenio sonríe. La verdad es que mi comentario, compartido con un señor de más de cincuenta años que no tiene un techo bajo el que dormir ni familia cercana en varios miles de kilómetros a la redonda, suena ridículo. Suena incluso ofensivo. Pero, en cierto modo, también es verdad. Y siento que, más allá de las evidentes diferencias que pueda haber entre este respetable señor y yo (diferencias que, a todas luces, me benefician mil veces más a mí), Eugenio y yo tenemos más en común de lo que podría pensar si no le conociera.

Charlamos un poco más. Le digo que si se le ocurre algo en lo que le pueda ayudar, que me lo diga, que a ver qué se puede hacer. Como siempre, me lo agradece, pero imagino que esta vez tampoco me pedirá nada.

Últimamente ronda mucho por mi cabeza el eterno problema del objetivo de la vida, por no caer en el cliché de hablar del sentido de la vida de una persona, aunque es exactamente lo mismo. Sentirse sin un norte u objetivo final es una de las experiencias más frustrantes que uno puede vivir dentro de circunstancias aparentemente favorables. Y ya no te digo si, como en el caso de Eugenio, las circunstancias son infavorables.

Ante la provocación que supone ver a personas pidiendo en la calle, muchos tendemos a pensar que realmente “necesitan” lo que parece que están pidiendo: dinero. Que si les extendiéramos un cheque de 20.000€, probablemente podrían reinsertarse ellos mismos en la sociedad: alquilar una buena habitación, cuidar su higiene, hacer cursos que les ayudaran a abrir alguna puerta del mundo laboral…

Sin embargo, cada vez tengo más claro que, en muchos de los casos, el dinero es más un consuelo que una ayuda real. Difícilmente llegará a cubrir la necesidad más apremiante de muchas de estas personas. En este caso, cuando abro la cartera para echarle alguna moneda, Eugenio empieza a hacer aspavientos, tratando de disuadirme.

– ¡No, no!

Y esto me hace pensar que Eugenio, realmente, sabe que su necesidad, a estas alturas, tiene poco que ver con el dinero y todo lo que ello le pueda dar (comida, algo más de bienestar, etc). De hecho, me ha comentado incluso que antes tenía ganas de comer fruta y cosas un poco más ricas, y que ahora come solo porque tiene que alimentarse. Sin ganas. Sin disfrutarlo…

Deduzco, por lo tanto, que Eugenio es de esas personas que agradece mil veces más el gozar de cinco minutos de compañía y conversación amable que el recibir uno o dos euros arrojados sin ningún tipo de cariño en su vasito.

Como he comentado al principio, suele estar sentado junto al teatro donde hacen El Rey León, saliendo a mano derecha, ahí mismito. Gran Vía, 57. Dicho queda.

Un imprevisto es la única esperanza.

Montale

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