“El perro del hortelano”, de Lope de Vega

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Siguiendo el consejo de mi amigo Fran, que es algo así como mi “asesor en literatura”, leí la famosa obra El perro del hortelano, de Lope de Vega. Lo primero que me sorprendió fue el significado del título; contra lo que hubiera podido pensar, no tenía nada que ver ni con un perro ni con un hortelano. Siguiendo el sentido del refrán “el perro del hortelano, ni come ni deja comer“, Lope de Vega plantea un escenario con varios personajes, uno de los cuales, la condesa Diana, se enfrenta a un conflicto interno de tipo amoroso.

Diana se ha enamorado de Teodoro, uno de sus sirvientes; sin embargo, debido a la abismal distancia de clase social, no quiere “rebajarse” a estar con un inferior. Teodoro, por su parte, correspondería el amor de la condesa, pero cuando ésta comienza a “ningunearle”, Teodoro empieza a prestar atención a Marcela, otra sirvienta. Es decir, alguien “de su nivel”. Cuando Diana se da cuenta de esto, le pueden los celos y sigue alimentando las esperanzas de Teodoro para con ella.

Diana, en esta obra, es como el perro del hortelano: ni ama a Teodoro ni deja que éste ame a Marcela. Toda la obra gira en torno a este conflicto central, también representado a partir de otros personajes. ¿Los temas centrales? La clase social, los celos y el amor. 

Como suelo hacer siempre, subrayé algunos diálogos que me llamaron especialmente la atención. Y como bien sabrán mis lectores, utilizo este blog para “inmortalizar” algunas perlas literarias con tal de tenerlas a mano cuando pueda ser necesario.

Hay un momento en el que Teodoro le pide consejo a Tristán, su “aliado”, puesto que al encontrarse frente a un amor no correspondido con Diana, no sabe cómo debe reaccionar. Tristán le ofrece un truco para curarse de un amor no correspondido. Básicamente, concentrar todos los pensamientos y la imaginación en los defectos de la mujer en cuestión. Para ser del siglo XVII tiene bastante gracia.

TRISTÁN
Primeramente has de hacer
resolución de olvidar,
sin pensar que has de tornar
eternamente a querer;
que si te queda esperanza
de volver, no habrá remedio
de olvidar, que si está en medio
la esperanza, no hay mudanza.
¿Por qué piensas que no olvida
luego un hombre a una mujer?
Porque pensando volver
va entreteniendo la vida.
Ha de haber resolución
dentro del entendimiento,
con que cesa el movimiento
de aquella imaginación.
¿No has visto faltar la cuerda
de un reloj y estarse quedas,
sin movimiento, las ruedas?
Pues desa suerte se acuerda
el que tienen las potencias
cuando la esperanza falta.

TEODORO
¿Y la memoria no salta
luego a hacer mil diligencias,
despertando el sentimiento
a que del bien no se prive?

TRISTÁN
Es enemigo que vive
asido al entendimiento,
como dijo la canción
de aquel español poeta,
mas por eso es linda treta
vencer la imaginación.

TEODORO
¿Cómo?

TRISTÁN
Pensando defectos
y no gracias; que, olvidando,
defectos están pensando,
que no gracias, los discretos.
No la imagines vestida
con tan linda proporción
de cintura en el balcón
de unos chapines subida;
toda es vana arquitectura,
porque dijo un sabio un día
que a los sastres se debía
la mitad de la hermosura.
Como se ha de imaginar
una mujer semejante
es como un diciplinante
que le llevan a curar;
esto sí, que no adornada
del costoso faldellín.
Pensar defectos, en fin,
es medicina aprobada.
Si de acordarte que vías
alguna vez una cosa
que te pareció asquerosa
no comes en treinta días,
acordándote, señor,
de los defectos que tiene,
si a la memoria te viene,
se te quitará el amor.

Como hemos dicho antes, el tema de los celos está muy presente en toda la obra, desde su propia premisa. En esta carta (que es un soneto de libro) se habla explícitamente al respecto.

«Amar por ver amar envidia ha sido,
y primero que amar estar celosa
es invención de amor maravillosa
y que por imposible se ha tenido.
De los celos mi amor ha procedido
por pesarme que, siendo más hermosa,
no fuese en ser amada tan dichosa
que hubiese lo que envidio merecido.
Estoy, sin ocasión, desconfïada,
celosa sin amor, aunque, sintiendo,
debo de amar, pues quiero ser amada.
Ni me dejo forzar, ni me defiendo;
darme quiero a entender sin decir nada:
entiéndame quien puede; yo me entiendo»

En la misma línea del origen de los celos va este diálogo entre Teodoro y Diana.

TEODORO
Yo lo concedo;
mas ya esos celos, señora,
de algún principio nacieron,
y ese fue amor, que la causa
no nace de los efectos,
sino los efectos della.

DIANA
No sé, Teodoro, esto siento
desta dama, pues me dijo
que nunca al tal caballero
tuvo más que inclinación
y, en viéndole amor, salieron
al camino de su honor
mil salteadores deseos
que le han desnudado el alma
del honesto pensamiento
con que pensaba vivir.

Aquí una breve estrofa sobre los abrazos, que me pareció simpática.

TEODORO
Con los brazos,
que son los rasgos y lazos
de la pluma del amor,
pues no hay rúbrica mejor
que la que firman los brazos.

Teodoro, ante el dilema al que se enfrenta en esta historia, siente aquí una especie de arrebato vengativo con el hecho de que en general (tanto en el siglo XVII como en el XXI) las mujeres son las que deciden cortar una relación.

Mas dejar a Marcela es caso injusto,
que las mujeres no es razón que esperen
de nuestra obligación tanto disgusto.
Pero si ellas nos dejan cuando quieren
por cualquiera interés o nuevo gusto,
mueran también como los hombres mueren.

Aquí dos rimas cortas que me gustaron, una sobre el ser atrevido y la otra sobre la ventura (suerte en la vida):

Id en buen hora aunque os den
mil muertes por atrevido,
que no se llama perdido
el que se pierde tan bien.

Tristán, cuantos han nacido
su ventura han de tener;
no saberla conocer
es el no haberla tenido.

Para los que somos más románticos, siempre está bien atesorar algunos versos que sean algo así como un “halago” a una mujer, aunque en este caso es un poco en mal sentido:

Yo te digo
que no hay vasos de veneno
a los mortales sentidos,
Teodoro, como los ojos
de una mujer.

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Aquí, Marcela dice que Teodoro es como una “noria” (molino) de agua para Diana. Me ha parecido muy buena metáfora: cuando Teodoro “baja” (se rebaja), Diana le llena de agua (de esperanzas de que le amará), y en cuanto empieza a subir (confiarse en que realmente Diana le corresponderá), vuelve a vaciarse. Y así como un círculo vicioso.

MARCELA
No, no puedo yo creer
que aquesta la ocasión sea.
Favores de aquesta loca
le han hecho dar esta vuelta,
que él está como arcaduz,
que cuando baja le llena
del agua de su favor
y cuando sube le mengua.
¡Ay de mí, Teodoro ingrato,
que luego que su grandeza
te toca al arma me olvidas!
Cuando te quiere me dejas,
cuando te deja me quieres,
¿quién ha de tener paciencia?

Un poco en el mismo sentido, Teodoro se lamenta de que Diana siempre parece ponerse en situación opuesta a la que esté él.

TEODORO
Si cuando ve que me enfrío
se abrasa de vivo fuego,
y cuando ve que me abraso
se hiela de puro hielo.

Aquí Teodoro, ya desesperado, compara a la Diana con el perro del hortelano, que da título a la obra:

TEODORO
No sé, Tristán; pierdo el seso
de ver que me está adorando
y que me aborrece luego.
No quiere que sea suyo
ni de Marcela, y si dejo
de mirarla, luego busca
para hablarme algún enredo.
No dudes; naturalmente,
es del hortelano el perro:
ni come ni comer deja,
ni está fuera ni está dentro.

Teodoro le reprocha a Diana que esté jugando así con él. Esta estrofa me parece chulísima, un poco al nivel de la frase estereotípica (hoy quizás un poco desagradable de pronunciar) de que “no hay quien entienda a las mujeres“.

Tan poco
que te siento y no te entiendo,
pues no entiendo tus palabras
y tus bofetones siento.
Si no te quiero, te enfadas,
y enójaste si te quiero;
escríbesme si me olvido,
y si me acuerdo, te ofendo;
pretendes que yo te entienda,
y si te entiendo, soy necio.
Mátame o dame la vida:
da un medio a tantos extremos.

Hasta éste punto se alegra Teodoro cuando Tristán le revela que unos marqueses planean matarle para quitarle de en medio.

TEODORO
¡Pluguiera a Dios que alguno me quitase
la vida y me sacase desta muerte!

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En la segunda mitad de la obra conocemos al conde Ludovico, de Nápoles. Él perdió a un hijo tiempo atrás, y a Tristán se le ocurre que ese hijo podría ser Teodoro (y, en ese caso, Teodoro sí sería de “sangre noble”. El soliloquio con que se presenta el conde Ludovico me pareció muy interesante, hablando de su vejez.

LUDOVICO
Hay muchos años en medio
que mis enemigos son,
y aunque tiene esa disculpa
el casarse en la vejez,
quiere el temor ser jüez
y ha de averiguar la culpa.
Y podría suceder
que sucesión no alcanzase
y casado me quedase;
y en un viejo una mujer
es en un olmo una yedra,
que aunque con tan varios lazos
la cubre de sus abrazos,
él se seca y ella medra.
Y tratarme casamientos
es traerme a la memoria,
Camilo, mi antigua historia
y renovar mis tormentos.
Esperando cada día
con engaños a Teodoro,
veinte años ha que le lloro.

Estos versos sobre un personaje melancólico me hicieron sonreír, ya que en parte me he sentido muy reflejado.

Estase melancólico de día
y de noche cerrado en su aposento,
que alguna cuidadosa fantasía
le debe de ocupar el pensamiento.

Cuando se acepta que Teodoro es de “sangre noble”, Diana concluye que ahora sí pueden ir adelante con su historia de amor, pues están “al mismo nivel”. Y el amor tiene algo muy contradictorio, que a veces parece que se nutra de su aparente “imposibilidad” y se regocije en el hecho de desear lo que parece inalcanzable. Y, cuando lo inalcanzable se hace alcanzable, a veces surge una especie de inercia, de contrafuerza.

TEODORO
Creo
que estás con menos deseo;
pena el ser tu igual te da.
Quisiérasme tu crïado,
porque es costumbre de amor
querer que sea inferior
lo amado.

Y Diana lo remata:

DIANA
Discreto y necio has andado:
discreto en que tu nobleza
me has mostrado en declararte,
necio en pensar que lo sea
en dejarme de casar,
pues he hallado a tu bajeza
el color que yo quería,
que el gusto no está en grandezas,
sino en ajustarse al alma
aquello que se desea.

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