“Las nubes”, de Luis Cernuda

Siguiendo el experimento de Instagram llamado lechatnua, realicé un test como resultado del cual me recomendaron la lectura de un libro. Teóricamente, acorde a mis preferencias, gustos, etc. En mi caso me tocó Las nubes, de Luis Cernuda.

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Sin más dilación, os dejo con mi selección de fragmentos, como viene siendo habitual.

En este poema a un poeta muerto, Cernuda expresa de un modo único el anhelo más profundo y doloroso del oficio, y el consuelo que supone la muerte, sin perder de vista el punto de que la grandeza del dolor puede servir como indicio de “alguna mente creadora inmensa”:

Halle tu gran afán enajenado
el puro amor de un dios adolescente
entre el verdor de las rosas eternas;
porque este ansia divina, perdida aquí en la tierra,
tras de tanto dolor y dejamiento,
con su propia grandeza nos advierte
de alguna mente creadora inmensa,
que concibe al poeta cual lengua de su gloria
y luego le consuela a través de la muerte.

Este fragmento, de un poema dedicado a Larra, muestra otro rasgo característico del poeta: el del “hombre solo“, constantemente enfrentado con el ruido del ambiente, de “la masa”, de las crueles revoluciones.

La tierra ha sido medida por los hombres,
con sus casas estrechas y matrimonios sórdidos,
su venenosa opinión pública y sus revoluciones
más crueles e injustas que las leyes,
como inmenso bostezo demoníaco;
no hay sitio en ella para el hombre solo,
hijo desnudo y deslumbrante del divino pensamiento.

Estos dos versos algo tendrán que ver con el título del compendio, en el que compara a los sueños con el viento que mueve a los hombres, que serían las nubes:

El hombre es una nube de la que el sueño es viento.
¿Quién podrá al pensamiento separarlo del sueño?

El siguiente fragmento tiene algo de existencialista. El poeta siente que ya ha pasado gran parte de su vida. ¿Y qué es lo que se mantiene en pie?, se pregunta de algún modo. Ahora, atenazado por los recuerdos de todo lo bello que parece haberse ido para siempre, solo le queda esperar a que vuelva a suceder algo que merezca la pena ser vivido. Y la espera, por desgracia, puede generar cierto desaliento. El último verso me parece una preciosidad: ¿quién no espera, constantemente, algo así?

Pasada se halla ahora la mitad de mi vida.
El cuerpo sigue en pie y las voces aún giran
y resuenan con encanto marchito en mis oídos,
mas los días esbeltos ya se marcharon lejos;
sólo recuerdos pálidos de su amor me han dejado.
Como el labrador al ver su trabajo perdido
vuelve al cielo los ojos esperando la lluvia,
también quiero esperar en esta hora confusa
unas lágrimas divinas que aviven mi cosecha.

Pero hondamente fijo queda el desaliento,
como huésped oscuro de mis sueños.
¿Puedo esperar acaso? Todo se ha dado al hombre
tal distracción efímera de la existencia;
a nada puede unir este ansia suya que reclama
una pausa de amor entre la fuga de las cosas.

Éste es un diálogo con Dios, también algo existencialista, marcado por la amargura de la guerra y sus catastróficas consecuencias. En cierto modo es un reproche: “Si el amor no eres tú, ¿quién lo será en tu mundo?”

Pero a ti, Dios, ¿con qué te aplacaremos?
Mi sed eras tú, tú fuiste mi amor perdido,
mi casa rota, mi vida trabajada, y la casa y la vida
de tantos hombres como yo a la deriva
en el naufragio de un país. Levantados de naipes,
uno tras otro iban cayendo mis pobres paraísos.
¿Movió tu mano el aire que fuera derribándolos
y tras ellos, en el profundo abatimiento,
en el hondo vacío,
se alza al fin ante mí la nube que oculta tu presencia?

No golpees airado mi cuerpo con tu rayo:
si el amor no eres tú, ¿quién lo será en tu mundo?
Compadécete al fin, escucha este murmullo
que ascendiendo llega como una ola
al pie de tu divina indiferencia.
Mira las tristes piedras que llevamos
ya sobre nuestros hombros para enterrar tus dones:
la hermosura, la verdad, la justicia,
cuyo afán imposible
Tú sólo eras capaz de infundir en nosotros.
Si ellas murieran hoy, de la memoria tú te borrarías
como un sueño remoto de los hombres que fueron.

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Cernuda también dramatiza algunas escenas del Evangelio. Tiene cosas bastante interesantes, ya que tiende a darles una vuelta de ironía o, una vez más, de existencialismo. En esta primera, Lázaro, al ser resucitado por Jesús, “lamenta” dicho milagro.

Lázaro
Vi unos pies que marcaban la linde de la vida,
el borde de una túnica incolora
plegada, resbalando
hasta rozar la fosa, como un ala
cuando a subir tras de la luz incita.
sentí de nuevo el sueño, la locura
y el error de estar vivo,
siendo carne doliente día a día.
Pero él me había llamado
y en mí no estaba ya sino seguirle.

De los Reyes Magos tiene bastantes diálogos curiosos; dota a cada uno de los tres de una personalidad antagónica, cosa que me recordó a la hermosa canción El 25 de gener, de los Manel.

Melchor
(…)
¿Será la magia,
ida la juventud con su deseo,
posible todavía? Si yo pienso
aquí, bajo los ojos de la noche,
no es menor maravilla: si yo vivo,
bien puede un Dios vivir sobre nosotros.
Mas nunca nos consuela un pensamiento,
sino la gracia muda de las cosas.
(…)
Señor, danos la paz de los deseos
satisfechos, de las vidas cumplidas.
Ser talla flor que nace y luego abierta
respira en paz, cantando bajo el cielo
con luz de sol, aunque la muerte exista:
la cima ha de anegarse en la ladera.

Gaspar
Esto es la vida. ¿Qué importan la verdad o el poder junto
a esto?
Vivo estoy. Dejadme así pasar el tiempo en embeleso.

Melchor
No hay poder sino en Dios, en Dios sólo perdura la delicia;
el mar fuerte es su brazo, la luz alegre su sonrisa.
Dejad que el ambicioso con sus torres alzadas oscurezca
la tierra;
pasto serán del huracán, con polvo y sombra confundiéndolas.
Dejad que el lujurioso bese y muerda, espasmo tras
espasmo;
Allá en lo hondo siente la indiferencia virgen de los buenos
castrados.
¿Por qué os doléis, oh reyes, del poder y la dicha que atrás
quedan?
Aunque mi vida es vieja no vive en el pasado, sino espera;
espera los momentos más dulces, cuando el alma regale
la gracia, y el cuerpo sea al fin risueño, hermoso e
ignorante.
Abandonad el oro y los perfumes, que el oro pesa y los
aromas aniquilan.
adonde brilla desnuda la verdad nada se necesita.

Este breve relato de la llegada al portal de Belén remarca el asombro por la presencia de un niño que no es el “dios” que ellos podían haber esperado en su imaginación:

Vimos la estrella hacia lo alto
que estaba inmóvil, pálida como el agua
en la irrupción del día, una respuesta dando
con su brillo tardío del milagro
sobre la choza. Los muros sin cobijo
y el dintel roto se abrían hacia el campo,
desvalidos. Nuestro fervor helado
se volvió como el viento de aquel páramo.
Dimos el alto. Todos descabalgaron.
Al entrar en la choza, refugiados
una mujer y un viejo sólo hallamos.
pero alguien más había en la cabaña:
un niño entre sus brazos la mujer guardaba,
Esperamos un dios, una presencia
radiante e imperiosa, cuya vista es la gracia,
y cuya privación idéntica a la noche
del amante celoso sin la amada.
Hallamos una vida como la nuestra humana,
Gritando lastimosa, con ojos que miraban
Dolientes, bajo el peso de su alma
Sometida al destino de las almas,
Cosecha que la muerte ha de segarla.

Para terminar, os dejo con estos versos de Un español habla de su tierra. A nivel poético me pareció preciosa.

Contigo solo estaba,
en ti sola creyendo;
pensar tu nombre ahora
envenena mis sueños.
Amargos son los días
de la vida, viviendo
sólo una larga espera
a fuerza de recuerdos.
Un día, tú ya libre
de la mentira de ellos,
me buscarás. Entonces
¿qué ha de decir un muerto?

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