Noche 26: Dejar el corazón en Porto

Relato cortísimo, escrito dos semanas después de haber visitado, por primera vez, las ciudades de Porto y Lisboa. De todas las historias que me contaron en Porto, la del corazón del rey Pedro IV es sin duda la más inverosímil y romántica de todas. Escribo escuchando estos fados, un poco guiri pero bueno. 

el buen pedro

15 de septiembre de 1834
Palacio Real de Queluz

Querido diario, 

Llevo cinco días postrado en esta cama. No me faltan atenciones, pero el dolor es cada vez más punzante y acuden constantemente a mi memoria numerosos recuerdos de estos últimos años. 

¡Qué deseo de ser feliz me ha caracterizado siempre! Y qué poco tiempo siento que me queda ahora mismo. Es una espera lenta, y crece en mí, muy despacio, el anhelo de ir a reunirme, por fin, con el Señor. Los primeros achaques de epilepsia que comencé a tener unos meses atrás fueron, para mí, como el pistoletazo de salida de una contrarreloj. 

Antes de dar el paso definitivo al otro mundo, querría inmortalizar sobre este pergamino una de las historias más relevantes y, hasta ahora, desconocidas sobre mi vida. Pues creo que mis contemporáneos (y, ojalá, los futuros hijos de este país) conocen bien mis numerosas gestas militares, mi relevantísimo papel como liberador de Brasil y primer emperador del mismo, mi incuestionable liderazgo como Rey de Portugal. 

Pero creo que nadie sabe por qué tengo, realmente, tanto apego a esta minúscula porción del mundo que es la ciudad de Porto. 

Hace cerca de cinco años, en uno de mis incontables paseos vestido de paisano, mientras paseaba por los alrededores de la Torre dos Clérigos, conocí a una joven que acababa de desembarcar en la ciudad. Estaba algo desubicada, así que le indiqué algunos lugares hermosos de mis feudos que podía visitar. Me propuso -“si no tiene usted nada más importante que hacer esta tarde”- acompañarla en dicho paseo, a lo cual accedí con gusto. 

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Se llamaba Luciana. Había nacido en una pequeña aldea del norte de Brasil, y era de las primeras aventureras que había cruzado el inmenso océano para conocer las tierras portuguesas, de las cuales heredó el idioma y algunos aspectos culturales. Durante nuestro largo paseo por las orillas del Duero, me habló de su familia. Sus padres habían sido vendidos como esclavos, y ella se vio obligada a dejar su tierra y tratar de buscarse un porvenir. 

El paseo terminó con la caída del sol; yo debía regresar al castillo. Esta mujer me despertó tal curiosidad que le supliqué para que volviéramos a vernos. Acordamos en encontrarnos al cabo de diez días, en ese mismo lugar, a esa misma hora. 

Cuando llegó el día, Luciana no estaba allí. Ni al siguiente, ni al otro. Justamente había comenzado a haber una cierta tensión en la ciudad, una especie de hostilidad hacia las personas provenientes de Brasil. Esto era debido a algunos altercados que se habían producido a raíz de la independencia de tan gran colonia. Eso me hizo pensar que tal vez Luciana había preferido permanecer oculta en la ciudad, o incluso marcharse. Pero el caso es que era raro el momento en que dejaba de pensar en ella, y en cuánto me gustaría que no tuviera que sufrir persecución alguna simplemente por su procedencia. 

Convencido de que me quedan pocos días en esta tierra, debo confesar que siento una ‘saudade’ muy profunda cuando pienso en Brasil, pero un sentimiento igualmente fuerte me retiene y aferra a estas tierras. No solo por el cariño que siento hacia sus gentes y mi propio reino, sino porque abandono el mundo con el dolor de no haber sido capaz de volver a encontrar a Luciana y despedirme como Dios manda. 

Es por eso que es mi deseo expreso que, cuando mi alma vaya a la morada del Señor, mi corazón físico permanezca en la ciudad de Porto, hasta que sea la propia Luciana la que se lo lleve a Sao Paulo para darle sepultura junto a mis otros restos mortales. 

Con respecto a lo que aprendí gracias a Luciana, y después de todo lo vivido y visto al respecto, querría dejar constancia de que creo que la esclavitud es un mal y un ataque contra los derechos y la dignidad de la especie humana, pero sus consecuencias son menos perjudiciales para aquellos que sufren el cautiverio que para la Nación cuyas leyes la permiten. Es un cáncer que devora su moralidad. Y ojalá mi pueblo sea lo suficientemente sabio como para erradicarla cuanto antes. 

Siempre vuestro,

Pedro IV
En Porto, a 15 de septiembre de 1834

coraçao pedro iv
El susodicho corazón de Pedro IV. 180 años después.

Acerca de jmangles

Comunicador. Escribo y trabajo en audiovisuales! Más sobre mí en www.jmangles.com
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