Noche 25: Cuando vuelva a París

Este relato está basado en hechos reales. Se trata de una carta. La inspiración me vino durante mi primera (y única) visita a París, hace unos días. El relato lo he escrito escuchando, cómo no, la banda sonora de Amélie

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Cuando vuelva a París, será contigo.

Fui por primera vez hace unos días (octubre de 2019). Hacía tiempo que le tenía ganas a la capital francesa, así que localicé un par de vuelos baratos y a los dos días estaba en el aeropuerto de Barajas, a punto de volar con destino Nantes. Desde allí, al día siguiente, tomé un autobús que me dejó en París.

Estuve poco más de 48 horas en la ciudad, pero fueron suficientes para dejarme impresionar y embriagar de la contagiosa atmósfera parisina. En tan poco tiempo tuve ocasión de conocer un montón de historias curiosas sobre la ciudad; desde los últimos delirios de María Antonieta hasta las batallitas del joven Picasso y, por supuesto, conocí lugares que protagonizaron un punto de inflexión histórico debido a la Revolución Francesa, así como escenarios cuya historia se remonta a la ocupación nazi de la II Guerra Mundial.

Algo de especial tendrá una ciudad que todo el mundo conoce como la ciudad del amor pero nadie, ni siquiera una guía turística que lleva años viviendo ahí, sabe explicar exactamente por qué.

Tengo que confesarte que sumergirme en la ciudad del amor estando solo tal vez no fuera la mejor de las ideas. Desde luego no para alguien como yo, el último romántico que tiene una cierta tendencia a la melancolía en las cuestiones que se refieren al corazón. A veces casi a la desesperación. Es raro, pero desde pequeñito he tenido la intuición de que el amor iba a ser lo más importante de mi vida. Tal vez es porque vengo de una familia donde, a lo largo de los años, lo más valioso y precioso que he recibido a cántaros ha sido, precisamente, amor.

Esto, sumado al hecho de que cada vez que me he enamorado ha terminado siendo un puñetero desastre, ha hecho que mi corazón se haya vuelto bastante desconfiado y propenso al sufrimiento. Un sufrimiento absurdo y baladí en comparación con otros inmensos sufrimientos a los que un ser humano puede llegar a enfrentarse a lo largo de una vida, pero sufrimiento al fin y al cabo. Sufrimiento, victimismo, pesimismo, derrotismo y algunas pinceladas de autocompasión.

De modo que, durante estos días en París, no he podido evitar sentir que te echaba de menos, pensando que los reflejos de la luna sobre el Sena, las sinuosas calles de Montmartre, los sofisticados puentes o la majestuosa Torre Eiffel -a la cual la noche le sienta de maravilla- hubieran sido mil veces más bonitos contigo a mi lado, se hubieran multiplicado por mil por el simple hecho de verlas con tus ojos además de con los míos.

Esta nostalgia se acentuaba cada vez que veía algunos de esos característicos candados encadenados a las barandillas de los puentes, a los bancos, a las verjas o a cualquier otro lugar de la ciudad que se prestase. Tal y como nos contó la guía de la visita por el centro histórico, la idea es que los enamorados dejan un candado en señal de su amor eterno, tan eterno como para que se atrevan a arrojar las llaves al río.

La idea es, realmente, muy romántica. Lo suficiente como para que yo decidiera que no iba a abandonar la ciudad sin hacer nuestra esta tradición. Y la forma en que decidí hacerlo fue, cuando menos, peculiar.

Lo primero que hice fue, como es lógico, comprar un candado. Nuestro candado. Uno pequeñito, más bien barato, poco ostentoso, ya me conoces. ¡Ah! Y un buen rotulador permanente, cómo no.

rotu bic

La segunda cuestión era la verdaderamente importante: ¿dónde encadenarlo?

Mi primera opción era en la Place des Vosges, en Le Marais, el barrio judío, en la cual se encuentra la casa de Víctor Hugo. Era el plan perfecto, ¡con lo admirador que soy de Les Miserables! Pero había un par de inconvenientes:

  • No encontré ningún lugar por los alrededores que fuera medianamente bonito como para dejar el candado.
  • La casa de Víctor Hugo se encontraba cerrada por obras hasta marzo de 2020. Hasta los clásicos necesitan modernizarse de vez en cuando, supongo.

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Así que nada, la casa la visitaremos cuando regresemos a la ciudad, pero como entenderás el candado no iba a quedarse ahí.

Hice una pequeña ruta por el Barrio Latino: la librería Shakespeare & Company (donde jugué una partida de ajedrez contra un inglés) los Jardines de Luxemburgo, la Sorbonne, el Panteón y una localización de Midnight in Paris donde, por supuesto, hice una foto chorra de las mías.

Al terminar, ya por la noche, volví a pasear por la zona de Trocadéro y la Torre Eiffel. Esta vez decidido a aparcar el candado de una vez. Sí, sé que es un cliché y que es lo menos original que se me hubiera podido ocurrir. Pero qué quieres que te diga; la Torre Eiffel de noche era una auténtica preciosidad. Y mira que me acerqué a ella con el cinismo del que no se considera “un turista del mogollón”, del que traía la idea de que una simple torre de metal era un engañabobos para principiantes del arte de viajar. Pero qué le haremos: sucumbí a su encanto.

De modo que, bajando los Jardines del Trocadéro por las escaleras del lado izquierdo (mirando hacia la torre), empecé a buscar algún lugar apropiado.

Después de dar algunos rodeos, llegué al final de los jardines, muy cerca del Carousel, justo antes de cruzar la calle que lleva al Pont d’Iéna. Me decidí por una de las verjas de plástico-metalizado (a saber si se dice así) donde había otros candados. Dicha verja está detrás de un banco y de un poste en el que se indica la Avenue des Nations Unies. Desde ese banco se ve la Torre Eiffel asomando por encima de las copas de los árboles.

La coordenada exacta de la verja donde atar el candado tampoco iba a estar abandonada al azar. Visto que nací en el 1991, conté nueve “rombos” desde arriba a la izquierda, y después un “rombo” más hacia abajo.

Y es ahí, exactamente ahí, donde está nuestro candado. A saber cuánto tiempo pasará hasta que vayamos a buscarlo. Probablemente para entonces ya podremos visitar la restaurada Notre-Dame, se habrán celebrado los Juegos Olímpicos París 2024 y lo de los vehículos con neumáticos circulando a ras de suelo será una leyenda del pasado.

avenue

En fin, todavía no te conozco. No sé tu nombre, ni cuál es tu canción favorita, ni el color de tus ojos o de tu pelo. Pero alguna cosa intuyo sobre ti. Intuyo que eres una mujer extraordinaria. Que eres divertida, interesante, dulce y, sobre todo, valiente. Que me harás perder la cabeza, el hambre y la idea de vivir sin hacerlo a tu lado. También intuyo que alucinarás un poco cuando leas esto, pero que enseguida te ilusionará la idea de embarcarnos juntos en la aventura de recuperar ese candado, decidir un buen lugar para encadenarlo y lanzar las malditas llaves al Sena para no volver a verlas nunca jamás.

En realidad intuyo muchas más cosas sobre ti. Son solo intuiciones, tal vez ilusiones, pero hay algo que seguro.

Lo sé, no me cabe duda.

Lo sé, y no es negociable ni cuestionable, porque así será. Porque lo sé.

No sé cuándo ocurrirá, pero sí sé que, cuando vuelva a París, será contigo.

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*a no ser que, por razones de trabajo o de fuerza mayor, tenga que volver antes, ¡pero ésas no cuentan!
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